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10 de octubre de 2007

Amables zoologías

Por Dolores Campos-Herrero

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La importancia de los animales en la vida, en la Historia, la literatura o el mito ha sido siempre constante. Pieza de captura para la superviviencia humana, mascota tranquila, animal de compañía, no podemos abordar ninguna cosmogonía, ninguna explicación del mundo sin la presencia de ese mundo de seres vivos que no tienen el don de la voz, el pensamiento o la risa.
El aspid de Cleopatra o el elefante de Anibal se dan la mano en la imaginería común con la zorra de las uvas. O con tantas otras criaturas de las fábulas de Esopo, Lafontaine o Samaniego. Por cierto que mi favorita siempre ha sido esa de la rana y la tarántula. Esa que termina diciendo: “No puedo evitarlo, es mi naturaleza”
En el territorio de la cultura, quizás la asociación entre bestias y literatura que más fascinante me ha parecido siempre ha sido la de los bestiarios medievales. Ese compendio de pseudociencia, visión del mundo y teología.

En el ámbito de las minificciones, hay claros precedentes de todo lo dicho. Hay rastros de fábulas morales, hay huellas de los bestiarios antiguos y hay vida cotidiana con su natural cohabitación de especies sencillas.

También hay referencias a caballos de Troya, aunque sean de madera, a serpientes emplumadas que nos llevan a una América muy joven y a sibilinas criaturas reptantes de paraísos perdidos.
Animales que nos sirven para la ironía o las reflexiones éticas, como las ovejas blancas o negras.
O para expresar el horror y lo inexplicable como esa insuperable migala de Juan José Arreola.
Otra araña, un sarantontón, un perro y un gato son las criaturas, más o menos inocentes que a mí se me han colado en los textos que siguen:
1
Me pasé toda la tarde sin atrever a moverme. Empequeñecida.
A mis pies, al acecho, la misteriosa araña negra. No parecía viva, pero yo sabía perfectamente que tampoco estaba muerta. Tuve varias veces la tentación de apartarla con el pie, pero algo inexplicable me lo impedía. Tal vez cierta sensación de asco porque era viscosa, peluda, del tamaño de una mano izquierda.
Sabía que la araña negra me vigilaba.
Que permanecía alerta como quien espera, astutamente, sin ninguna prisa, hacerse con todas las armas de su enemigo.
2
Sobresalto de lunares en el brazo. El sarantontón camina lento. Me parece un explorador que se aventura por temibles territorios nuevos. De un soplo fuerte lo lanzó sin piedad al suelo y me divierte su aturdimiento. Qué tan bichito humilde. Ni siquiera es un descubridor empeñado en intentarlo de nuevo.
3
Por las mañanas, de camino al trabajo, me gustaba mirar al gato amarillo. Enroscado en sí mismo, sedoso, en el marco cuadrado y perfecto de una ventana desconocida. Siempre ajeno a las miradas, al ruido de la calle, al interior de su propio hogar en el feo edificio de la esquina.
Lo veía en su abandono de artista: no era un gato que soñara con ninguna de sus muchas vidas.
4
Lo encontró Cristina, mi sobrina mayor, de camino a la Universidad, en la carretera de Tafira. Abandonado, algo herido, bastente mojado por la intensa lluvia.
Un perro inmenso, de ojos casi humanos, entristecidos. Lo recogió en su coche y le dio cobijo en su casa. Una casa ni muy pequeña ni muy grande de la Avenida de Escaleritas.
Ella y su madre lo llamaron Humphrey y, durante días, antes de encontrarle acomodo en la extensa finca de una amiga, vivieron bajo una sugestión extraña, bajo un especial hechizo.
-Parece una persona- decían y se empeñaron en que había algo en él de algún ser familiar que hace tiempo perdimos.
-Es como si fuera la reencarnación de alguien-me decía mi hermana, ella tan racional, con los ojos muy abiertos, con la voz estremecida.
No hemos vuelto a saber de Humphrey. Tampoco hemos sentido la tentación de curiosear, por si acaso, en las ramas genealógicas del árbol de nuestra familia.

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