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06 de abril de 2007
Por Sergio Hernández Hibrahím
El Progreso es un concepto nacido en el siglo XIX, elaborado por la burguesía emergente europea, enfrentada al Antiguo Régimen. El avance de la industria y los descubrimientos de la ciencia impregnó de optimismo a la nueva clase dirigente. Los logros de la civilización serían imparables e infinitos, nada podría detener al Hombre en su ascenso.
La metodología de las Ciencias Naturales pasó a ser el paradigma de todo conocimiento verdadero, de toda ciencia: el análisis exacto, preciso, riguroso. Tal paradigma se extendió a toda disciplina con pretensiones científicas. Sólo serían verdaderos los hallazgos basados en este método, sea en la medicina, la sociología, la psicología, etc.
Sobre esta base la ciencia se enfoca como una actividad objetiva, neutral e independiente de toda posición política, o de cualquier valor cultural o social. Todo conocimiento, sea cual sea su objeto, no es verdadero si no es contrastado desde una perspectiva científica.
Se transformó en tópico la identificación del Hombre –con mayúsculas- y las realidades sociales nacidas de la civilización judeo-cristiana occidental. Occidente estaba “a la vanguardia” de la Humanidad en ese sendero lineal cuya meta –lejana, ambigua, difusa, pero no por esto menos segura- era la Felicidad. Surgió la ideología, hoy todavía presente, de la profunda distancia entre pueblos atrasados y pueblos adelantados, para justificar la necesidad de que estos últimos dirigieran el mundo.
Al calor de este optimismo quedaban ocultas gravísimas cuestiones: ¿Dónde está la objetividad cuando la ciencia se pone al servicio de políticas de violencia, aniquilación, depredación y exterminio? ¿Dónde va a parar la neutralidad cuando la ciencia se desvincula de aplicaciones técnicas que perjudican a comunidades enteras y a la Humanidad toda? Y lo último, que afecta al cogollo mismo de la actividad científica: ¿Cómo encajar la relatividad de todo descubrimiento con la pretenciosa arrogancia con que el mundo académico de Occidente desprecia prácticas ancestrales de grupos culturales, que poseen conocimientos por puro instinto y convivencia natural, aunque no dispongan de metodología científica?
El servilismo de los científicos queda en evidencia, por ejemplo, en sus trabajos con el Proyecto Manhattan, que alumbró la primera bomba nuclear, arrasando las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, con más de 350.000 muertos. La ciencia académica no es ajena a la actual catástrofe ecológica. El ferrocarril, abanderado del Progreso, liquidó en los EEUU a millones de indígenas americanos, arrasando sus culturas.
Con aplicaciones científicas se adulteran los alimentos, se poluciona la atmósfera, se destruye la capa de ozono, se impregnan los mares con basura nuclear, desaparecen especies enteras de animales. La medicina oficial, máxima expresión del elevado nivel científico-técnico, transforma a cada ser humano en un extraño conjunto de órganos dispares autónomos, de modo que tenemos el hígado, el estómago o el páncreas, enfermo; cada uno de estos órganos requiere un médico distinto, y la mayor parte de los medicamentos remiendan uno para destrozar otros.
El Progreso lineal, tan íntimamente ligado con la expansión capitalista y sus secuelas de colonialismo, imperialismo, guerras y extorsión económica de los pueblos inferiores, muestra hasta que punto no es más que la legitimación ideológica de la explotación del hombre por el hombre.Sin embargo, las profundas lacras que infestan la “civilización Occidental” son vivenciadas por sus ciudadanos como las gabelas inevitables derivadas de su superioridad. Esta lamentable ideología legitimadora convierte la necesidad en virtud e impregna los más íntimos rincones de nuestra vida. ¡Cuánto ha venido soportando el mundo la sonrisa paternalista y despreciativa de los occidentales frente a los “pueblos inferiores”!. El racismo, como elaboración intelectual y política, es un invento occidental, arraigándose en nuestro lenguaje corriente: “moros miserables”, “tortura china”, "merienda de negros”. Añádase el doloroso recuerdo del tráfico de esclavos en los siglos XVIII y XIX y sus resultados en EEUU.
