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11 de febrero de 2007
Por Jorge Rodríguez Díaz
Repetidamente he manifestado en público y en privado que hay que luchar contra toda forma de delincuencia y corrupción, ésa que ahora se nos quiere aparentar como el mal del siglo, pero que en realidad ha estado presente en todos los tiempos y en todos los ámbitos de la actividad humana. Siempre ha existido, repito, en todos los ámbitos una minoría de indeseables que intentan aprovecharse de las situaciones para obtener beneficios personales al margen de la Ley, y en un estado de derecho todos estamos moral y legalmente obligados a combatir estos comportamientos perniciosos para la sociedad, máxime cuando la inmensa mayoría de las personas mantenemos un comportamiento honesto y respetuoso con las normas.
Por todo ello, no puedo menos que estar de acuerdo con el fondo de esta campaña anticorrupción que ahora vivimos, pero las formas y los tiempos no son neutros y me suscitan algunas dudas.
En primer lugar, respecto a las formas, resulta difícil entender por qué se producen sistemáticas filtraciones desde ámbitos oficiales que nos adelantan, a través de los medios de comunicación, lo que se está investigando o a quiénes y cuándo se va a detener. Desde mi lego y modesto entender, esta forma de proceder tiene cuatro consecuencias inmediatas:
A) Magnifica el fenómeno de la corrupción, al ser amplificado por los medios de comunicación antes, durante y después de cada actuación. Cabría preguntarse a quién o a quiénes beneficia esta consecuencia.
B) Puede reducir sustancialmente la eficacia de las actuaciones, pues se previene a posibles presuntos delincuentes dándoles un valioso margen de tiempo para ocultar ciertos asuntos.
C) Aumenta el riesgo de lesionar los derechos fundamentales de personas inocentes. No es preciso recordar que el derecho al secreto de las comunicaciones, a la intimidad, a la presunción de inocencia, al honor o a la imagen están recogidos en nuestra Constitución y, una vez que se lesionan, su reparación es muy difícil o imposible. En cualquier caso, no se evitan los meses o años de angustia y sufrimiento personal y familiar que se podría causar indebidamente.
D) Esta forma de proceder no contribuye, en absoluto, a fomentar una imagen de independencia y ecuanimidad de los órganos jurisdiccionales y policiales y, sin poner en duda sus actuaciones, quizás sea preciso recordar el adagio latino que afirmaba que la mujer del césar no sólo debe ser honesta, sino parecerlo.
No obstante, a pesar de estas consecuencias evidentes o, tal vez, debido a alguna de ellas, se ha actuado, se actúa y, previsiblemente, se seguirá actuando de forma poco discreta en esta materia. Algunos medios de comunicación presumen de ofrecer “primicias en exclusiva”, lo que aumenta su volumen de negocio, y cabe preguntarse ¿han recibido información privilegiada? En varias ocasiones se han publicado datos que podrían estar afectados por el secreto de sumario, ¿ha incurrido alguien en un delito de revelación de secretos? Son dudas que creo razonables y que convendría que aclarara alguien menos lego que yo.
Por otra parte, como decía, están los tiempos. El autoproclamado impulsor de la lucha contra la corrupción en España, y especialmente en Canarias, ha elegido un momento concreto, y no otro, para lanzar su cruzada. Podría argumentarse que lo ha hecho en la primera ocasión que tuvo para hacerlo, si no fuera porque entre 1990 y 1993 fue asesor parlamentario de dos ministros de justicia y no se le recuerda por haber promovido ni denunciado nada en contra de la corrupción en aquellos tiempos. Tampoco lo hizo entre 1993 y 1996, cuando fue Director General del Gabinete de dos ministerios en los Gobiernos de Felipe González, que ostentan el lamentable registro de ser de los Gobiernos de España que más altos cargos han sido condenados en firme por corrupción. ¿Qué pasaba en esas fechas? ¿Estaba ciego y sordo para lo que sucedía en su entorno más inmediato, o el precio que hubiera tenido que pagar entonces por erigirse en un héroe contra la corrupción rampante era demasiado elevado para su carrera política?
En fin, sólo son dudas que le asaltan a un lego.
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