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18 de julio de 2006
Por Lucy Rodríguez Gangura
Cuándo en 1949 el Consejo de Seguridad de Las Naciones Unidas número 49 de ese año, a través de la cual reconoce al Estado de Israel, creado unilateralmente en mayo del 48, recomendando a la Asamblea General su inclusión en la misma, el mundo echó en falta la presencia en la votación de un miembro permanente del Consejo, la Unión Soviética. Afectada del complejo de culpa que, durante tantos años, ha recorrido Europa, por los crímenes cometidos contra las comunidades judías, pero conscientes, así mismo, de que la creación del Estado de Israel suponía la introducción de un nuevo brazo del imperialismo en el Medio Oriente, decidieron mantenerse al margen. Pronto comprenderían la brutalidad de la esencia imperialista y racista del sionismo.
Han pasado más de cincuenta años desde la adopción de esa resolución y el Estado de Israel, lejos de colaborar en la pacificación y la construcción de la paz en Oriente Medio, ha ido mostrando al mundo su autentico rostro: el de un estado fascista y, por ende, terrorista, con un objetivo concreto: el exterminio del pueblo palestino. Pero la historia se repite.
Desde un San Petersburgo (antiguo Leningrado) remozado para la ocasión, sin perros ni pobres por las calles, los grandes del Planeta (el G8) han adoptado una resolución que supone una burla al pueblo palestino; no sólo no se propone a la comunidad internación ninguna sanción contra el Estado de Israel, sino por el contrario comienza colocando en el mismo plano de responsabilidad a palestinos e israelíes para, finalmente, pretendernos hacer llegar a la conclusión de que los movimientos palestinos son los auténticos culpables de la actual situación. Y la Comunidad Económica Europea, una vez más calla y, por tanto, otorga. ¿Opera nuevamente el complejo de culpa? ¿Hasta cuándo?
En estos días he podido leer, desde luego no con sorpresa, que es necesario reconocer los brutales crímenes cometidos contra el pueblo judío y que se les debe indemnizar por ello, pero ellos también deben corregir sus formas y maneras. Sin duda el nazismo cometió atroces crímenes contra la humanidad en las comunidades judías pero yo, que soy amante de la historia y creo que jamás se debe olvidar, estoy harta de cada vez que la escalada de agresión al pueblo palestino aumenta me arrojen la historia a la cara, en forma de articulo, película o documental. Nunca he oído hablar de indemnizaciones a los republicanos del estado español torturados, gaseados o fusilados por los nazis, ni a las familias de los homosexuales pasados a cuchillo por su definición sexual y personal, o a los veinte millones de soviéticos que pueblan los cementerios de Rusia fallecidos durante la II Guerra Mundial. Tampoco he oído hablar de las indemnizaciones que el colonialismo debería pagar a los países africanos y, desde luego, si que Europa debería sentirse culpable del actual estado de este continente. Me pregunto si las cosas serian distintas para los indios norteamericanos si fueran los propietarios de la industria cinematográfica de Estados Unidos.
En primer lugar no existe el pueblo judío, como no existe el pueblo cristiano ni el islámico; las tres son religiones, más o menos extendidas, que han convertido, como todas las religiones, algunas de sus características en tradiciones culturales. En segundo lugar, el nazismo no declaró la guerra al Estado de Israel por una razón evidente, no existía.
Por supuesto que las comunidades judías que fueron victimas de un intento de genocidio merecen ser reparadas, pero eso no puede significa, en ningún caso, una forma de subvención a un estado permanentemente agresor. El sionismo es una de las manifestaciones más duras que ha conocido la humanidad de expansionismo, racismo y genocidio.
El objetivo de todas las acciones emprendidas por el Israel es claro y evidente: acabar con el pueblo palestino. Y el silencio de la comunidad internacional en este conflicto es, sin duda, cómplice de este exterminio.
Con el genocidio del pueblo palestino desaparecerá no sólo este pueblo sino además se asesinará lo que aún queda en nuestros corazones y en nuestras consciencias de sentido de la justicia y la dignidad. Por eso ésta tiene que ser la hora de Palestina.
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