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08 de septiembre de 2007

El derecho a estar en silencio

Por Sergio Hernández Hibrahím

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He vuelto a visionar la película de Fred Zinnemann “Un hombre para la eternidad”, centrada en la vida del jurista británico Tomás Moro (1478-1535). Esta obra refleja con gran maestría el conflicto jurídico que le enfrentó con el monarca Enrique VIII y que finalmente le llevaría al cadalso.

 

La disputa de Enrique VIII con el Vaticano le llevó a separarse radicalmente de la autoridad del papado. Moro, ferviente católico, rechaza, tanto el divorcio del rey de Catalina como su posterior casamiento con Ana Bolena. No obstante, mantuvo un cerrado silencio, absteniéndose de cualquier pronunciamiento sobre el tema.

 

Esta actitud derivó en varios interrogatorios, donde logró mantener una posición jurídicamente irreprochable. Declaró sin ambages que acataba las decisiones del rey y se negó rotundamente a formular cualquier opinión sobre el fondo de la cuestión. El silencioso escándalo era la comidilla en toda Inglaterra pero no fue posible obligarle a declarar, pues, si lo hacía, es obvio que conllevaba su destrucción física. Tampoco podía condenársele. Su derecho a mantenerse en silencio impedía su procesamiento, así que el asunto desembocó en un proceso donde el canciller Cromwell (también ejecutado posteriormente por el rey) se agenció dos testigos falsos, que declararon acerca de sendas conversaciones con el acusado en las que, presuntamente, volcaba sus verdaderas opiniones sobre el candente tema.

 

Aún cuando Moro se revolvió contra las falsas testificales y puso en evidencia la superchería, no pudo evitar la condena a muerte, que estaba cantada de antemano.

 

Lo que me interesa del tema es el respeto formal que la jurisprudencia inglesa tenía  por los mínimos derechos del acusado: el derecho a no declarar y el de no hacerlo contra sí mismo, en definitiva, el derecho a mantenerse en silencio; es a la acusación a la que le corresponde probar la veracidad de su imputación, bastándole al acusado con callar. No valen los sobreentendidos, las sospechas ni las deducciones sacadas de contexto. Moro defendió muy bien su posición, sumiendo a Cromwell en un mar de confusiones: “Si usted calla es porque no está de acuerdo con las medidas del rey” – “¿No podría ser justo lo contrario? ¿No podría ocurrir que a mi no me interesa el tema o que no quiero pronunciarme sobre él, o que es demasiado complejo para adoptar una posición?”.

 

A pesar del final trágico de Moro, su posición jurídica es todo un ejemplo de integridad, muy valiosa en estos tiempos en que el Derecho está hecho unos zorros. La Justicia (que, convengámoslo, brilla por su ausencia en todas partes), debería ser refractaria a todo juicio de intenciones y abstenerse de condenar a quién se calla o se abstiene de pronunciarse. Deducir complicidades sobre la base del silencio es una aberración jurídica, en ausencia de cualquier otra prueba tangible, pero eso ocurre hoy y los ejemplos están a la vista de todos y todas. Estamos ante un insidioso goteo, en el que los individuos se ven despojados paulatinamente de sus derechos. Llegará un día, más pronto que tarde, en el que la tan famosa y cacareada “libertad individual” se vea reducida a un molesto recuerdo propio de otras épocas.

Dejando a un  lado el Estado Español, la prisión de Guantánamo es todo un ejemplo de las monstruosidades que se están perpetrando. Los internos, carentes de todo derecho, se ven sometidos a penosos interrogatorios en los que es de imaginar las horrendas torturas que se les aplican, sin la asistencia de abogados, sin formularse acusación alguna. Estaban en Irak y “se presume que son terroristas”; están, por tanto, “obligados” a declarar contra sí mismo. Cabe tamaña afrenta por parte de un Estado que presume de ser un ejemplo de democracia y derechos humanos. Como se viene insistiendo desde hace años, el denominado terrorismo  es la coartada para el despojo de las pocas libertades formales que van quedando.

 

Así que no te rías, no hagas muecas, no pronuncies una sola palabra, mantente en silencio. No porque los verdugos de la democracia vayan a respetarte, sino porque, al menos, tendrán que forzar y adulterar sus propias normas, como hizo Cromwell con Tomas Moro y hoy los Estados de las democracias occidentales, dirigidos por el inefable Bush.

 

 

 

 

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