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08 de enero de 2007
Por Sergio Hernández Hibrahím
No soy proclive a dispensar alabanzas a personajes históricos vivos. El caso de Fidel Castro, no obstante, merece una atención excepcional.
Probablemente estemos ante uno de los personajes políticos más importantes del siglo XX. Existe ya una perspectiva histórica que nos permite calificar su papel como ejemplo de una grandeza, que impide separar su ambición personal, de la obra que tanto ha contribuido a crear. Es, como dice el poema de Bertolt Brecht, un original paradigma de luchador imprescindible.
Fidel no ha conocido otra vida que la lucha contra la explotación, la pobreza, el atraso y el abuso de los grandes poderes que dominan el mundo. Su contribución al pensamiento de izquierda y progresista, ha cristalizado en una praxis que inspira, directa o indirectamente, a muchos movimientos políticos que se esfuerzan por emprender vías originales de procesos socialistas y liberadores. Y ahí está todavía el Viejo, con un empuje asombroso, mostrando que, en muchos casos, la vitalidad juvenil no depende de la edad, sino de la entrega apasionada a una causa justa.
¡Cuánto tiempo ha pasado desde aquel 1º de enero de 1959! Después de una dura lucha contra la dictadura de Batista y la dominación de los EEUU (y, no puede olvidarse, de los inevitables capos de la Mafia), Cuba emprendió una senda de profundas reformas políticas, en beneficio de las mayorías del país.
Es increible que la Revolución Cubana haya llegado tan lejos. Y digo esto porque algunos tenemos buena memoria. Y recuerdo muy bien a aquellos heroicos estudiantes que se desplazaban a la Sierra para extender la campaña de alfabetización, muchos asesinados por mercenarios estadounidenses emboscados en las montañas. Y recuerdo los bombardeos estadounidenses de frascos llenos de virus de la peste porcina, que practicamente diezmó las explotaciones del país. Y recuerdo la invasión de Playa Girón, financiada y equipada por los EEUU, en un acto más de tropelía que me hace esbozar una triste sonrisa, cuando oigo al inefable Bush hablar de democracia. Y recuerdo los diversos planes de la CIA para asesinar a Fidel. Y la contribución de Cuba a la liberación de Angola. Y los miles de médicos y sanitarios cubanos que hoy prestan servicios en varios países, en un ejemplo de solidaridad en el que sobran las palabras, las teorías y las resoluciones. Y los niños cubanos, auténticos privilegiados en contraste con la penosa situación de miseria y esclavitud que acosa a la mayoría de los infantes latinoamericanos.
En febrero de 1901, el Senado estadounidense aprobó la llamada Enmienda Platt, que fue incorporada como apéndice a la I Constitución Cubana, que otorgaba a los EEUU un derecho [escandaloso] de intervención en los asuntos internos cubano. Después de intentar, antes de 1898, comprársela a España (que se negó de plano), los EEUU emprendieron el designio de tragársela mediante un paulatino proceso de derecho de intervención. Hay gente que olvida como los EEUU le arrancaron a Méjico la mitad de su territorio (California, Tejas, etc), para alcanzar los objetivos de su Destino Manifiesto. Y ha sido la obstinación del pueblo cubano lo que le ha permitido mantener su independencia.
Porque el contencioso Cuba-EEUU no es de ahora, se remonta a tiempos incluso anteriores a su independencia nacional. La Revolución Cubana es la culminación de un largo proceso en el que se han ido frustrando las intenciones de Washington, de incorporar una estrella más a su desprestigiada bandera. Luego está la fuerza del ejemplo, que hace de Cuba un odiado precedente, que hace perder los estribos a los poderes estadounidenses. Es esta frustración histórica lo único que puede explicar la proclamación de la Ley Helms-Burton, una aberración jurídica que configura una frontal agresión contra el derecho internacional, que pretende hundir a Cuba en el ostracismo, prohibiéndole los intercambios económicos mediante el recurso a las represalias contra los terceros países que lo intenten.
La democracia estadounidense, en la que cualquiera [que sea millonario], puede llegar a presidente, ha homologado un estilo de electoralismo que, a la vista está, invade la práctica política de muchos Estados. El viejo principio de representación se ha convertido en un carnaval absurdo, en el que los partidos políticos con chance están sometidos al mismo discurso común, con pequeños matices sin mucha importancia. Igual que en los EEUU. De ahí el aserto popular de que todos los políticos son iguales.
Las instituciones de la Revolución Cubana marcan un significativo contraste con el penoso panorama de las llamadas democracias representativas. La Asamblea Nacional del Poder Popular es una institución de trabajo cuyos componentes son elegidos directamente por el pueblo. Pero lo importante es el fondo de la cuestión: en Cuba existe una democracia económica en la que el principio de igualdad no es una entelequia jurídica, sino una realidad material, y ahí duele.
Naturalmente que no se trata de hacer un panegírico de la realidad cubana. Cuba no es un paraíso y la Revolución no está vacunada contra los errores. Pero ya se preocupa la CIA y sus comparsas de difundirlos y magnificarlos. Yo, modestamente, sólo debo declarar que, en este tema, soy muy subjetivo, pero me conforta el convencimiento de que mi subjetividad coincide con la necesidad histórica de avanzar hacia el socialismo, y, en ese camino, estoy con Cuba y estoy con Fidel Castro. Me alegro muchísimo cuando aciertan y me guardo mis cabreos cuando creo que se equivocan, que también. Porque lo más importante en política es la honradez y la dignidad, y en esto Cuba y el Viejo nos han dado lecciones constantes.
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