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20 de September de 2009
Por Ana Criado
La inmortalidad (la de verdad: no la del alma, sino la de la materia orgánica) existe, aunque los animales más inteligentes, los más complejos y evolucionados de la creación, aún no hayan logrado alcanzarla o merecerla. Entre los muchos encargados de cepillarse a esos bípedos vanidosos y devastadores llamados hombres se encuentran las bacterias y los virus, unos microorganismos díscolos e insustanciales, culpables de las enfermedades. Curiosamente, las bacterias y los virus (que son los responsables de nuestra finitud) sí que son inmortales, a decir de los científicos. Y son inmortales porque se reproducen solos, se clonan a sí mismos, utilizando su propio metabolismo. Los hombres en cambio no podemos clonarnos. No estamos capacitados para hacerlo y, por fortuna para el universo, no hemos desarrollado aún esa habilidad. De momento, pues, somos insulsamente mortales: unos más mortales que otros, según dónde y cuándo nos haya sido dado nacer; pero al final a todos nos acaba cogiendo el toro. Así que hemos tenido que inventar otra forma de perpetuarnos, o sea, de inmortalizarnos: el sexo, cuál si no. Nosotros para reproducirnos (a diferencia de las bacterias y los virus, pero ellos se lo pierden) tenemos que copular. De ahí a insinuar que el amor (puesto que, según la vieja y empalagosa fórmula, es amor lo que hacemos cuando en realidad estamos yaciendo o apareándonos), digo, que el Amor nos vuelve inmortales, sólo media un paso, terriblemente romántico, pero paso al fin.
Aunque ¿no será en ocasiones a la inversa: que la pasión nos torna vulnerables en lugar de imperecederos? ¿Que morimos de amor en vez de lo contrario? Las mujeres, al menos las heroínas operísticas, desde luego que sí. La Gilda de Rigoletto, Liù en Turandot, la Carmen de Bizet, Mimi en La Bohème, La “Traviata” Violetta, Madama Butterfly, la insalvable Julieta, Lucia de Lammermoor, y hasta Salomé (que este fin de semana moría, calva y empolvada, en el festival de ópera de Tenerife): todas las chicas enamoradas la cascan al final del acto. Unas veces a manos de sus impulsivos amantes, otras a manos de terceros por salvar a galanes desconsiderados, otras incluso a manos propias: el caso es que siempre la diñan por culpa de las cosas del querer.
Sus antagonistas, en cambio, salen mejor parados. Algunos, bien es verdad, se quedan expiando en vida la fractura de su inquebrantable corazón. Pero cuando estiran la pata es casi siempre por causas muchísimo más nobles y acreditadas: la conciencia, el honor, la lealtad, la ambición, la venganza, la patria y la bandera... Excluyendo a algunos héroes sufriditos y precarios, lo cierto es que la violencia de género tiene prestigiosos precedentes musicales y literarios.
Chicas, en esa cuota de participación también salimos perdiendo. Aún admitiendo la posibilidad de que los autores de los libretos padecieran todos de misoginia aguda, las mujeres somos más deleznables que los hombres, aunque los índices de mortalidad tiendan a demostrar lo contrario. Como que todavía hay clases.
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