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18 de marzo de 2007
Por Sergio Hernández Hibrahím
El marxismo es un gigantesco paradigma que ha impregnado la Historia durante el último siglo y medio. No obstante, es harto desatinado pretender que esta teoría es inamovible, intocable, y condenar toda pretensión de afrontar el debate con otras corrientes teóricas. Los paradigmas científicos son aportaciones que están sometidas a la prueba de la praxis, y su misión no puede consistir en permanecer eternamente igual a sí mismas. Adam Smith, Keynes, Marshall, Schumpeter, en el campo de la Economía; Copérnico, Kepler, Galileo, Newton o Einstein en la Física; Freud o Ronald Laing en la psicología, son otros tantos paradigmas cuyo destino histórico es ser superados (entendiendo por tal ser integrados en los avances científicos posteriores).
Engels caracterizó el marxismo como socialismo científico, distinguiendo claramente su teoría de las aportaciones de autores anteriores, que designó con el concepto global de socialismo utópico. Entre éstos debe destacar la figura de Charles Fourier, cuya cáustica crítica del capitalismo y de la desigualdad de las mujeres sigue ofreciendo hoy un fresco enfoque que avizora la posibilidad de un mundo futuro sin explotación del hombre por el hombre (y de la mujeres por los hombres, digámoslo a título anecdótico).
Este carácter científico de la teoría marxista ha sido y sigue siendo discutido por teóricos más o menos interesados. Popper, por ejemplo, emplea sus andanadas contra el marxismo y el psicoanálisis, defendiendo lo que denomina sociedad abierta (que, vista en su conjunto, debe ser sólo abierta para unos cuantos, mientras dos tercios de la humanidad se debate en el hambre y la miseria).
El método científico no se legitima por el objeto de sus análisis, sino por el método mismo. La ciencia se expresa en hipótesis que deben ser contrastadas y sometidas a la prueba de la práctica. Y, con independencia de tales o cuales aberraciones metodológicas de gente que dice inspirarse en el marxismo, el rigor y la sujeción a los hechos que caracteriza el método de Marx no ofrecen la menor duda.
Las teorías de Marx han sido una constante fuente de inspiración en las ciencias más dispares. Tomemos, por ejemplo, la Arqueología. El insigne científico Gordon Childe aplicó el método marxista, esclarecedoramente presente en sus obras Los orígenes de la civilización, Progreso y Arqueología y muchas otras. Allí expone con una portentosa claridad la evolución de la humanidad desde las formas sociales prehistóricas, acuñando el concepto de Revolución neolítica, admitido hoy con carácter general en esta disciplina.
En la inspiración de Gordon Childe opera una de las tesis más vigorosa de Marx, expresada magistralmente en los siguientes textos:
“El resultado general al que llegué y que una vez obtenido sirvió de hilo conductor a mis estudios puede resumirse así: en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”. (Prólogo a la obra Contribución a la Crítica de la Economía Política, 1859).
“A un determinado nivel de desarrollo de las facultades productivas de los hombres, corresponde una determinada forma de comercio y de consumo. A determinadas fases de desarrollo de la producción, del comercio, del consumo, corresponden determinadas formas de constitución social, una determinada organización de la familia, de los estamentos o de las clases; en una palabra, una determinada sociedad civil. A una determinada sociedad civil, corresponde un determinado orden político (état politique), que no es más que la expresión oficial de la sociedad civil”. (Carta a Pável V. Annenkov, 1846).
La moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología y las formas de conciencia que a ellos correspondan pierden, así, la apariencia de su propia sustantividad. No tienen su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su trato material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia. Desde el primer punto de vista, se parte de la conciencia como si fuera un individuo viviente; desde el segundo punto de vista, que es el que corresponde a la vida real, se parte del mismo individuo real viviente y se considera la conciencia solamente como su conciencia”. (La ideología alemana, 1845/1846).
Estos descubrimientos son hoy un lugar común en los estudios de Historia, Antropología, Sociología o Arqueología, y su desarrollo creativo ha sido impulsado fructíferamente por los científicos. Cabe decir, coloquialmente, que estas tesis marxistas han germinado impregnando los trabajos teóricos de importantes corrientes científicas (tómese, por ejemplo, los trabajos del antropólogo Marvin Harris).
En este tema concreto permítaseme una anécdota personal. Cuando era pequeño me encantaban las películas escenificadas en África (Mogambo, Las nieves del Kilimanjaro, etc), y siempre me asombraban los personajes que eran capaces de traducir innumerables idiomas y dialectos de diversas tribus lejanas entre sí. Mucho más tarde llegué a comprender que estos lenguajes son expresión de estructuras económicas poco complejas (pastores, cazadores), cuya expresión lingüística es necesariamente limitada y relativamente fácil de aprender.
Lo que nunca podrá perdonársele a Marx y Engels es haber puesto su capacidad de trabajo e investigación al servicio de los desposeídos. La contumacia de cierta gente en tachar las tesis marxistas de meras propuestas morales sirve a la finalidad de discutirle su carácter científico, de relativizar sus descubrimientos tachándolos de meramente ideológicos.
La teoría de la plusvalía ha sido siempre un escándalo en el mundo científico, dominado por la burguesía. El riguroso estudio de Marx, que concluye en la afirmación de que el plusvalor (la ganancia del capital) proviene directamente del trabajo no pagado, nunca ha podido ser digerido por los economistas burgueses. Conviene, no obstante, recordar que el análisis de Marx arranca y se desarrolla a partir de los estudios de un renombrado economista burgués, David Ricardo, que aplicó todo un aparato matemático para probar que es el trabajo el origen del valor.
