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16 de septiembre de 2007

La fatalidad de las Leyes de Murphy

Por Sergio Hernández Hibrahím

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Las llamadas jocosamente “Leyes de Murphy” comenzaron a ser formuladas en la década de los cuarenta del pasado siglo. Su filosofía es sencilla y tan real como la vida misma: todo termina acabando mal, es decir, las deficiencias están implícitas en todo lo que existe, ahí, agazapadas, a la espera de la ocasión idónea para manifestarse sin obstáculos, y tal ocasión gira permanentemente en cualquier ajetreo, sea natural, directamente humano y/o, por ende, social o político.

 

La sabiduría popular lo ha expresado magistralmente: un pesimista es un realista bien informado. Quién tuvo este genial pensamiento era un espontáneo e inconsciente partidario de la Ley de Murphy fundamental: Si algo puede salir mal, saldrá mal. De este teorema se deriva una múltiple cantidad de axiomas irrebatibles. Por ejemplo: Lo que comienza bien acabará mal / lo que comienza mal acabará de puta pena.

 

Porque el problema es que cualquier cosa puede acabar mal, y lo que puede acabar mal, acabará mal necesariamente.

 

Un típico corolario de esta Ley es la llamada Ley de Hane: no existen límites para que las cosas vayan mal. Mi modesta aportación a estos axiomas es esta: La vida es un paréntesis entre un mal principio y un mal final. Porque cuando nacemos lloramos como descosidos al intuir lo que nos espera. Y cuando morimos ya ni lloramos ¿Para qué? Era de esperar.

 

Naturalmente, el seno de ese intervalo vital está infinitamente tachonado de perjuicios y percances de toda laya y condición. Por ejemplo, el axioma implícito en el Anexo de Grelb: si fue malo, volverá. La Primera Ley de Chisholm  constata un hecho irrebatible: Cuando las cosas van bien, algo habrá que haga que vayan mal, de la que se deducen dos corolarios: 1.- Cuando parece que ya nada puede ir peor, empeorará; 2.- Cuando le parezca que las cosas van mejor, es que se le ha pasado algo por alto.

 

Como dice el tratado sobre las Leyes de Murphy,  de sus axiomas se deduce que la tostada siempre cae al suelo por el lado de la mantequilla. Y, naturalmente, lave el coche o la moto y, necesariamente, lloverá. Pruébelo usted mismo: métase en la ducha y, ya enjabonado, oirá el insistente sonido del timbre telefónico. Otro corolario fácil de constatar: aguarda una llamada telefónica importante, surge una necesidad mayor y, ya sentado en el inodoro, sonará el dichoso aparato.

 

Desarme un reloj para repararlo, e inmediatamente tendrá el volumen equivalente a dos relojes que no sirven para nada. Todo conspira contra usted, no importa lo que haga y mejor no haga nada, porque necesariamente saldrá mal. Por ejemplo, compre una casa terrera en el campo con ánimo de reformarla sólo en varios detalles secundarios. En el transcurso de las obras aparecerá una infinita suma de problemas esenciales que deberá afrontar y las encarecerán. Haga su presupuesto exacto y veraz, multiplíquelo por diez y siempre será el diez por ciento del insoportable gasto final. Así y todo, la obra nunca será satisfactoria, aunque usted mismo no lo sepa. Porque, claro, la satisfacción es  hija natural de la más supina ignorancia.

 

Partiendo de estas premisas, es muy fácil intuir los resultados de cualquier conducta. Enamórese y, desgraciadamente, logrará el objeto de sus ansias, para despotricar contra él más temprano que tarde, porque el desastre y la decepción están siempre aguardando a la vuelta de todas y cada una de las esquinas. Intente cambiar el mundo y será usted el que cambiará a peor. Confórmese en no cambiarlo y otros lo harán por usted para destrozarlo todo. Intente aconsejar a su hijo y este hará justo lo contrario (es decir, lo peor) para darle la razón cuando usted ya esté criando malvas. Por eso, como dice otro de los corolarios de la Ley, el año pasado fue mejor; pues, como expone la Extensión de Gattuso de la Ley de Murphy: Nada es tan malo nunca como para que no pueda empeorar.

 

Así que, contradiciendo una vez más al famoso filósofo Leibniz, vivimos en el peor de los mundos posibles. Tal vez este axioma sea un acicate para intentar mejorarlo. Uno lo intenta, no puede evitarlo, pero ya se pondrán otros y otras a la tarea de fundirlo, como ocurre con los hielos del ártico.

 

La vida es una broma que muchas veces se hace bastante pesada. Demasiadas incertidumbres, demasiado ocultismo. Decía Shakespeare en Hamlet, Príncipe de Dinamarca: “Hay muchas más cosas en los cielos y en la tierra, querido Horacio, de las que pueda imaginar tu filosofía”.

 

Lo advirtieron los griegos: hagas lo que hagas, el Destino decide siempre por ti y, aunque creas ingenuamente que tú tomas las decisiones, en el fondo somos marionetas manejadas por hilos invisibles que ni siquiera avizoramos. Para no ir más lejos, ahí tenemos esas poderosas entidades que, a riesgo de ser pesado, no tengo más remedio que volver a recordar: el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de Comercio.

 

Lo dicho: La Fatalidad está omnipresente en todos los recovecos de la existencia.

 

 

 

 

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