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25 de marzo de 2007
Por Ana Criado
Es un descubrimiento que hemos ido haciendo a lo largo de toda esta semana que ha terminado, en ese auditorio de gélido ecosistema e infaustas corrientes de aire, durante las jornadas Literatura y Mujer, Perspectivas del siglo XXI, organizadas por el Cabildo de Tenerife: hacen falta abuelas, muchísimas abuelas. Y cuando digo “abuelas” me refiero a esas mujeres que ya tienen tras de sí todo un rimero de cosechas, amores ganados o extraviados, libros leídos o escritos o soñados, hijos nacidos o muertos, o perdidos y encontrados, nietos a los que contar cuentos al calor de un fogón en donde hierve el caldo de la vida, con su fragante vaho… Hacen falta abuelas, ¡pero ya! No lo digo yo sola: lo dijo antes que yo Antonia Molinero, tras escuchar las confidencias a media voz de Susana Fortes y Cristina Sánchez Andrade, dos escritoras gallegas, rubias y guapas, que confiesan deberle mucho, de la gavilla de historias en las que viven los personajes de sus novelas, a las supersticiones y a las fábulas hiladas en la rueca por sus respectivas abuelas.
Ciertamente, no son unas abuelas cualesquiera las que nos inspiran (aunque todas sean igualmente valiosas, para el propósito que nos anima). Son abuelitas de leyenda. Abuelas de otros mundos, como Nélida Piñón, con su mirada de oráculo o pitonisa, y su verbo ilustrado y preciso de gustoso acento carioca, y sus gestas de héroes mitológicos, y su erudición humanista, y su espontánea ternura. Abuelas más domésticas (aunque igualmente indómitas), como Ana Mª Matute, frágil y quebradiza como una varita mágica, ingenua como una niña chiquita, pero fuerte y salerosa, sin las ñoñeces de las nenas tontas, y con su caja de recuerdos intacta. Abuelas portentosas y esforzadas como Rosa Regás, directa y franca, valerosa y firme en su empeño por la igualdad y el reconocimiento de sus congéneres, vibrante y apasionada por el legado de la Biblioteca Nacional que ahora tutela… Unas abuelas fantásticas. Todas, con su gratitud, “gracias por haber sido invitadas”, y su humildad, porque “quiénes son ellas para merecer tantos aplausos”, y su sencillez y su llaneza, “con todo lo que les queda aún por aprender y por hacer”, caramba… Y todas diciendo lo mismo: que no hay literatura femenina propiamente dicha, sino simplemente literatura, pero que el feminismo no estará muerto mientras el mundo (la política, la economía, la cultura) lo sigan haciendo “las corbatas”; y que, si hay algo que han ganado los hombres con la incipiente feminización de los lazos que nos atan, es el poder sostener a un hijo contra el pecho, y la ternura, y la recuperación de la piel y el tacto, antes vedados a la condición masculina.
No hace falta dedicarse a la literatura para darse cuenta: todos necesitamos abuelas como ellas. Compasivas y fuertes. Amenas y deleitosas. Y, sobre todo, buenas y sabias.Contradicciones de un Gobierno “socialista” y “progresista”
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