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14 de abril de 2007

La "democracia" realmente existente

Por Sergio Hernández Hibrahím

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En mi pequeño ensayo anterior expresaba una fuerte crítica de las evidentes adulteraciones del sistema político que llaman democrático y, más en concreto, de las estrategias electorales.

 

Para las personas que puedan ser escépticas sobre el particular, me veo obligado a tomar algunas referencias extraídas de la Economía Política hoy en boga, inspiradas en las últimas corrientes teóricas provenientes de los EEUU.

 

El teórico estadounidense James M Buchanan, Premio Nóbel de Economía en 1986, es uno de los padres de la Teoría de la Elección Pública. A él se debe la aplicación del análisis económico a los parámetros de la política. Vamos a resumirlo un poco: el esquema consiste en considerar a los políticos como ofertantes de bienes públicos, para lo que deben tener en cuenta las apetencias y demandas de sus destinatarios, los votantes, pero no considerándolos colectivamente, sino como la mera agrupación numérica de consumidores individuales. Los primeros intentan vender su mercancía por un precio. ¿En qué consiste este precio?......... Sí, lo han adivinado, el precio es el voto.

 

En la rebatiña electoral se produce una feroz concurrencia de ofertas, al igual que en el mercado capitalista, así que es preciso ofertar bien la mercancía intentando cada uno acreditar que la suya es la óptima, en detrimento de las demás. Ganará quién logre la expresión más atractiva de su oferta. Para esto es necesario aplicar cuantiosas inversiones financieras y utilizar todas las técnicas posibles de publicidad comercial.

 

Aquí ya aparece un primer problema porque, como en el mercado, existe la tendencia a premiar al más listo, al más potente, al mayor inversor, que contratará a una legión de expertos en marketing, y para este viaje se necesita dinero, mucho dinero. Los que no tengan esta capacidad están cantados como perdedores, van directo a la quiebra sin paliativo alguno. Como en el mercado económico, ni más ni menos. Por eso las ofertas no oficialistas nunca tendrán chance, no tienen los medios que esta concurrencia exige.

 

Pero es consustancial al mercado que el mensaje se dirija directamente a cada individuo aislado, aún cuando se trate de una oferta masiva ¿Por qué? Vean como ejemplo las  campañas de rebajas en los grandes almacenes. En el mercado hay que crear la ilusión de que cada individuo es único, privilegiado, irrepetible, y que sus decisiones de compra no coinciden con las de cualquier otro. Esto es falso, claro, pero ¿No han oído hablar de la soberanía del consumidor? Las personas consumen en función de sus apetencias individuales, no desde la perspectiva de los problemas o necesidades colectivas [sociales]. Toda oferta masiva que descuide este aspecto tiene que fracasar, porque rompe con un axioma vital del mercado: el consumidor debe recibir el mensaje interiorizando          que el ofertante se preocupa sólo de él.

 

Y aquí aparece  el segundo problema. Si la oferta se dirigiera a la colectividad en su conjunto, sería inevitable su percepción como mensaje genérico, indiscriminado, lo que descuidaría un factor esencial del mercado: la adulación, el halago al comprador, quién siempre debe interiorizar que el producto va dirigido a él y sólo a él. Es sabido que el mercado capitalista adultera la “relación natural” del individuo con la mercancía. Todos compramos para satisfacer ciertas necesidades, apreciamos, pues, el valor de uso, pero el mercado sólo está interesado directamente en el valor de cambio, en el precio. Los fines de la compra pasan en la práctica a un segundo plano. Para mucha gente la publicidad es sinónimo, en el mejor de los casos, de ocultamiento de los defectos, y en el peor, de mentira interesada. Los fines políticos últimos, las grandes estrategias, que pretendían agrupar a amplias corrientes sociales, han pasado, por ahora, a la Historia.

 

Los publicistas hacen sus encuestas de individuo en individuo, en absoluto se preocupan de los problemas y necesidades colectivas. El método consiste en hacer preguntas directas a cada cual y averiguar por donde van sus apetencias personales. Esto supone, en primer lugar: un discurso político único, válido para todos los partidos políticos; en segundo lugar, una desarticulación de la posible oferta común, en un abigarrado conjunto de propuestas dispares; en tercer lugar, una disuasión respecto a la participación directa de los consumidores en los problemas políticos.