Marx siempre rechazó con indignación todo intento de adjudicarle el papel de humanista, despotricando contra el amor a la Humanidad de los filántropos burgueses. La opción marxista fue colocarse al lado de los explotados y se guardó muy mucho de hacer aspavientos y alharacas sobre una humanidad abstracta que no existe en ninguna parte. Por contra, también afirmó repetidamente que “nada humano me es ajeno”, y su vocación científica se expresó gráficamente en su frase coloquial: “yo no soy marxista”.
En este su desprecio hacia la fraseología burguesa hay una anécdota que no me resisto a relatar. En una reunión tertuliar, un interlocutor le espetó: Y dígame, en esa sociedad igualitaria que usted defiende ¿quién se ocupará de lustrar los zapatos?”. La respuesta de Marx fue contundente: “¡Usted!”.
El nombre de Marx está unido a su concepción de la lucha de clases. Sus conclusiones en este tema se expresa en la frase: “la lucha de clases es el motor de la Historia”, axioma deducido de sus investigaciones. También tuvo oportunidad de tratar puntualmente la cuestión. Así: “no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía económica de éstas. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases...”. (Carta a Joseph Weydemeyer, 1852).
Ya estoy viendo los rostros desencajados de algunos lectores. ¿Dictadura? Téngase en cuenta que esta afirmación se refiere directamente a una forma de Estado, no a una forma de gobierno, y la diferencia no es pueril. Marx parte del hecho contrastado de que toda forma de gobierno, incluso la más formalmente democrática, es expresión del dominio de la burguesía, cuya forma de Estado es expresión de ese dominio. Es, por tanto, la dictadura de la burguesía, a la que contrapone una forma de Estado que sea expresión de las mayorías sociales, esto es, del proletariado, en frase de aquélla época. Todo intento de equiparar la dictadura del proletariado con una dictadura policíaca es una arbitrariedad sin sustento en la teoría marxista, cuestión que Marx expresó muy bien en su obra Las luchas de clases en Francia.
Mucho tiempo ha transcurrido desde que Marx y Engels publicaron El Manifiesto Comunista (1848). Obvio es decir que no todas las tesis marxista tienen hoy el valor filosófico, histórico o político, que tuvo en el siglo XIX. Ya el propio Marx advirtió acertadamente que él no daba recetas para el futuro. Una cantinela típica es el reproche que se le hace, de que sus profecías no se han cumplido, por ejemplo, respecto a que las revoluciones socialistas se originarían primero en los países económicamente más avanzados.
Para empezar, el propio término de profecía no se corresponde con la actitud y rigor de las tesis marxistas. En segundo lugar, era imposible para los primeros teóricos avizorar tan siquiera los profundos cambios que vendrían a sucederse en la historia mundial, dos guerras mundiales, la guerra fría, la aparición de la revolución científico técnica y de la sociedad de la información, del imperialismo, la globalización y consiguiente mundialización de la explotación capitalista y consiguiente desarticulación de las clases obreras occidentales, a lo que debe añadirse el estrepitoso fracaso del denominado socialismo real, con su progresivo alejamiento de las más valiosas tesis marxistas.
El marxismo originario es tributario del ambiente científico decimonónico, en el que prevalecía una especie de positivismo basado en la deificación del progreso económico indefinido y la condena histórica de los pueblos y sociedades “atrasadas”. También era imposible tener la más mínima sensibilidad sobre la sutil y quebradiza relación de las sociedades humanas con el ecosistema, y aunque Marx, y sobre todo Engels, plantearon puntualmente la cuestión de la opresión de las mujeres, no sopesaron en toda su profundidad esta cuestión. Hoy son problemas candentes.
A propósito de lo que llamo desarticulación de la clase obrera en los países occidentales, este es un fenómeno contemporáneo ocasionado por la universalización de la explotación capitalista, que profundiza su dominio en los países subalternos, originando desigualdades económicas en las que las clases trabajadores aparecen como privilegiadas frente a la crasa miseria de los trabajadores de estos últimos. La globalización es la expresión del derrumbamiento de los escenarios nacionales de las luchas progresistas y la introducción de nuevas técnicas de producción y explotación. Estos hechos son muy complejos y requieren una profunda investigación.
Digamos, con Antonio Bilbao (1993) que “cabe leer el proceso de reestructuración del capital en términos de un proceso de desestructuración de la clase obrera. Esta desarticulación de la clase trabajadora como conjunto de colectivos fabriles y su conversión en individuos aislados, junto con la asunción de los presupuestos de la democracia formal, hará aparecer una nueva categoría teórica tomada del campo jurídico: el ciudadano, el sujeto dotado de innatos derechos particulares, deudor y acreedor individual del poder, portador de proyectos privados, aislado consumidor y, cada vez más, aislado productor.
Hay mucha tarea por delante. No obstante, a pesar de los enormes costos e ímprobos esfuerzos empleados por los mas medias, los intelectuales y universitarios que realizan su individual viaje de regreso al seno de la Santa Madre Iglesia (léase neoliberalismo, globalización, democracia controlada y cosas por el estilo), la ingente figura de Carlos Marx sigue presente en cada rincón de la realidad histórica, social, económica y política, de todos los países.
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