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16 de agosto de 2007
Por Sergio Hernández Hibrahím
Desde que el mundo es mundo resulta curiosísima la insólita tendencia de los seres humanos, de hallar cualquier fórmula que les hagan ceder su autonomía personal, esclavizándose, ya sea a un dios, a un lider, a una idea, en fin, a cualquier fórmula que les permitan trasvasar su responsabilidad personal, atribuyéndola a algo o a alguien, real o inventado, aunque siempre, en último término, todo desemboca en un batiburrillo que administra el Otro, el Sacerdote de los misterios políticos, religiosos o burocráticos.
Es sabido que, a despecho de la escandalosa frase de Nietzsche, Dios no ha muerto. La deidad sigue presente en todas partes, disfrazada del carisma del queridísimo dirigente político o de los pontífices grandes y pequeños, cuando no del ínclito deportista depositario de las esencias suprahumanas, dioses menores e idolillos de la farándula postmodernista. Porque lo importante no es el Dios que se esconde agazapado en cada idea o figura carismática, no, lo realmente importante es la figura del burócrata que administra esta visión trascendente del mundo. Y, como no, administrar supone tener un poder omnímodo sobre el secreto burocrático. Como decía el Catecismo (no sé si hoy sigue afirmándolo), doctores tiene la Santa Madre Iglesia que sabrán responderos (qué asco de conjugación).
Sí, los entendidos, los burócratas de la política y de la religión (y últimamente los periodistas), están ahí para pensar por nosotros, para dictar normas morales a las que debemos ajustar nuestra conducta. El patrón no es más que una repetición de las costumbre ascentrales de las instituciones eclesiásticas. Vale que haya promesas a la Virgen de Tal y Cual, vale que se le hagan ofrendas, y serán los Pontífices (mayores o menores), los que nos extienda la mano para que le besemos el anillo incrustado del deslumbrante rubí, a la vez que toman las ofrendas para administrarlas ellos.
Decía Rousseau que el Hombre (y la Mujer, claro) “ha nacido libre, y en todas partes se halla entre cadenas” (El Contrato Social, capítulo I). Lo primero lo acepta uno con matices, toda vez que, al nacer, el ser humano es una página en blanco. Lo segundo sí que es totalmente cierto y fácil de comprobar.
Hace poco he estado en Marruecos y he visitado alguna medersa (escuela coránica) que subsiste como una especie de monumento antíguo abierto a cualquier visitante. Deambulé por sus patios y visité las diversas celdas, de 4 metros cuadrados aproximadamente, con un pequeño ventanuco que apenas dejaba traspasar la luz del día. Supongo que no se diferencia mucho de las celdas de los conventos de frailes, y, como en éstas, es fácil imaginar las incontables horas dedicadas por los pupilos al estudio de El Corán. Horas y horas machacando textos intrincados para aprendérselos de memoria, como otros machacan los Evangelios o el Talmud.
¿Qué tiene de extraño el fanatismo religioso, a la vista de tanta gente salmodiando párrafos enteros, ilusionándose con la existencia de una deidad que, a su decir, escribió personalmente tales libros sagrados? Pero este fanatismo no es exclusivo de las religiones explícitas, también existen otras formas de religiones seculares, que también tienen sus libros sagrados, sus cánones, herejias y cismas. Si alguno o alguna recuerda los avatares del que se llamó Movimiento Comunista Internacional, le será fácil analizar cómo se reproducían en éste las mismas formas teológicas que siempre han caracterizado la historia de las iglesias institucionalizadas. Primero estaba el Partido (el partido por antonomasia), la verdad declarada por el Secretario General, luego estaban las escisiones (los cismas), los revisionistas (los herejes), arrojados todos ellos a las tinieblas exteriores, condenados a vagar por el mundo en un dramático ostracismo (todavía recuerda uno al pobre Troski, quemado en la hoguera y que, curiosamente, fue nominado por algunos teóricos como el Profeta Desarmado).
Esta teología culminaba en los vivas a la saga sagrada (La Sagrada Familia diría hoy Marx): El Padre (Carlos Marx), el Hijo (Lenin), el Espíritu Santo (el marxismo-leninismo).
Durante la Revolución Francesa, creo que fue Madame Roland la que pronunció la famosa frase de: “Libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”. Esta señora no era consciente de que los crímenes se cometen en nombre de un embozado Dios que, astutamente, sigue recorriendo la Tierra para aparecer disfrazado en cualquier escenario político o social, poniendo orden y trayendo al redil a las ovejas descarriadas.
Pero no nos engañemos, ese Dios también está presente en el otro lado, está con los petroleros, está con Bush y su cretinismo cristiano. ¡Bueno! Los ministros del saqueo (el gabinete presidencial), le rezan cotidianamente antes de comenzar sus sesiones. Aquí la deidad, además de impartir directamente instrucciones al Presidente, aparece también disfrazada de Liberalismo, sinónimo de Libertad, en cuyo nombre se exterminan, entre otros, a los iraquies y a los palestinos. ¡Qué mundo este! Véase la Sagrada Trinidad de estos tiempos: El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de Comercio.
Todo el mundo, desde que tiene uso de razón, busca y encuentra las cadenas que cree le están destinadas. Hay que elegir, es preciso, la vida tiene un sentido, sólo hay que hallarlo. Y, si no lo tuviera, hay que inventarlo. Durante la ominosa época de Fernando VII de Borbón (el rey felón, en palabras acertadas de Pérez Galdos), se hizo popular el dicho ¡Biban las caenas! Pues eso.
No, Nietzsche, que no, desgraciadamente, el Dios que mataste goza de muy buena salud.
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