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10 de junio de 2007
Por Sergio Hernández Hibrahím
En los años setenta del pasado siglo irrumpió en el adormecido panorama político del país Pueblo Canario Unido y [posteriormente] Unión del Pueblo Canario, que obtuvieron un insólito apoyo popular, hasta el punto de formar gobierno en el municipio de Las Palmas y llevar un representante al Congreso de los Diputados. Como esta triste nación ha venido durmiendo ancestralmente el sueño de los justos, hoy sigue siendo sorprendente esta irrupción histórica de una fuerza política que tuvo como eje reivindicativo el Derecho a la Autodeterminación y un programa de transformaciones radicales en defensa de las mayorías del país, que muy pronto se topó con el bloqueo y el hostigamiento de los medios de comunicación, los servicios de inteligencia, la policía, en fin, el gobierno español y, por ende, la Canarias Oficial.
Al igual que el pueblo de Macondo de la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, aquí hubo una rebelión [pacífica], que fue aplastada sin paliativos, y borrada literalmente de la Historia. El símil es perfectamente válido, porque PCU y UPC, a la vista está, nunca existieron, fue un sueño imposible.
Cuando en los años ochenta se fundó Coalición Canaria, algunos y algunas prestamos un apoyo crítico a esta alternativa, cuyo parentesco con aquellas famosas luchas es, desde luego, muy lejano. Partiendo de un posibilismo basado en la paciencia y el trabajo lento, algunas personas sosteníamos que esta vía posible abría un atajo que podría elevar la conciencia nacional del país y terminar sedimentando una opción firme, que situara a Canarias en condiciones de hablarle de tú al Estado.
La estructura misma de CC ofrecía muchos flancos a la aparición de una crisis latente y permanente. CC se organizó como una conjunción de diferentes partidos de arraigo insular, no nacional. La inveterada incapacidad de Canarias para fundar un partido nacionalista de nuevo tipo, muestra la también incapacidad de las burguesías canarias, para elevarse por encima de sus mezquinas miserias de villorrio, así que CC no pudo nunca superar la tradicional actitud de estas burguesías, de amagar inofensivas amenazas y chantajear apoyos económicos del Estado, a cambio de asegurar su insobornable fidelidad a la España eterna. En fin, nunca se pudo traspasar la línea de un nacionalismo menor.
Con este equipaje, CC tropezó siempre con limitaciones esenciales. Al carecer de un modelo alternativo estratégico para el conjunto del país, de una concepción sobre la necesaria Construcción Nacional, de una defensa expresa de un consenso nacional, que ofreciera un protocolo seguro de relación entre las distintas corrientes políticas presentes en su seno (izquierda progresista, centro moderado, derecha nacionalista), era lógico que sus contradicciones políticas sólo pudieran resolverse por la vía de administrar un poder interno, en el que siempre se ha llevado el gato al agua la corriente con mayor peso electoral. Y esto último ha sido también un problema grave. CC no tiene un programa político a largo plazo, sólo puede ofrecer programas tácticos que vayan resolviendo paulatinamente los acuciantes problemas del país.
Y como CC tocó poder casi desde el principio, era también lógico que a ella se acercaran individuos de toda laya y condición. Era lógico que recibiera embates internos y fuera caminando de crisis en crisis, en las que, si algo ha quedado claro, es su incapacidad para resolverlas por la vía del diálogo. En sus últimos congresos lanzaron el mensaje de que, por fin, tenemos un partido unido, ya no existe ATI, Asamblea Majorera e ICAN, sólo existe CC. Pero los problemas no se resuelven nunca con mero palabrerío, con enunciados platónicos, sino con la seria voluntad política de construir un partido político que sea capaz de llevar al candelero los intereses históricos de este Archipiélago.