 

Bien, cojamos este esquema y apliquémoslo al asunto que analicé en el anterior artículo: 1) No existen diferencias esenciales entre las ofertas de los partidos políticos; 2) No existe coherencia interna en cada uno de los programas ofertados; 3) Es esencial al sistema evitar la participación personal y directa de los votantes en los asuntos públicos.

 

Se trata, pues, de un esquema adulterado, en el que se excluye frontalmente toda confrontación de opciones integrales. Este enfoque supone considerar la política como una mera cuestión de gestión técnica. Lo que se vende es eficacia, concepto válido para cualquier opción, sea de derechas o de izquierdas. Quién sea capaz de vender su superioridad técnica, se llevará el gato al agua. La llamada clase política es una capa social con intereses comunes, sirvientes de los verdaderos dueños del poder: las oligarquías financieras, sobre todo de carácter multinacional. Véase, si no, la última evolución política del Brasil.

 

En este sentido sí puede decirse, con matices, que todos los políticos oficialistas son iguales. No olvidemos que en la práctica están abismalmente separados del electorado, y que todos tienen un poder amplio para hacer y deshacer, en función de estímulos en los que es difícil distinguir sus intereses económicos propios, de los de sus propios partidos políticos. De ahí el salto cualitativo respecto a la persistente presencia de la tentación de corrupción, tan obvia, y de la modificación actual del papel de tales fuerzas políticas, pero ésta es ya una cuestión que requeriría otro artículo.

 

Con este cuadro no debemos sorprendernos de que la publicidad electoral carezca de elementos esenciales de movilización de las masas, y así pasan a primer plano consignas superficiales que optimicen la imagen de la oferta de turno: el amor, el cambio, el interés por cada persona en particular, la ciudad en abstracto, etc. Tales lemas, en realidad, no significan nada. Los grandes problemas del país no tienen cabida en el sistema electoral. Fíjense que, cuando se ha intentado discutir acerca del Estatuto de Autonomía, algún partido político se ha descolgado con el consabido tópico: “¿Qué tiene eso que ver con los problemas reales de la gente?”.

 

Los políticos oficialistas están moldeados para un sistema que oculta los problemas reales del país. El sistema político trabaja desde el realismo de dar por sobreentendido que algunas cuestiones no se tocan. Cuando lo hacen es sólo de pasada y sin entrar a fondo. Así, la construcción nacional de Canarias, su inserción en la CEE, las aguas jurisdiccionales, el modelo económico basado en el automóvil particular, los gravísimos problemas medioambientales, la solidaridad internacional, las políticas reales de igualdad de género, etc. Los programas electorales están hechos para solucionar los problemas de la gente (considerada como conjunto de individuos aislados), y no los de la colectividad, lo que excluye frontalmente modelos integrales de alternativas políticas colectivas. Y como todo en el fondo es mera publicidad, los grandes problemas se citan, se aluden eventualmente, pero no se promueven políticas alternativas.

 

Vean desde ahí las perspectivas de las corrientes políticas no oficialistas, las que tienen “estrategias antiguas”. Salvo contadas excepciones irrelevantes o insólitas, son perdedores natos, no están equipados para el mercado. Su destino inevitable es la quiebra política. Nunca obtendrán la mayoría necesaria para desarrollar sus programas, y si por alguna ironía histórica la obtuvieran, su fatalidad desembocaría en una opción dramática: o integrarse en el sistema homologándose a los demás, o ser boicoteados por los poderes fácticos y perder el gobierno. Hay contadas excepciones, claro, pero el sistema es perfecto, perfecto, perfecto.

 

Los radicales, los alternativos, no caben en este esquema político. Su posición es similar a la del cuento de Kafka “Ante la Ley”. Ese campesino que aguarda durante años a que se abran las puertas de la Ley y acaba sucumbiendo, después de que el guardián le diga, ya demasiado tarde, que las puertas sólo podrían haberse abierto para él, y de haberle impedido frontalmente la entrada durante décadas. Aquí es lo mismo, parece que hay democracia, parece que hay ley y justicia, pero todo esto es mentira. Las puertas de la Ley están cerradas a cal y canto para todos aquellos que deseen cambiarla. Es un círculo cerrado, porque nadie sabe realmente quién está detrás, y es un tremendo error confundir la gestión gubernamental con el poder real. En este sentido uno debe recordar el matiz peyorativo con que se aplicaba el concepto de “socialismo realmente existente”. Pues bien, con todos los matices que se quieran, ésta es la democracia realmente existente.

 

 

 

 

 

 

 

 

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