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24 de July de 2010

Por Manuel Fernández Sarmiento

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Se acaba de impartir el curso “Cómo hablar siempre con eficacia” por parte del profesor Ángel Lafuente Zorrilla, licenciado en Filosofía por las universidades de Comillas y Complutense de Madrid, y fundador del Instituto de Técnicas Verbales, y autor de un método que difiere de cuantos existen en el mercado internacional. 

Este curso, que se complementa con las prácticas impartidas en el Taller, que, como curso independiente, se impartirá en la sede de la Universidad de verano de Maspalomas, completa una formación importante en lo que según el profesor Lafuente es “la otra carrera necesaria”, aunque, el gran taller de la palabra hablada es la vida misma, la vida diaria, donde hay que aplicar lo impartido en dicho curso. 
El ser humano está destinado, por naturaleza, a la comunicación. Hablar con eficacia es comunicar, transferir conocimientos, ideas e impresiones, cuidando siempre la palabra, esa magnífica herramienta inventada por el hombre para poder entendernos los unos a los otros. 

No voy a mencionar aquí las reglas de oro de un discurso, ni marcar pauta alguna de cómo prepararlo, pues, además de ser imposible resumir dieciséis horas de duración del mismo en un par de minutos, podría dar la impresión de que con lo que yo contase sería suficiente, y, nada más lejos de la realidad, pues, aunque lo contase detalladamente, este es un curso donde la actuación del profesor es determinante, no basta el método, sino como lo imparte el profesor Lafuente, maestro indiscutible en el arte de la oratoria. 

He de confesar que si en la primera clase me pareció que el profesor presentaba un ritmo hiperactivo, pues no paraba de moverse para un lado para el otro, mover desaforadamente brazos y manos, gesticulando, declamando, al día siguiente, ante la pregunta de un alumno, el profesor se explicó: no es posible mantener la atención de un público en una conferencia o clase más allá de tres cuartos de hora, por lo que, con el fin de mantener la misma durante las dos horas que duraban las sesiones, tenía que mantenerse en movimiento, pues nadie puede dejar de prestar atención a un conferenciante que se mueve de un lado para otro sin parar, gesticulando o elevando convenientemente la voz para enfatizar algunas de sus frases, y es que existen tres maneras de prestar atención en el discurso: La intelectual, donde prestas atención porque te interesa mucho lo que está diciendo el conferenciante, porque es tu tema, lo que te gusta y despierta tu interés. La visual, donde el público te sigue porque te mueves, gesticulas, etc. Y, por último, a auditiva, donde los resortes para despertar la atención estriba en la voz, en las elevaciones y moderación del volumen de la misma, en los silencios, en el correcto manejo de la palabra, en la calidad de las misma, en la calidad de las frases, en la pronunciación y en la vocalización. 

Quién es capaz de montar una frase correcta, es capaz de pronunciar un discurso correcto, pues, al fin y al cabo, un discurso no es más que una serie de frases, y un discurso de calidad es una serie de frases de calidad. Si importante es la palabra, quizás sea el dominio de los silencios en el discurso, más importante aún hasta tal punto que se ha llegado a afirmar que quién domina el silencio, domina la palabra. 
El comunicador no nace, se hace, el miedo escénico es perfectamente superable, mediante la consolidación de la personalidad, siendo la meta el placer escénico, esto es todo lo contrario. Frases como estas encontramos en todo el curso, que, no sólo enseña oratoria, existe un componente filosófico, ético y moral muy importante, en el mismo. Se pretende y consigue aumentar la autoestima de los asistentes, se pierde el miedo al ridículo, se echan abajo muchos “consejos” que mitifican la oratoria. Se nos ha enseñado los tres amores o intereses básicos en la comunicación: amor por uno mismo, por el destinatario del mensaje y por el mensaje en sí mismo. Si uno sólo de ellos falla, no se produce la comunicación, o aminora su eficacia. 

Recomiendo este curso a todas aquellas personas que por una razón u otra ha de dirigirse a un público, profesores, políticos, conferenciantes, directores de empresa, ejecutivos, vendedores, y, como no, a toda aquella persona que desee comunicarse correctamente con los demás, aunque sea con la familia y los amigos, pues el dominio de la palabra confiere seguridad en uno mismo, nos hace mas agradable a la vista de los demás, y, en definitiva, nos confiere ventajas ante nuestros competidores, en este competitivo mundo que nos ha tocado vivir. 

Recién he recibido un correo con un power point con el título EL PODER DE LAS PALABRAS, del que, por pertinentes, extraigo del mismo las siguientes frases: 
Las palabras no las lleva el viento, dejan huellas y tienen poder e influyen positiva o negativamente, curan o hieren a una persona. 
Hay que cuidar los pensamientos porque ellos se convierten en palabras, hay que cuidar las palabras, porque ellas marcan tu destino. 
No hables cuando estés airado o resentido, habla cuando estés en paz, pues, de las palabras dependen muchas veces ala felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. 
Una cometa se puede recoger después de echarla a volar, pero las palabras jamás se pueden recoger una vez hayan salido de nuestra boca. 
Cuantas veces una palabra fuera de lugar es capaz de arruinar algo por lo que hemos luchado cuantas veces una palabra de aliento tiene el poder de regenerarnos y darnos la paz. 
Una palabra amable puede suavizar las cosas 
Una palabra alegre puede iluminarnos el día 
Una palabra de amor puede curar y dar felicidad 
Una palabra irresponsable puede encender discordias 
Una palabra de resentimiento puede causar odio. 
¡Las palabras son vivas! Bendicen o maldicen Alientan o abaten Salvan condenan 
¡De ti depende si las usas bien o mal 

 mafersa

Comentarios enviados

mafersa: ¡Fuerte lapsus!, se me olvidó poner el título del artículo, así es que aquí va, y si alguien sabe ponerlo, pues se lo agradezco: 
 
HABLA BIEN Y NO MIRES A QUIÉN: EL PODER DE LA PALABRA HABLADA 

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