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15 de noviembre de 2007

Turistas, viajeros, polinizadores culturales y demás ficciones del visitante

Por Marta Leonor Vidal García

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"Entre el turista y el viajero la primera diferencia reside en parte en el tiempo. Mientras el turista, por lo general, regresa a casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra. El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla y el viajero la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan."

(Paul Bowles “El cielo protector”)

Empiezo mis “delirium tremens” con esta cita de Paul Bowles, que habla de la ya tópica antinomia “turista-viajero” y da en el clavo de lo que se necesita para conocer un país: además de una mentalidad abierta y cierto sentido crítico, sobre todo y esencialmente mucho, mucho tiempo. Lamentablemente, los que estamos amarrados a obligaciones laborales, familiares, trabajamos para el banco y maldecimos el euríbor, no tenemos la romántica opción de dar el portazo kármico al estilo del protagonista de “El filo de la navaja” y largarnos durante años a la permanente aventura del viaje no como fin, sino como proceso, como en la “Itaca” de Kavafis. La categoría “viajero” como vocación, como forma de vida, salvo casos contados (dichosos ellos..), no deja de ser una ficción romántica. De modo que la permanencia del viaje para categorizar al “viajero” se sustituye hoy por un sucedáneo estético en el que prima la forma, la que identifica “viajero” con “independiente”, “alternativo”, “étnico”, “ruta no comercial, no convencional”, “fuera de temporada”. Sin embargo, seamos carne de autocar, de resort, de albergue, o de mochila, con inquietudes de conocimiento y de "inmersión" cultural o con vocación de compra compulsiva de horrendos “souvenirs”, no dejamos de ser todos modestos “visitantes de paso”.

Organizado o por libre, nos tenemos que contentar con las migajas del tránsito, resignarnos a quedarnos con ese regusto efímero, a volver a veces con esa ansiedad que crea la distancia entre lo vislumbrado y lo posible, pero claro, no queremos renunciar al glamour social de ser de la élite de “viajero” y no de la infraclase paria de “turista”; queremos saltar a toda costa el abismo insalvable que separa “visitar un país” de “conocer un país”, aunque sea a costa del sesgo de generalizar como representativas las experiencias fragmentarias que hemos vivido en ese corto espacio, con la barrera del idioma, y dentro de ese rol de “extranjero de paso”, mucho más proclive a contaminarse por intereses comerciales de la población local o por el deseo (consciente o inconsciente) de transmitir cierta imagen del país al exterior a través del visitante.

Pasarse cuatro semanas de viaje “alternativo” fumando porros en una haima no eleva a cualquier colgado con pretensiones de trascendencia a la categoría de Paul Bowles o Gertrude Bell, pero es muy fuerte para estos “viajeros” la tentación del “cronista”, de acicalarse con galones de presunto “experto” y “analista” de destinos exóticos y rutas “genuinas” y “no convencionales”, que viste mucho y lo eleva a uno por encima de los mortales que se tuestan en la piscina de un hotel. También es muy tentador “trascendentalizar” el viaje con un halo metafísico-festivo, matices introspectivos y pseudo-iniciáticos y un toque de romanticismo aventurero. Si uno no tiene para exhibir una vida atormentada  con un toque de "malditismo", como Isabelle Eberhardt o Anne Marie Schwarzenbach (que tuvieron un final trágico a la altura de la misma), o un punto carismático-iluminado como T.E. Lawrence, siempre puede quedar bien inflando sus "relatos" de viaje con el “misticismo” y la “espiritualidad” que se respira en el aire (aunque lo enturbien enjambres de vendedores, autocares de japoneses, comisiones y timos), y una retórica de orientalismo “New Age” de curso de herbolario. Esa prosodia empalagosa, llena de “sensibilidad a flor de piel”, de la que se cachondeaba Somerset Maugham porque le recordaba “la facilidad lacrimógena del alcohólico”. Síndromes de Stendhal ante mezquitas o pagodas, éxtasis espirituales ante puestas de sol, la inmensidad del desierto o el silencio de la jungla, hasta excesos emotivos como besos sobre tumbas de poetas antiguos (ojo con los arrebatos, no acabemos como una que besó en Avignon un cuadro de Twombly y acabó procesada ante un tribunal por dañarlo con la pintura de labios, por mucho que alegue que se trataba de "un acto de amor de una intensa pureza. Un acto artístico motivado por el poder del arte"...ejem.. Los daños patrimoniales no aceptan ese tipo de dudosas eximentes...).

