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19 de julio de 2007
Por Sergio Hernández Hibrahím
La sombra que hoy recorre el mundo es el pretendido desprestigio del papel del Estado en la regulación y garantias, referidas a los procesos sociopolíticos y económicos. El concepto mágico, patentado por el neoliberalismo, es el de reajuste. Estrictamente hablando, consiste en la demolición de las regulaciones nacionales de los diferentes Estados, que estén dirigidas a proteger la producción propia, las relaciones laborales, la atención pública de los excluídos sociales y la universalización de la atención sanitaria, enseñanza y vivienda, entre otros.
Este reajuste está íntimamente vinculado a la llamada globalización, que, debe reconocerse, es sólo la universalización, sin trabas estatales, de la especulación financiera. Las instituciones maestras en esta nueva confabulación son el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de Comercio.
Como he dicho en otra parte, esta basura ideológica no es más que la reedición del viejo sistema del liberalismo decimonónico, adaptado a las actuales circunstancias del “capitalismo tardío”. La consigna es la consideración del Estado como un simple aparato de poder represivo, y el consiguiente desmantelamiento de los controles públicos, la supresión de todas las políticas dirigidas a la acumulación económica y mantener la apertura de los mercados nacionales a las inversiones financieras extranjeras; dicho en otras palabras: blindar la dependencia permanente respecto a las corporaciones transnacionales, y, correlativamente, profundizar la agresión contra las clases trabajadoras, suprimiendo progresivamente todas las conquistas sociales que son fruto de muchos años de sangrientas luchas, donde las víctimas son siempre las mismas: los y las trabajadores/as.
Si a todo esto añadimos la política expoliadora contra los países del Sur, con sus gravísimas secuelas de promoción de la miseria social, el hambre y las enfermedades, enmarcada en un contexto de destrucción del patrimonio natural de la Humanidad, tenemos completo el cuadro que contrasta con el tan cacareado optimismo de las oligarquías del “mundo civilizado”. Una burguesía que sigue siendo la omnipotente dueña del mundo y que, a través de sus crisis cíclicas, publicita su mensaje de que estamos en el mejor de los mundos posibles.
Esta frase de que estamos en el mejor de los mundos posibles fue patentada por el filósofo alemán Leibniz, último ejemplar de las corrientes filosóficas del barroco europeo. Su argumento explica, con un acendrado racionalismo, que Dios tenía varias opciones, pero eligió crear el mejor de los mundos posibles. Leibniz fue un insigne matemático, descubridor del cálculo infinitesimal e inventor del denominado sistema binario, herramienta muy útil en esta época de auge de la lógica matemática y las ciencias informáticas. No obstante, ya ven, se puede ser un gran científico a la vez que un insigne cretino en materia filosófica. Este acendrado optimismo idiota contrasta con la asombrosa lucidez de un filósofo como Spinoza al que, al parecer, visitó Leibniz en secreto, negándolo posteriormente con un énfasis digno de mejor causa. Spinoza, todo hay que decirlo, era un filósofo maldito, pero también la verdadera cumbre de la filosofía barroca y Leibniz no era digno ni de atarle los cordones de sus zapatos.
Naturalmente, a Spinoza, profundo conocedor de la naturaleza humana, nunca se le hubiera ocurrido afirmar tamaña tonteria. La Historia está tachonada de insignes filósofos malditos, ninguneados por sus contemporáneos, pero ganando batallas después de muertos, como le ocurre a los padres, porque, ya se sabe, los hijos sólo les dan la razón cuando ya están criando malvas.
Pero el futuro de la Humanidad no pertenece a los Leibniz del tres al cuarto, sino a los herederos de Spinoza; no al mejor de los mundos posibles, sino a la conciencia ética y la dignidad del ser humano; no a los bobos tipo Bush, sino a los críticos tipo Sartre, Lumumba, Fanon o Rosa Luxemburgo.
¡El mejor de los mundos posibles! Cuénteme ahora una de chinos.
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