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20 de febrero de 2007
Por Ana Criado
Sólo se desea lo que no se tiene: un líquido no puede invadir un espacio si éste no se encuentra previamente vacío. Eso no es un aforismo, es una ley física tan elemental como la de los vasos comunicantes. Lo que viene a querer decir que el apetito nace únicamente de la privación de alimento. Es el hambre, y no otra cosa, lo que nos impulsa a buscar comida. Si la comida se encontrara siempre al alcance de nuestra mano o de nuestra boca, lista para consumir, sin necesidad de ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, sin el goteo de nuestra tarjeta de crédito, no conoceríamos, no ya la gula, sino la gazuza tan siquiera. Si a diario nos obligaran a engullir manjares sin límite, por mandato preceptivo —venga de trufas y caviar y Bollinger y Vega Sicilia y virutitas de ibérico descabelladamente, y venga de ‘foie’ caliente y de marisco y demás viandas en pantagruélica abundancia, y ricos postres, y licores finos de la mañana a la noche—, los aborreceríamos en poco tiempo. Prueba de ello es que la anorexia es una dolencia que no se conoce en el Tercer Mundo. Es la carencia lo que aviva el deseo, y basta que a uno lo priven de algo, para que ansíe por encima de todo precisamente aquello que no tiene.
Sin ir más lejos: basta que a uno el ruido no lo deje dormir (un vulgar grifo mal cerrado, una maldita cisterna que gotea, los ladridos de un simpático perrito, una discotequilla de nada sita en zona residencial), para que el silencio sea una aspiración prioritaria. Por desgracia, también es cierta la proposición contraria: basta que se cuestione la oportunidad de la innegable bronca que lleva aparejado el Carnaval en la calle, para que montar la gresca y molestar a los vecinos protestatarios se convierta en una prioridad embelesadora (recuérdense, si no, los carteles con el lema “¡Que se jodan!” que esgrimían los vencedores de la supuesta contienda, cuando el juzgado de lo contencioso-administrativo número 1 de Santa Cruz de Tenerife levantó la suspensión cautelar de los actos nocturnos): es probable incluso que este año la marimorena supere la de ediciones anteriores, más que nada por poner en práctica la forniculación anunciada... La condición humana tiene eso, que gusta de sodomizar al más indefenso.
Ciertamente, la cosa no deja de arrastrar cierta carga perversa, porque la polémica “ruido ‘versus’ cultura vernácula” en torno al carnaval tinerfeño ha conseguido aunar ideologías y criterios por lo demás enfrentados (los políticos canarios han levantado la voz como un solo hombre a favor del carnaval callejero, desde López Aguilar hasta Zerolo, tal vez por la cuenta en votos que les trae a todos). Y, más extraño (y grave) aún, porque el Parlamento canario ha aprobado por unanimidad una proposición de ley para que en las fiestas populares se suspendan los límites acústicos contemplados en la Ley del Ruido. O sea: “no matarás”, salvo los sábados de ocho de la mañana a doce del mediodía, por prescripción facultativa, o insoslayable arrebato telúrico, o bando municipal de obligado cumplimiento.
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