La aparición del fundamentalismo árabe es vista en Occidente como una nueva manifestación de atraso cultural y político. Es curiosísima la amnesia de Europa respecto a su propia historia. Sus monstruosidades son vivenciadas por nuestra cultura como meros paréntesis y excepciones en su carrera imparable hacia la Gran Civilización. Hace sólo 60 años que el nazismo liquidó “científicamente” a millones de soviéticos, polacos, serbios, checos, etc. Hace sólo 50 que Francia propició directamente la muerte de un millón de argelinos. Pasemos un tupido velo sobre la sistemática y atroz matanza de miles de congoleños por parte de Bélgica, olvidemos la devastación y arrasamiento de culturas enteras perpetradas por España en Sudamérica, o por Inglaterra en Africa, particularmente en Sudáfrica, donde todavía se extiende el vapor de la sangre derramada en el exterminio de los zulúes y el ignominioso y reciente recuerdo del apartheid. Todavía hoy hemos de soportar la escandalosa marginación cultural, social y económica, de los pueblos indígenas sudamericanos
Los colonialistas europeos jugaban a la pelota con las cabezas de los insurrectos bereberes, angoleños, congoleños, etc, todo esto en nombre de la Civilización. Maxím, el inventor de la ametralladora, se lamentó a comienzos de la I Guerra Mundial: “Ideé esta máquina para que fuera utilizada contra los pueblos de las colonias, no para diezmar a los pueblos europeos”. ¿Quién se acuerda hoy de esta actitud, que persiste en las políticas de los buenos de la película, de la globalización y el G-7? La ametralladora es un producto más del Progreso, frente a las ridículas lanzas y flechas de los primitivos salvajes africanos, o las inofensivas piedras de los jóvenes palestinos. Hoy mismo, aquí y ahora, en Afganistán, Irak y Palestina, miles de sus ciudadanos son perseguidos o exterminados, en nombre de la evidente superioridad occidental.
La ciencia occidental, con todos sus adelantos, está empedrada con los jirones sanguinolentos de los cuerpos despedazados de millones de seres humanos colonizados. Un Progreso basado en el saqueo y exterminio de culturas y pueblos indefensos sólo puede avocar a la barbarie más absoluta. Pero ahora resulta que este mundo encharcado en sangre afronta el Fin de la Historia. La tesis de Fukuyama se inspira en el filósofo alemán Hegel: la Historia no sería sino el desarrollo (progreso) del Espíritu Absoluto hacia la perfección, hacia la libertad y conciencia de sí mismo. El Estado occidental sería la culminación histórica de los esfuerzos de la Humanidad y el ejemplo a seguir ¡Bonito ejemplo!
Todo esto no es más que ideología en el más radical sentido planteado por Carlos Marx, para quien la ideología es un complejo de percepciones [erróneas] cuya relación con la verdad es irrelevante frente a su más importante finalidad: evitar que los oprimidos perciban su estado de opresión.
Si Occidente es hoy ejemplo de algo, lo es de la ciencia y la técnica puesta al servicio del irracionalismo, de la “barbarie civilizada”. Pero, una vez más, otra Ciencia, otra concepción del Progreso, es posible. Estos arroyos y ríos de sangre, esta depredación de dos tercios de la Humanidad por parte del capitalismo más bestial, este Progreso lineal, infinito, plasmado en el actual modelo de vida industrial y posindustrial, conlleva la homologación de todas las culturas en unas mismas pautas de vida urbana insufrible, avasalladora, represiva, donde se ha perdido el encanto por los placeres pausados. La vida es aquí una continua compulsión de gestos y actitudes mecánicas, en el que el sexo es una gimnasia, la conversación un monólogo en común, el trabajo una pesada carga, el ocio un aburrimiento, y el arte una distracción superficial. Prefiero los olores, el colorido, el pálpito, el salvajismo natural, de los pueblos subalternos.
A propósito de este Progreso, digo con Ortega: “no es esto, no es esto”.
Porque estamos en una gravísima encrucijada en la espiral del Tiempo, rechazo el sendero rectilíneo del Progreso (sic) capitalista y canto, frente a tanta ignominia y opresión, a coro con todas las personas verdaderamente conscientes y progresistas, que sólo hay una opción real: Socialismo o barbarie.
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