La dolorosa división Nueva Canarias-Coalición es mala para el país y terminaremos pagándola muy cara. No se trata de buscar culpables, la hicieron todos a una, como Fuenteovejuna, y ahora se presenta una óptima oportunidad de coger el toro por los cuernos y abordar en profundidad un proceso de reformas partidarias que ofrezca una opción renovada, apta para retomar el camino emprendido desde nuevas perspectivas. El nacionalismo canario, aún este que tenemos, con toda su pobreza ideológica o sus incoherencias políticas, no debe desaparecer, porque, ya lo verán, volveremos al antiguo estilo de hacer genuflexiones al gobierno estatal de turno.
Porque, aún con todas sus limitaciones, aún con todos sus manifiestos errores, no es una buena noticia la crisis de Coalición y yo sustento la tesis de que esta crisis no es de Gran Canaria, es una crisis global de toda una alternativa política, que perjudicará muchísimo al país.
En estos últimos quince años el panorama político y económico de Canarias ha sufrido evidentes cambios cualitativos y ha abierto la espita al tratamiento de cuestiones ancestrales: la dependencia política, el avance económico, la presencia más o menos precaria en las instituciones de la Unión Europea, la defensa del medio ambiente, el aumento de las inversiones, las aguas jurisdiccionales….Los temas que hoy se discuten en Canarias son fruto de una gestión, todo lo incoherente que se quiera, pero con buenos resultados parciales.
Y luego están las disquisiciones sobre las izquierdas y las derechas. Es un error lamentable poner al mismo nivel los problemas de las políticas progresistas en el Estado y en Canarias. Las diferencias ideológicas en el seno del nacionalismo no deben impedir un consenso nacional canario, porque eso es un suicidio. ¿Qué más da, en Canarias, pactar con el PP o el PSOE? ¿Qué no tienen el mismo discurso? ¿No gobierna el PSOE al gusto de las grandes corporaciones y los bancos? ¿No fue el PSOE el inventor del aluvión de contratos basuras? ¿No fue el PSOE el inventor de los Gal y el que malversó los fondos públicos? ¿Dónde están las diferencias en las políticas fiscales del PSOE y el PP, todas perjudiciales para las clases trabajadoras?
Hablar de izquierdas y derechas en Canarias, sin tomar la perspectiva de los problemas del nacionalismo, es un espejismo. Decir que PSOE es sinónimo de progresismo, en Canarias, es una broma. Sí, ya se que ahí está el déspota de Soria o la ínclita Pepa Luzardo, pero, cuando no se tiene la mayoría ¿Qué más da un impresentable que otro?
Véase cuál era el esquema de la relación Canarias-Estado en 1995 y examínese la situación de ahora. Después de los gobiernos de CC a este país ya no lo conoce ni la madre que lo parió [Alfonso Guerra dixit]. El aumento del PIB canario y la elevación generalizada del nivel de vida es evidente, y esto hay que ponerlo en el haber de los gobiernos del nacionalismo oficial. Cotéjese esto con los resultados de los gobiernos dirigidos por los partidos españolistas, cuyo dirigismo a golpe de consignas estatales sumió a Canarias en un rampante inmovilismo político, social y económico. Todavía recuerda uno el de Jerónimo Saavedra, que vegetó a la sombra del PSOE estatal, con un Solchaga prepotente marcando despóticamente la línea que no se podía traspasar.
Prefiero un gobierno autonómico nacionalista, aunque sea de un nacionalismo menor, que volver otra vez a las mismas historias del desprecio a Canarias. ¡Je! Eso del cambio es risible, un cambio abanderado por el PSOE es una vuelta de tuerca hacia el pasado ¡Háganme el favor! Las clases trabajadoras seguirán teniendo graves problemas y necesidades con un gobierno u otro pero, una vez más, prefiero estar ante interlocutores de aquí mismo, cuando, como es el caso, tienen programas de progreso económico que, de un modo u otro, sitúan a las clases trabajadoras en mejores condiciones para negociar y avanzar.
Conste que no soy afiliado ni militante de CC. No hablo de mis apetencias personales, sino de las necesidades históricas de Canarias. O se da un golpe de timón, o el destino del nacionalismo oficial nunca se elevará por encima del desgraciado papel de satélite de los partidos españolistas. Hace falta valentía y voluntad política. Ahora o nunca.
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