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17 de diciembre de 2006
Por Ana Criado
Érase una vez una bonita isla flotando en el océano con su linda capital marinera bañada por aguas resaladas y mansas, cuyas olitas rompían suavemente en la arena dorada de una playa importada del Sahara. Cuentan las buenas gentes que era esta una playa insólita, rebeldona como suelen serlo las hijas únicas, tan insólita y tan suya que crecía semivirgen. Ciertamente una playa muy extraña para los tiempos de urbanismo y recalificación que corrían: lecho de amor para amantes clandestinos en las noches estrelladas, pista de aterrizaje gratuita para todas las gaviotas y las palomas con permiso de residencia, jacuzzi espontáneo con sus huestes de pejes grises y su tropilla de pescaditos azules arrebujados en la escollera... Siempre indómita. Siempre lujosamente viva. Pues no pasaba el tiempo por ella, y seguía adornada en mitad del escote con una buganvilla azul como un broche de amatista, y se conservaba tan guapetona y levantisca como en sus años mozos, cuando aún no se había teñido de rubia, con su viento del noreste despeinándola toda. En verano se tornaba vocinglera y populosa, reinando siempre, y en invierno dormitaba arropada por las nubes que manaban de una agreste montaña cobriza, coronada por antenas de telefonía móvil en un alarde de desvergüenza moderna. Había que verla: cada día, desde bien temprano, su orilla remolona del color de las dunas congregaba a miles de fieles y se dejaba mancillar sin miedo, abierta de piernas. Acudían a ella cientos de animales bípedos, a veces en tropel, otras veces cuatro gatos, según las ganas y los días y el viento, o el frío o el calor, o los trajines. Y daba gusto contemplar a esas venturosas criaturas toditas al natural, más bien ligeras de ropa, pegándole muy duro al tema de la ‘dolce vita’ y el gozar, que no consisten en otra cosa más que en darle gusto al cuerpo, o lo que fuere menester: una siestecita debajo de una palmera en plan molicie bárbara, una tapa de berberechos y una caña en “El último”, un par de caminatas de ida y vuelta, sí niña, si es buenísimo para todo, para bajar barriga, para el colesterol, para la artritis, para la circulación (de la sangre, porque lo que es la otra, ya se encargan las obras del tranvía).
Pero dicen las malas lenguas que, un buen día, una inmobiliaria de aquel afortunado Reino compró unos terrenos para levantar edificaciones turísticas frente a la playa, vendió una parte al Ayuntamiento de Santa Cruz, diz que para que no se edificara nada, obtuvo la recalificación del resto, lo vendió a otra empresa, y se quedó con un diez por ciento del suelo, consiguiendo unas plusvalías de 119 millones de euros. Por si esto fuera poco, algún Mandamás decidió llenar las arcas de su imperio y encargó al maestro Perrault tremendo proyecto de lifting para dotar a la pobre playa de todos los adelantos, empeñado en que se pareciera a sus primitas del sur para ofrecerla, prostituida como aquellas desgraciadas, al mejor postor de las agencias. Y hasta aquí llega el agua, porque entre todos la están cagando bien cagada.Carta abierta a un ex comunista o requiem por Augusto Hidalgo
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