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28 de octubre de 2007
Por Montserrat Fillol
Marta le vio venir de lejos. En el horizonte se tejía un tirabuzón oscuro . Entonces recogió las sábanas y la ropa interior de la azotea. Cerró las ventanas y se sentó a esperarlo. Por primera vez era una espera calculada. Le oye acercarse. Hacer chirriar la casa, primero con un cascabel. Y después como una gran bola metálica llena de tornillos. Marta no sabe de dónde salen tantos tornillos. Quizás se han soltado y reunido en algún rincón. La casa es un animal orgánico y sonoro que se retuerce con cada embate.
En el fondo ella sabe que la casa se puede desprender de sus cimientos.
En realidad, piensa que nunca fue demasiado firme. En sueños ha podido doblarla como si fuese un trozo de tela. Coger sus cuatro esquinas blancas, hacer un petate y salir corriendo. Así que en esta ocasión esperó que otro elemento rehiciera su sueño. Le daba igual si para ello tenía que volar con la casa entera como en el Mago de Oz. Hacer con ella un tirabuzón magnífico como el rizo de una muñeca antigua. Esta dispuesta a dejarse llevar. Mira cómo la ventana se torna oscura, y cómo el zumbido de mil abejas la dejan sorda. El viento sopla cada vez más fuerte. Los tablones del techo suenan como un río de tambores enfebrecidos. Una puerta se abre en alguna parte. Marta no sabe si corren mil enanos laboriosos por la escalera. Contempla el grabado de Paul Klee girar sobre sí mismo. Adentrarse en sus colores magníficos como una melodía de Debussy. Marta se abstiene frente a su cuerpo girando sobre la silla. Recuerda el canto de una chicharra moribunda. Todo acabara en un instante. Se siente turbada y feliz de dar cien vueltas sobre si misma. Piensa en la muda que dejan las chicharras. Una cáscara ambarina aferrada a los árboles. Un cuerpo traslúcido con todas sus patas y sin corazón. Marta quiere, experimentar por ejemplo, el vacío del mundo dentro de su cáscara. Volado en sus formas, incapaz de deseos y pasiones. La casa deja de girar. Marta sale fuera y no queda nada. Sólo el aire. Entonces recoge cada una de las puntas desflecadas de la casa y se la guarda en el bolsillo. Camina lentamente hacia el horizonte ausente.
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