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26 de octubre de 2007
Por Montserrat Fillol
El cuento más breve del mundo dicen que lo escribió el maestro del microrelato Augusto Monterroso y reza: “Me desperté y el dinosaurio todavía estaba allí”. Las interpretaciones sobre quién es el dinosaurio del cuento son diversas. Y seguramente ninguna atiende a la realidad fantástica del escritor. Una de ellas cuenta que el dinosaurio era el dictador Alfredo Stroessner de Paraguay, que murió a los 93 años en Brasil. Es sencillo entablar similitudes entre los dinosaurios y los dictadores.
A partir de este dato y de la longevidad del dinosaurio empiezo a “googuelear” y encuentro que la mayoría de dictadores de nuestro siglo han muerto en la cama.
Los que aún viven superan casi todos los sesenta años y mantienen sus pretensiones de jubilarse en el cargo e imagino que esperan una muerte dulce “sin dolor” o sea morirse en la cama. Los “dictadores” hasta el infinito y más allá” como decía un héroe infantil de dibujos animados, no son tontos.
Los dictadores aún más jóvenes y que se muestran vigorosos están en ello, quiero decir buscando fórmulas de eternidad. Y no dejan de asombrar al mundo con sus despliegues simétricos, sus cambios de nombre al país, sus palos a los derechos humanos y además una lista de vicios y afinidades con los de su especie.
Lo cierto es que los dinosaurios siguen ahí cuando nos despertamos. Y nosotros, los mundanos ciudadanos del mundo, estamos expuestos a sus amaneceres.
Todavía tengo la imagen de los monjes budistas de Birmania (los dinosaurios de turno en sus balbuceos le pusieron al país otro nombre que me suena a marca de Conguitos), aplastados por los dinosaurios-rex de sus comandos callejeros. Y es que matices aparte, los monjes sólo pedían las disculpas del régimen por agredir a otros pacifistas. Pero ya se sabe los dinosaurios pisotean a sus flores sin contemplaciones. Y la palabra “perdón” no está en su lista de gruñidos. Por otra parte, no hay manera de quitarnos a la especie de encima.
Miro una lista en Internet sobre los peores “dinosaurios” del mundo, la mayoría van de camino a morirse en la cama después de haber satisfecho las necesidades fisiológicas propias de su especie. Léase crecer y multiplicarse. Además de aplastar a todas las flores del entorno, arrasar las hierbas más tiernas (los vegetarianos) y despedazar a los más vulnerables (los carnívoros). Y así al final de sus días, un dinosaurio muriendo en la cama cumple su propio ciclo. Su propia anatomía así se lo dicta. Primero se le ocurre que ya no puede alcanzar las hierbas más tiernas, porque el cuello no da más de sí (tiene las vértebras gastadas de tanto alzar la mirada para controlar a los suyos); luego el olfato ya no le avisa dónde están sus enemigos con lo cual queda indefenso (es vulnerable a la confesión de sus desmanes, sus cuentas bancarias ya no están a buen recaudo); hay debate sobre este punto, pero la sangre fría de algunos les hace moverse con lentitud para no gastar energía o sea que seguro que no llegan al baño y tienen que andar con pañales; y finalmente, su pesada anatomía les hunde en una postración en la que por ejemplo puede ser que se cuelen los fantasmas de sus víctimas, los que aún demandan justicia por ellas. Pero ya se sabe los dinosaurios tampoco gozaban de buena vista. Si no cómo es que no vieron venir la glaciación que se le venía encima.
Me han dicho que el cambio climático no será selectivo en su elección y que todos los dinosaurios vivientes no se congelaran de golpe en una imagen propia de Jurasic Park. El cambio nos afectará a todos por igual. Entonces ya se sabe que la cama es quizás el último recurso para un dinosaurio longevo, ya que no hay ninguna hecha a la medida de sus ambiciones y sanguinarios instintos. Ninguna sábana hecha a medida le permitirá tapar sus vergüenzas.
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