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10 de junio de 2007
Por Jorge Rodríguez Díaz
Las elecciones pasaron pero la batalla en los medios de comunicación continúa, y lo hará hasta la constitución del nuevo Gobierno de Canarias y más allá, porque hay muchos intereses económicos en juego por cada parte. Cada grupo de interés está tomando partido a través de sus medios afines, intentando influir en la opinión pública mediante la difusión sistemática de, vamos a llamarlas, ‘desinformaciones’.
Una de estas desinformaciones persistentes es que el sistema electoral canario está deliberadamente diseñado para que no se puedan conformar mayorías absolutas. Nada más alejado de la realidad, pues es exactamente lo contrario. Si eliminamos los límites electorales y nos tomamos la molestia de rehacer los cálculos de diputados que corresponderían a cada partido, el resultado sería: PSOE 25, CC 18, PP 13, NC 2 y PIL 2, con lo que los partidos grandes se alejarían aun más de la mayoría absoluta, y tampoco el tripartito PSOE-NC-PIL alcanzaría la tan deseada mayoría. También se dice que la sobrerrepresentación de las islas menos pobladas favorece claramente a alguien. Pues bien, si hacemos los cálculos como si toda Canarias fuera un distrito electoral único los resultados en el Parlamento serían: PSOE 23, PP 16, CC 15, NC 3, CCN 2 y LVC 1. Nada, lo mismo que antes o peor.
Otra ‘fantasía’ muy publicada últimamente es que los canarios han votado ‘el cambio’. ¿Qué cambio? Si se refieren al que representa el candidato del PSOE, obtuvo el apoyo del 34,7% de los votantes o, dicho de otra forma, sólo un tercio de los votantes y tan sólo uno de cada cinco electores (considerando la abstención). Por otra parte, si se refieren un cambio hacia el tripartito de moda, PSOE-NC-PIL, lo votó exactamente el 41,4%, con lo que tampoco llegan. Lo único cierto, al margen de mágicas interpretaciones del espíritu de las urnas, es que los canarios decidieron no dar la mayoría absoluta a ningún partido, con la única ventaja para el PSOE de que puede llegar a constituir Gobierno en minoría si alguno de los otros dos partidos se abstiene.
También continúan los ataques a Zerolo y Las Teresitas, sin distinguir la sentencia del Supremo de la querella de la fiscalía y olvidando, deliberadamente, que en este caso la decisión se tomó por unanimidad del pleno del Ayuntamiento y que, por tanto, también hay imputados del PSOE y del PP. Resultan curiosos estos ‘despistes’, al igual que la insistencia en el desequilibrio entre islas, ya saben, todo se lo llevan para Tenerife, aunque es cierto que en los medios de allá dicen lo contrario. A ver si va a resultar que hay un sumidero en el Atlántico, justo entre las dos islas, que todo lo engulle.
Sorprendentemente, de lo que se habla poco en los medios, más bien casi nada, es de la operación manos limpias que proponía el PSOE, especialmente después de que 'los anticorrupción' pactaran repartirse el poder en Lanzarote con Dimas Martín. Otro despiste.
En cualquier caso, esta batalla desigual continuará porque su verdadera razón está basada en intereses económicos contrapuestos. No nos engañemos.
En el pasado, los canarios no hemos sido dueños de nuestro futuro porque nunca fuimos los auténticos dueños de nuestros negocios. Basta un breve repaso a nuestra historia para comprobar que el comercio de la caña de azúcar, del vino malvasía, de la cochinilla, del plátano o, más recientemente, del turismo siempre estuvo en manos de agentes foráneos. A los canarios siempre nos tocó poner el trabajo, el sudor, nuestra tierra, nuestras favorables condiciones climáticas y soportar las miserias, mientras que los de afuera se llevaron la parte del león. Y ahora, que en los últimos quince años han empezado a despuntar algunas empresas canarias con un peso significativo en el turismo, la construcción, los puertos o la sanidad, la reacción de los grupos económicos y mediáticos con un claro interés en perpetuar la colonización económica no se ha hecho esperar y es cada vez más dura.
Ciertamente, hay muchos intereses económicos disfrazados con piel de cordero, de progresismo y de talante, para los que la consigna es bien simple: impedir la autonomía económica de Canarias a toda costa. Y para ello hay que desprestigiar el nacionalismo -político y económico- y no parar de hablar de clanes de la avaricia, de panderetas y de mil contubernios. Y, sobre todo, realimentar artificialmente el pleito insular y brindar un apoyo desmesurado a las opciones de corte insularista, echando mano de la milenaria táctica de ‘divide y vencerás’.
De esta forma, mientras los canarios seguimos peleándonos entre nosotros y nos dedicamos a votar al candidato de nuestra isla para defendernos del ‘falso peligro’ de la de enfrente, las empresas foráneas de sectores estratégicos (el verdadero peligro) como la banca, las telecomunicaciones, la energía o la informática han incrementado su volumen de negocio en Canarias en detrimento de las locales. Hay que reconocerlo, en eso sí que somos un paraíso para algunas empresas de ámbito estatal y multinacionales.
Debemos ser conscientes de que cuando hablamos de nacionalismo, aunque algunos quieran reducirlo a una cuestión superficial de timples, chácaras y papas arrugadas, lo que en realidad está en juego es el control de nuestra economía, y nadie es realmente libre -ni todo un pueblo, ni un grupo, ni una sola persona- sin autonomía económica. No creo que sea preciso recordar que, por ejemplo, el largo, difícil e inacabado proceso de liberación de la mujer sólo se pudo iniciar cuando una cantidad creciente de mujeres empezaron a disponer de autonomía económica mediante el acceso al trabajo remunerado, y no finalizará mientras las mujeres no alcancen el mismo nivel de autonomía económica que disfrutan los hombres.
Esta batalla que se viene librando en Canarias desde hace tiempo no es sólo una cuestión de vanidad (si soy yo presidente o lo eres tú) o de orgullo (si ganaron mis colores o los tuyos). Lo que realmente está detrás de todos estos fuegos de artificio, de este espectáculo mediático, aunque pueda resultar difícil percibirlo entre tanto humo, es el modelo de desarrollo económico de Canarias. Optar por seguir prestando nuestra tierra para que empresas y grupos económicos foráneos sigan haciendo sus negocios y llevándose las plusvalías a cambio de unos cuantos empleos precarios y unas pocas migajas de la tarta, o apostar porque nuestras empresas sean cada vez más fuertes y lideren la economía canaria. Ésa es la verdadera razón de esta ‘guerra’. O es que acaso alguien sigue creyendo hoy que a Irak fueron a buscar armas de destrucción masiva y no petróleo.
Por mi parte, percibo que Cataluña, el País Vasco o Madrid no son regiones más ricas y con mayor bienestar social que Andalucía, Extremadura o Castilla-La Mancha por casualidad o por disponer de mayores recursos naturales, sino porque cuentan con un tejido empresarial propio más potente. Por tanto, tengo muy claro por lo que voy a seguir apostando: por la construcción de un nacionalismo canario más sólido. No podemos permitirnos volver al pasado.
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