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10 de August de 2007

Hormigas

Por Dolores Campos-Herrero

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Encendió la luz y vio la primera columna. Hormigas minúsculas como un ejército en formación que iban decididas desde el florero de la entrada al espejo en el que acostumbraba a mirarse siempre antes de salir de casa.
Al principio no se preocupó. Quince días fuera del hogar  se saldan con pequeños incidentes de esa naturaleza. Un grifo que gotea, el olor a humedad y a cerrado que parecen haberse instalado en casa ya para siempre. Cierta sensación de extrañeza que tiene que ver con la altura de los techos y la luz
–siempre recordamos más claridad- que entra por las ventanas
Volvía de unas breves vacaciones y lo primero es lo primero, se dijo, y se dio la larga ducha de bienvenida que llevaba horas deseando.
Después bajó a la droguería a comprar un  producto que es, le dijeron, lo más eficaz que en estos momentos hay en el mercado. Quédese tranquila.
No las había visto nunca antes, explicó ella innecesariamente.
Cuando subió con el bote leyendo las instrucciones en letra verde, se encontró con que las hormigas del espejo habían desaparecido. Incluso lo descolgó a riesgo de romperlo.
Era un espejo pesado que había traído de uno de sus viajes exóticos. Pero no había ni rastro.
Tampoco cerca del florero y sus flores de plástico, regalo de su madre, que tan bien daban el pego.
Se quedó de pie en medio del salón como una tonta con el producto contra hormigas en la mano sin saber qué hacer.
Una semana después se había olvidado ya de ellas.
Comía ensimismada en la mesa de la cocina cuando las vio formando un círculo ritual en torno al vaso de agua.
Le resultó una imagen desagradable y se levantó deprisa tratando de recordar dónde demonios había guardado el producto de la droguería.
¿Dónde iba a ser? Lo encontró en un abrir y cerrar de ojos, pero cuando volvió era como si lo hubiera soñado. Ni una sola hormiga.
Tampoco estaban dentro del vaso de agua, tras una rápida escalada por el cristal.
Esa tarde la tenía libre y pensaba irse de rebajas, pero cambió de planes.

Puso la cocina patas arriba y se entregó a una ardorosa limpieza general que no arrojó resultado alguno.

Las visitantes que iban y venían no se habían instalado allí. Mucho mejor, se dijo.

Sin embargo, notaba su presencia. Estaban en algún lugar de la casa y no bajaría la guardia.

Trasncurrieron varios meses sin que se volviera a saber de ellas.
La dueña de aquella casa en la playa y sus hormigas revoltosas tenía un pequeño problema de vegetaciones en la nariz. Le daba pereza operarse. Lo decía siempre.

Respirarías mejor, le recordaba, como era su obligación, el otorrinolaringólogo al que visitaba. Tampoco entonces se operó. 

Pasó el verano sin novedades. Cuando llegó el otoño, sus compañeras de trabajo fueron las primeras en notarlo.
Te vemos rara, le dijeron sin saber cómo calificar el extraño desfile delante de sus ojos.
La  chica de las hormigas dormía con la boca abierta.

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