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09 de junio de 2006
Por Ana Criado
Quedan escasos días para que arranque oficialmente el verano, la estación bochinchera por antonomasia en estas latitudes, y ya pueden ustedes echarse a temblar. Porque, de ahora en adelante, no habrá semana en que no nos desarreglen la existencia con una sarta de romerías, fuegos artificiales, rallies, verbenas, voladores, terrazas, macroconciertos, festivales, nocturnidad, rechifla, insomnio, cortes de calles y calzadas, desvíos, caravanas y vainas. Durante cuatro meses largos, la tiranía del calendario impondrá su ley: estamos en fiestas, qué carajo. Y a la hora de echarse a la rúa, será preciso consultar los bandos municipales, por si a cualquier concejal de fiestas inspirado se le ha ocurrido algún brillante evento callejero, con su consiguiente distorsión del tráfico. Antes de salir a darse un salutífero baño de mar, no quedará más remedio que repasar la prensa local, por si acaso tenga uno que renunciar a lanzarse a la carretera por culpa de algún Santo con culo de mal asiento al que deban sus fieles pasear por esos caminitos de Dios. Y en las horas previas al sueño, y ya en sobre-salto de cama, no le vendrán mal al pobre vecino amuermado unos taponcitos de cera para los oídos, en prevención de cualquier son, latino o canario, apto para perturbar su letargo. Ir al supermercado, visitar a los amigos residentes en Canarias, desplazarse de un lugar a otro de estas repepiñadas y demográficamente explosionadas islas, dormir incluso, se convertirán de ahora en adelante en quiméricos anhelos por mor de fiestas y octavas, en ese culto al asueto que aqueja a los sureños. El fundamentalismo festivo goza de gran prestigio y todos los que no comulgan(mos) con ese concepto de felicidad tienen (tenemos) que jeringarnos.
Divertirse es muy saludable. Pero cada cual tiene su particular noción de lo que es el disfrute. Lo que para unos es lo más, para otros es lo menos, y cualquier imposición de unos sobre otros no deja de ser una tiranía. De la misma manera que se ha regulado el placer de fumar para que los fumadores no incomoden a los que no desean imitarlos, debería reglamentarse que los amantes de goles o piras o pachangas, los diletantes del botellón o el disfraz de mago, tengan lugares reservados para perpetrar sus derechos. Lamentablemente, en España tardará en cuajar la ocurrencia que han tenido en otros países con más solera en la práctica del desenfreno. A ver cuándo prende aquí la idea de reconvertir el Recinto Ferial en Sambódromo, como sucede en Río de Janeiro, o en Palacio Omnisport, como el de Paris-Bercy, que igual sirve para un roto que para un descosido: desde partidos de fútbol hasta competiciones de gastronomía local, pasando por conciertos, todo cabe en un ámbito flexible que se adapta a diferentes usos.
Ahora cierren los ojos y sueñen: arrastre de bueyes, carretas romeras con sus fecundas bostas, mercadillos, corazoncillos tejineros, lomásdances, mediosmaratones, días sin coche, todo lo que la autocracia del ocio y el absolutismo gregario nos imponen, todo ello bajo un mismo y protector cielo raso. Y las calles, vacantes, recién regadas, con ese vaivén sosegado de transeúntes paseando perros o portando panes y periódicos.
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