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13 de julio de 2007
Por Ana Criado
¿En qué establecimiento ha comprado usted su sonrisa? ¿De qué época histórica proviene? ¿La lleva usted como una máscara, como una pancarta, o como un par de gafas? También puede usted optar por la sonrisa primitiva, incontrolable y despiadada. Los antropólogos la han descubierto en algunas tribus oscuras. Funciona como un misil que estalla y se transforma en una risa carnavalesca, mezcla de lágrimas y gemidos que implica a todo el cuerpo: imposible mantenerse en pie, hay que tirarse al suelo y patalear; es una especie de danza o de trance que puede durar un cuarto de hora. Sin embargo, hay gente que prefiere esa risa convulsa a la simple sonrisa. De hecho, de la misma manera que está prohibido escupir, en los transportes públicos y en los ascensores del Primer Mundo, entre los funcionarios, los burócratas y los tecnócratas, no está permitido mirar a los ojos, ni tampoco sonreír.
La sonrisa casi siempre ha estado mal vista. Entre los siglos XIV y XIX pocos fueron los pintores o escultores que dotaron de sonrisa a sus modelos. Las fotos antiguas son igualmente taciturnas. Lord Chesterfield se jactaba de no haberse reído nunca: en su época, sólo los campesinos y los imbéciles se reían. A las mujeres sobre todo se les prohibía reír en público, para evitar parecer descaradas. Estéticamente, la risa y la sonrisa estaban incluidas en la categoría de las muecas. Hubo que esperar a los años 60 del siglo pasado para que la sonrisa se convirtiera en ‘look’: la nueva arma política ‘made in Kennedy’, la cara más visible de la publicidad, sonrisas estereotipadas a modo de salvoconducto o moneda de cambio. Es notorio que tan sólo los niños tienen derecho a sonreír con absoluta inocencia a los desconocidos. El resto de los ciudadanos practica la sonrisa hipócrita, despectiva, enigmática, americana, inglesa, japonesa: sonrisas de empresa, sonrisas impostadas. O no sonreímos nunca, eternos insatisfechos agraviados, o hacemos uso de la sonrisa como si fuera un desodorante: procuramos sonreír de todo, no tomarnos nada en serio, blindarnos por medio de la ironía y el escepticismo.
En este mundo tan viajado, híbrido y global, conviene saber interpretar las diferentes sonrisas. Parece ser que los japoneses sonríen para marcar su integración en el seno de una sociedad sumamente jerarquizada, y los chinos, que viven permanentemente en colectividad, sonríen para protegerse de los demás. Los norteamericanos sonríen impecablemente, con profesionalidad, como diciendo ‘money’; los ingleses sonríen por la izquierda, diciendo ‘cheese’; y los franceses sonríen con cara de cruasán, a la par que dicen ‘chiche’.
Y a todas estas, ¿cómo sonreían los dos superhombres canarios en la firma del pacto CC-PP? ¿Con sonrisa de hiena, de mono, de tiburón? ¿Como reos de un matrimonio de conveniencia?¿Enseñando sus colmillos (retorcidos) de vampiro a los electores que no les dieron esa mayoría ficticia que ahora han pergeñado? Tienen cuatro años para enseñarnos los dientes a placer. Reirá mejor quien ría el último.
¿Estrategias y Propuestas de Viabilidad de Guaguas Municipales?
José Castellano Arencibia
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