Si uno va de viaje “étnico” y quiere ser “viajero” se impone la retórica del etnólogo o antropólogo diletante. Como decía una viñeta de Jordi Labanda, que me arrancó malévolas sonrisas, “Yo no soy un viajero, soy un polinizador cultural”. Hay que vender un viaje “de convivencia” (¿?) donde se ha visto “lo auténtico”, la “observación participante” del “hábitat” de una tribu “en estado de naturaleza”, como si fuera uno Fernando de Magallanes, Richard Francis Burton o Malinowski en Nueva Guinea. Olvidamos que hoy con la globalización y el avance expansivo del sector económico del viaje, muy pocos destinos tienen carácter “inédito”, los hay más o menos concurridos, pero “vírgenes” quedan poquísimos. Pero si uno quiere ser “viajero” queda mal volver diciendo que los destinos se contaminan por la presencia del turismo, que los hábitos de la población cambian a cuenta de la afluencia de muchos “polinizadores culturales” con ganas de “aprehender la esencia de lo auténtico”, que las “genuinas” tribus han captado rápido lo bien que se “monetariza” la vocación “etnológica”.

Empecé esta paranoia con una cita de Paul Bowles y la acabo con unas reflexiones de Sommerset Maugham sobre el mal viajero en “El caballero del salón”, el libro que vino conmigo a Myanmar. Me sorprendió mucho inicialmente que Somerset Maugham, al que considero una persona con una aguda capacidad de observación (casi de disección), se considerase a sí mismo un mal viajero. Lo achaca a falta de capacidad para sorprenderse y a carencia de grandes pretensiones de antropología comparada: viajar sin ambiciosos objetivos de conocimiento ni investigación estructurada, viajar simplemente por el placer de entrar en lo desconocido, por disfrutar temporalmente de esa sensación de libertad (condicional), de estar transitoriamente libre de ataduras. Pero sobre todo libre de ese punto de narcisismo autocomplaciente imprescindible para entrar en el olimpo de los “viajeros” “sublimes”: y es que en vez de querer encontrarse a sí mismo en el viaje (el colmo del narcismo), lo que esperaba era cambiarse:

“Aunque yo he viajado mucho, soy un mal viajero. El buen viajero tiene el don de la sorpresa. Está constantemente interesado por las diferencias que nota entre lo que ya conoce en su país y lo que ve por ahí fuera. Si tiene un sentido del absurdo muy desarrollado, encontrará una fuente inagotable de sorpresa jocosa en el hecho de que las personas con que se topa no lleven la misma ropa que él, y nunca dejará de asombrarle el que haya gente capaz de comer con palillos en vez de con tenedores o de escribir con pincel en vez de con pluma. Como todo le resulta extraño reparará en todo, y según su sentido del humor, puede resultarnos divertido o instructivo. Pero como yo doy las cosas por descontadas, dejo en seguida de verlas como algo extraño en mi nuevo entorno. Me parece tan normal que los birmanos lleven un paso de colores que sólo mediante un esfuerzo especial puedo reparar en que no van vestidos como yo. A mí me parece igual de natural montarse en un ricksaw que en un coche, sentarse en el suelo que en una silla, de manera que rápidamente me olvido de estar haciendo algo raro o desacostumbrado. Yo viajo porque me gusta trasladarme de un lugar a otro: me gusta la sensación de libertad que esto me proporciona; me gusta sentirme libre de lazos, de responsabilidades, de obligaciones: me gusta lo desconocido. Me gusta encontrar personas extrañas que me divierten un rato y a veces me sugieren un tema para una composición. Me canso de mí mismo con frecuencia, y tengo la sensación de que, viajando, puedo añadir algo nuevo a mi personalidad y cambiar un poco. Nunca vuelvo de un viaje con la misma personalidad con la que partí”

-----

 

“..quizás el viaje no lo dé el destino elegido sino el camino de ida y vuelta, sea hacia donde fuere...”

 

Tienes razón, Annakin. Gracias

 

Comentarios enviados

Sutil e inteligente

Luis León Barreto: Sutil e inteligente trabajo de esta señora a la que hay que felicitar por su profundidad. Trabajos así prestigian estos blogs.

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