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29 de junio de 2007
Por Ana Criado
Un total de 69.086 jóvenes canarios (36.050 en la provincia de Las Palmas y 33.036 en la de Tenerife) estrenaron su derecho al voto en las elecciones municipales y autonómicas del 27 de mayo, al haber cumplido la mayoría de edad desde los comicios de 2003. Y a pesar de que, un mes después de la cita electoral, el CIS no ha publicado datos específicos sobre el voto joven, sí puede consultarse el desglose por edades en el último Barómetro publicado que desciende a ese detalle. En él se refleja algún dato significativo; por ejemplo, que la era del “talante” no ha calado en los ciudadanos de entre 18 y 24 años: un 67,8 por ciento expresaba que el presidente del Gobierno le inspira “poca” o “ninguna” confianza (diez puntos por encima que el resto de los españoles) y casi el 35 por ciento de esos nuevos votantes se declaraban indecisos o abstencionistas.
No son los únicos: la abstención registrada en esta última consulta electoral fue del 36 por ciento, cuatro puntos más que en 2003. Sin embargo, si se extrapolan los datos del referéndum sobre la Constitución Europea, se puede deducir que la participación tiene un perfil sociológico: la abstención es mayor entre las mujeres, las personas con niveles de estudios inferiores, los parados, las amas de casa y los menores de 25 años. Lo que permite interpretar la abstención más como un signo de indiferencia que de rechazo.
Ítem más: en las elecciones a rector de la Universidad de La Laguna, celebradas también en mayo de 2007, el porcentaje de participación del alumnado fue del 17,87 (frente al 85,63 del Personal Docente e Investigador y al 73,07 del Personal de Administración y Servicios): los principales interesados en que la institución académica cumpla con sus expectativas hacen dejación de uno de sus principales derechos, ¿por desgana, flojetud, ignorancia o pasotismo?
O quizá se trate de esa enfermedad occidental que desguaza Pascal Bruckner en “La tentación de la inocencia”: una inocencia confortable que permite al ciudadano transmutarse en niño irresponsable o en víctima del Estado del Bienestar. El individuo contemporáneo quiere conservar las ventajas de la libertad (la independencia) quitándose de encima sus inconvenientes (la responsabilidad). De ahí la paradoja del hombre moderno, y con más motivo del joven o del adolescente, que parece expresar dos demandas contradictorias frente a la sociedad: "déjenme en paz" y "ocúpense de mí". Y sobre todo “entreténganme”: porque la diversión, que constituye otro baluarte de esa fijación en lo pueril, tiene en Occidente un papel excepcional. En este sentido, la televisión (y sus hermanas pequeñas, las consolas de videojuegos) son objetos únicos que combinan la evasión máxima con el mínimo de obligaciones. ¿Quién iba a pensar, se espanta Bruckner, que "cuatro siglos de emancipación de los dogmas, de los dioses y de los tiranos desembocarían ni más ni menos que en la maravillosa posibilidad de elegir entre varias cadenas de televisión o marcas de vaqueros"? A los jóvenes se les ha hecho creer que son libres porque pueden cambiar de móvil o de Swatch con cada temporada: nada más absurdo, porque esa práctica no corona sino que anula el proyecto emancipador.
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