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28 de agosto de 2007
Por Augusto Hidalgo
Se nos ha ido Paco Umbral. Lo cierto es que hacía tiempo que no se dejaba ver, más allá de sus apariciones en letra impresa en la contraportada del diario El Mundo. Lo cual resulta llamativo, dado que Umbral era, a parte de un gran hombre de letras, un gran reclamo catódico, como lo eran Cela o lo es Gala en la actualidad. Debe ser que esto de las conversaciones inteligentes aunque sean esperpénticas no se destila en la actualidad en el mundo de los medios audiovisuales de comunicación. Será que desde el famoso desplante a la Milá pocos se atrevían a lidiar con el Premio Cervantes. Y mira que me lo pasé bien aquella noche y, sinceramente, creo que fue lo mejor que le pudo pasar a la presentadora que, ahora, encaja mucho mejor en el formato del Big Brother español (y lo digo sin ningún ánimo de infravalorar a Mercedes Milá, al contrario, que creo que hace un gran trabajo en ese tipo de programas, no cuando se mete a cosas “serias”).
Y mira que en esto del esperpento Umbral sabía y mucho, como buen discípulo de Valle-Inclán, Umbral era el escritor del esperpento nacional contemporáneo, como lo fuese Inclán, del que escribió una biografía (uno de sus últimos trabajos). Quizás por eso me quedé prendado de la obra de Umbral. Cuando llegó a mi uno de sus trabajos, sacado de la biblioteca de mi padre, se me abrió ante los ojos la escritura ágil, contundente, mordaz e incisiva del que se había bregado primero en las columnas de los periódicos de Castilla para pasar de forma lógica a los libros marcando un estilo peculiar y genial. Su formula de crónica directa pero ingeniosa al tiempo que poética y canalla me enganchó en la lectura como pocos autores lo han hecho, o mejor dicho, como ninguno lo ha conseguido aun. Le intentaba seguir su prolija producción de libros (llegó a sacar una media de dos por año) sin cansarme de leerlo. Reconozco, incluso, que fui asiduo lector durante todos los noventa del diario El Mundo por el mero hecho de contar con este genio como columnista, rojo confeso escribiente en prensa de derechas, o liberal diría Pedro J. (otro rojo confeso, Raúl del Pozo, lo sustituía hoy en el espacio estival dejado por Umbral) y, en definitiva, el mejor escritor español vivo hasta esta noche de verano que le ha visto terminar sus días. Reconozco que últimamente lo leía poco, quizás ahuyentado por los efluvios del ácido bórico del diario que le servía de soporte. Quizás porque su obra literaria había bajado en intensidad.
Lo dejamos en el recuerdo con una obra de más de 80 libros publicados e incontables columnas de periódico sobre lo humano y lo divino bajo su peculiar prisma de ver las cosas. Lo recordaremos como el elocuente tertuliano de estética estrambótica que era, con sus vaqueros gastados, su pañuelo en el cuello o su bufanda blanca, sus gafas de pasta y sentado, como no, en su muy “retro” sillón de mimbre.
Hoy hemos perdido a una bestia de las letras y de la palabra en castellano, a la altura de los mejores del siglo, aunque no reconocido tanto fuera como dentro de casa (por eso no aspiraba a conseguir el Nobel, aunque fuera lo único que le quedaba por ganar). Valga este humilde homenaje de las palabras de un aspirante a rojo que él seguramente consideraría un simple “socialista sentimental”. Hoy todos quisieran “hablar de su libro”, pero solo pueden y deben hablar de Francisco Umbral.
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José Castellano Arencibia
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