El otro día en la serie del doctor House se me quedó grabada una frase. La frase se elevó por encima del olor a éter, los bisturís imposibles y la chulería corrosiva del personaje. Una paciente le dijo “La vida es una serie de habitaciones. Lo importante sucede con las personas que nos encontramos en ellas”. Paralelamente a ello, otro suceso fortuito me hizo pensar en la misma metáfora. Esta vez se trataba de una presentación en power point titulada El Tren de la Vida. Versaba sobre cómo la vida se parece al vagón de un tren. En él subimos y bajamos, y las circunstancias hacen que nos encontremos con personas diferentes.
En este sentido, se me ocurre que una habitación está en movimiento según a quienes alberga. La habitación se desplaza con una serie de mobiliarios y objetos azarosos. Ahí va una muestra de tres versiones de una habitación:
1.- Esta vez él se tendió sobre la cama. Durmió un sueño no tan justo, pero necesario. Una libélula revoloteó sobre su pecho. Intentó posarse en el lago que dejaron sus lágrimas. (Nunca se atreve a llorar despierto. Es un hombre antiguo). La libélula prefirió posarse en un junco. Flexible y eterno. No quería asustar a la libélula con un cambio de postura en la almohada. Quería ver cómo el insecto con sus alas dibujadas con caligrafía oriental, intentaba pescar alguna certeza. Dejar que sus ojos como dos planetas simétricos vislumbrarán la certeza en el fondo. Al fin y al cabo las certezas pueden morir en cualquier momento. Son peces evanescentes del sueño. La libélula es impredecible se puede decir que caprichosa. Se posa en el agua. Parece que patina sin esfuerzo. La certeza asoma su panza escamada. Y la libélula tropieza, se le mojan las alas y está a punto de ahogarse. La certeza engulle el cuerpo azul. El que la sueña se despierta encharcado, desbordado. La única certeza del lago goza de buena salud.
2.- Nada ni nadie sabrá que está ahí. Así colgado en la habitación parece un trapecista. La contempla extasiado. Sabe que en cualquier momento desenroscará sus tentáculos. Saldrá por la ventana y le abandonará. Pero mientras tanto él se columpia sobre ella. La ama en silencio para no perturbarla.
3.- Cuando los dos niños se sentaron a jugar frente a la tele, el perro se echaba la siesta. Eso le explicaron después a sus padres. El perro solía dormir junto a sus pulgas. Nunca se separaba de ellas. Los niños sabían que si se metían con las pulgas del perro, éste se enfadaría y les mordería. Así que jugaron alejados del sueño del chucho y rompieron alguna cosa. Más tarde miraron al perro y sólo vieron su alfombra vacía. Lo buscaron por todas partes. La madre les interrogó muy seria:
- ¿Qué pasó con el perro?.
- Creo que sus pulgas se lo llevaron a dar un paseo- le respondió el menos afligido por la pérdida.