Inicio > Blogs > El Colimador > ¿Quién paga el pato?

24 de julio de 2006
Por Ana Criado
En una entrevista concedida a la televisión francesa, en la que explicó los motivos de su choque con Materazzi, Zinedine Zidane deploraba que sólo se castigue la reacción (en su caso, el cabezazo), y no la provocación (el insulto del italiano). Luego la FIFA ha multado y sancionado a ambos jugadores, pero la reflexión de Zizou no deja de tener su calado. Y además viene a cuento, por la cosa esta del nuevo permiso de conducir de nuestras desdichas.
Con el actual sistema de sanciones, la conducción temeraria está penada con 6 puntos y la conducción negligente con 4. La DGT no especifica en qué consiste conducir de forma temeraria (además de circular en sentido contrario o echar carreras) ni de forma negligente o creando riesgos para los demás (¿la conjunción “o” tiene valor de alternancia o es excluyente?), dejando así en la más absoluta indefensión al que tenga que vérselas con un agente atravesado y dispuesto a aplicar la norma de forma discrecional o abusiva. Pero es que además está claro que, con este espíritu sancionador, el pato lo paga siempre el que obra mal por acción, no el que obra mal por omisión o provocación. El presunto conductor negligente puede ser un repartidor de butano reventado que, a las 3 de la tarde, después de una jornada laboral de 7 u 8 horas, adelanta algo azarosamente a un coche que va a 20 kilómetros por hora, aunque la adelantada sea una petarda que conduce como quien se pone los rulos, que viene de Loewe de comprarse otro bolsito a juego con los zapatos, y que lleva detrás una cola de quince coches porque no se atreve a pasar a una vespino en una recta. El presunto conductor temerario puede ser un taxista a punto de arrollar al décimo peatón que cruza con el semáforo en rojo o que camina por la calzada, y que le obliga a frenar en seco. En cambio, la petarda y el peatón kamikaze gozan de total presunción de inocencia: sus manitas llenas de rosquetes.
Estar reventado y tener ganas de llegar a casa después de una jornada de trabajo no es un eximente en la carretera, como tampoco lo es el haber consumido alcohol o drogas (que sí lo son en el caso de la enajenación que deriva en violencia doméstica); y es lógico que así sea, puesto que pueden perturbar los reflejos del conductor. Pero tampoco debería constituir un atenuante ser un peatón anárquico, amparado por su prepotente fragilidad; ni una pedorra que conduce como una acelga lacia mirándose por el retrovisor, y a la que nunca se debería haber expedido permiso de conducir alguno. Está claro que el conductor que pierde la paciencia y la templanza no constituye un modelo a seguir. Pero no deja de ser un pobre mamífero al borde de un ataque de nervios, un animal de sangre caliente sometido al caos circulatorio de ciudades cada vez más colapsadas, embotelladas, zanjadas, llenas de calles cortadas por obras intempestivas y despóticas.
Por cierto: el nuevo Código Penal castiga con cinco años de cárcel conducir con desprecio a la vida. ¿Qué hacen, que no enchironan a Israel y a Estados Unidos, que se pasan la vida por el forro?Carta abierta a un ex comunista o requiem por Augusto Hidalgo
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