Inicio > Blogs > El Colimador > Breviario de lametones, mordiscos y besos

07 de junio de 2009
Por Ana Criado
Tengo entre mis manos un librito. Un libro que no es una gaceta literaria, y sin embargo tiene citas de autores y recomendaciones de lecturas. Un libro que no es una guía de viajes, y sin embargo hace referencia a lugares remotos, algunos innombrados pero sugerentes, desde Dublín a Mururoa. Un libro que no es un ordenador con conexión a Internet, y sin embargo habla de blogs y de chats. Un libro que no es el diván de un psiquiatra, y en el que sin embargo hay frustraciones y desengaños. Un libro que no es un diario, y sin embargo cuenta confidencias y revelaciones muy íntimas. Un libro que no es un pañuelo de papel, y sin embargo esconde alguna que otra lágrima. Un libro que no es de cocina; y sin embargo leyéndolo se abre el apetito. Un libro que no es una revista porno, ni siquiera erótica, y sin embargo lleva sexo casi explícito.
¿Qué es pues este objeto que sostengo entre las manos? Es un libro, sí, pero no uno más entre tantos otros, al término de esta Feria del Libro de Santa Cruz a punto de finiquitar. Es un Breviario, aunque tampoco uno cualquiera: un “Breviario de lametones, mordiscos y besos”. Breviario quizá por breve, claro, o como sinónimo de libro de oraciones, de ese mantra diario que nos recitamos en los momentos previos al sueño, cuando acariciamos en la efervescencia de nuestra imaginación todos los espejismos, las ansias incumplidas, los coitos interruptos, las derrotas, cuando nos hacemos la lista de deseos para la siguiente jornada...
O breviario quizá como sinónimo de epítome, de resumen o compendio de una obra extensa, que expone lo más fundamental o preciso de la materia tratada en ella. Lo cual podría hacernos pensar que existe otro tratado mucho más largo que versara sobre más lametones y más besos, y que los resolviera tal vez con más satisfacción para sus agonistas. ¿Es posible que exista? Ángeles Jurado, su intrépida autora, tiene al respecto la última palabra.
Mientras tanto, muchas mujeres y algún que otro chico al borde, no de un ataque de nervios, pero sí de un ataque de amor erótico, recorren las páginas de este libro exento de prejuicios, donde todo vale como expresión de la llamada del cuerpo: la infidelidad y el adulterio, la mordida de un vampiro, el síndrome premenstrual, el deseo explosivo y voraz, caiga quien caiga, ya sea el compañero de trabajo o el novio de la hermana o el hijo adolescente de una amiga...
Hay que tener no poco arrojo, algo de atrevimiento, y desde luego mucha personalidad (y sin duda Ángeles Jurado ande sobrada de todo eso), para escribir sobre el deseo amoroso con tanta frescura, aunque no sea más que por lo que supone de desvestimiento del alma; y porque todos los amigos y conocidos, todos los que te leen, se imaginan que el escritor doméstico, por así decirlo, el escritor al que conocen de cerca, sólo sabe escribir de sí mismo y que es incapaz de ficcionar como lo hacen los escritores consagrados y famosos, sino que brinda su experiencia personal sin ningún tipo de maquillaje cosmético. La inevitable pregunta que surge es: “Y la protagonista eres tú? ¿A ti te ha ocurrido eso?” Y entonces hay que empezar a desmentir, a decir verdades a medias... Por que no, una no es la protagonista, pero sí le ha ocurrido eso, aunque no ESO exactamente, sino algo remotamente parecido, o tal vez una lo ha soñado, o se lo han contado, o lo ha leído en un artículo de sucesos, y además, ¿a quién le importa?
En honor a la verdad, podría decirse que el escritor tiene el derecho de copiar o de distorsionar la realidad, tiene el derecho de ficcionar su propia vida, o de no hacerlo si no lo desea. Lo cierto es que, en cada historia que escribe, se está duplicando, hasta acabar desdoblado en la infinidad de personajes que lo pueblan como fotocopias de sí mismo. Lo importante es contar historias, verdaderas o falsas, creíbles o apócrifas: los que escribimos no podemos dejar de escribir, aunque escribir nos procure esa famosa esquizofrenia de quien se mete en la piel de otro ser, producto además de la propia locura. Porque el escritor es a la vez el creador, pero es también el fruto de su propia génesis, como un animal mitológico que tuviera una sola cabeza y varios cuerpos, y a quien le fuera dado engendrarse a sí mismo como una especie de virus.
Los hijos de ese frenesí reproductivo se quedan muchas veces en el limbo de las páginas escritas que nadie lee y que nadie publica. Pero, en ocasiones, algo o alguien los devuelve a su condición de seres animados, y entonces crecen, cobran color y movimiento, y nos hablan. Como nos hablan los protagonistas de las historias que nos brinda Ángeles Jurado, para mayor disfrute de nuestras primaverales neuronas.
Este libro se lee de un tirón, arranca sonrisas y admite relecturas. Les recomiendo este “Breviario de mordiscos lametones y besos”: es jugoso, sabe a aperitivo y a postre, y es bajo en calorías. Con el verano en ciernes, no es baladí este dato...
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