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El mundo no está en peligro por las malas personas sino por aquellas que permiten la maldad. (Albert Einstein)

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26 de January de 2009

En la cueva

Por Olmo Alvarez de la Nuez

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Tiempos turbios para el espíritu, aunque también para la naturaleza, que parece acosarnos, como queriendo recuperar el espacio usurpado por el hombre. Hace unos días, vi un deslumbrante documental, sobre la idea de un planeta tierra sin humanidad. La moraleja es la lenta, pausada pero inevitable recuperación. Desaparecido el hombre, los animales domésticos, la fauna salvaje, los grandes manchas ganaderas, rompen el lindero de su cautiverio, sea casa, granja, zoológico, pradera o reserva, como buscando su instinto original, y se van asentando en el nuevo orden natural, no sin severos traumas que apuntan a un nuevo equilibrio. Las cosas, los objetos nacidos de la mano del hombre, se deterioran, transforman o desaparecen, sin el cuidado que les mantiene en uso. Incluso las centrales nucleares, en un dilatado período, pasan de la catástrofe a la dilución de su veneno, en un largo ciclo de sedimentación que acaba engullendo el desastre. Al final, emerge de nuevo un planeta pletórico en su riqueza virginal. No hay pesimismo para la Tierra: el pesimismo es la aportación del hombre. Es su mano la que amenaza la aventura de la vida, que es mucho más ancha y potente que su pequeña y angustiada existencia.

En medio de estas cavilaciones, con ráfagas de viento hiriente y la insidiosa humedad de las islas, me decidí a dar un paseo, no lejos de la ciudad. La guagua me dejó en una carretera secundaria. Cerca del apeadero, un camino de tierra ascendía hacia una montaña pelada, de mediana altura, cubierta de verde por las lluvias de norte. Atravesé un paisaje agrícola desolado por el abandono: restos de muros de piedra abatidos por el temporal, vallas roídas de humedad, alambres y plásticos de invernadero y serventías en desuso. Me crucé con la mirada, llena de humillación, de un perro abandonado y presentí en la lejanía una vigilancia escrutadora que me seguía desde el porche de una casa modesta. Sólo la brisa punzante aportaba algo de frescura a un cuadro de naturaleza muerta, vencida y olvidada por el hombre.

El camino siguió ascendiendo, hasta desaparecer diluido en senderos o trochas de ganado, apenas perceptibles, que me acercaban a una parte de la montaña desnuda y sin aspecto de haber sido sometida. A lo lejos se adivinaban algunas oquedades imprecisas. Y hacia allí continué, mientras una lluvia fina y persistente se me echaba encima.

Al cabo de una hora, a quince o veinte metros de la cumbre, interrumpiendo una pared vertical que impedía seguir, alcancé una de aquellas lejanas cuevas que había vislumbrado desde abajo. Entré para guarecerme de la lluvia y me encontré con un espacio no muy grande, vulnerable al golpe del viento. Seguí avanzando y descubrí que de aquella estancia derivaba hacia la izquierda un tubo, a su misma altura, que se adentraba al interior de la montaña. Recorrí quince o veinte metros de lo que parecía ser un lugar sin presencia humana. El frío, la lluvia y la humedad me tenían aterido, y de manera mecánica me recosté contra la pared, y me fui sumiendo en el silencio, la oscuridad y el sueño.

Lentamente sentí que me incorporaba, como flotando, y el lado espiritual de mi ser se iba dotando de una rara lucidez. La cueva, casi en la oscuridad, empezó a transmitir extraños destellos y una música compuesta sólo de silencio. Vagué despacio, como queriendo absorber todas las luces, los olores y los sonidos que me rodeaban, hasta que reparé en unos haces de brillo tornasolado que salían de un recodo del tubo.

Al acercarme, los reflejos se fueron haciendo más intensos, pero no podía ver de dónde procedían. Sólo al llegar a la esquina, mi vista se abrió a un nicho de tres o cuatro metros de profundidad. Al fondo, como incrustada en la roca, una esfera de algo más de un metro de diámetro era la fuente de la luz. Al principio, sólo centré mi atención en su naturaleza física. Aparentaba estar formada por un material gelatinoso, ni sólido ni líquido, pero con una dureza y textura que la asemejaba al ámbar. Emanaba, sin cesar, suaves sonidos y ráfagas luminosas, como de baja intensidad, aunque luego observé que en sus tonalidades predominaban los azules oscuros, los verdes profundos, los matices cárdenos y violáceos, y todos parecían fluir tamizados por un efecto neblinoso que moderaba aún más su vigor. Al aproximarme distinguí, con escalofrío, las imágenes que  irradiaba, iluminadas de forma caprichosa por un juego de colores que la asemejaban a un caleidoscopio. Aterrorizado, reconocí mi figura, mi gente y mis parajes. Yo parecía ser el argumento de aquel objeto, porque todo lo que de él salía de alguna forma tenía que ver conmigo, y era su fuerza fatal y mi deseo los que misteriosamente llamaban a lo que allí se mostraba.

Me vino a la mente la idea del Aleph. Pero no era la metáfora borgiana de la realidad hecha añicos, despiezada en un mosaico universal , construido con todo lo que ha sido y es, fundiendo en un instante todos los instantes, en infinitas miradas posibles, con imágenes cinceladas en su exacta dimensión, sin sombra ni ambiguedad. Tampoco era la secuencia vertiginosa y lúcida que, según cuentan, resume la vida de los que están a punto de morir.

Se trataba de una visión a la medida de mi persona. En muchos puntos, lo que contaba la esfera difería de lo sucedido, como si ella hubiera decidido franquear puertas que yo no quise abrir, proseguir el camino al que no di fin, o escoger en la encrucijada el sendero que descarté. Era un espejo de la vida que había sido, de la que fue soñada o de la que no pudo ser, y todo esto se entremezclaba con imágenes ciertas o alegorías incomprensibles, pero que enlazaban con mis angustias y mis deseos, o quedaban en un misterioso presagio cuyo descifrado me persigue. Era memoria, miedo y ensueño, crear la vida no vivida, y entrar en los secretos que la realidad nunca me contaría. Pasé del miedo a la desazón y acabé en una curiosidad ansiosa por abarcar todo lo que aquel objeto me transmitía.

Entre el flujo constante de colores apagados que exhalaba descubrí lejanos recuerdos de mi infancia, que mi sola memoria no conseguía sacar de lo borroso, apenas resumidos en el fulgor de un instante. Vi el color de la ciudad mágica sin tiempo, sentí la presencia fugaz de mi padre en un gesto de violencia que la llegada tardía a su muerte no me permitió superar, y recordé lo que dice Montaigne del amor entre padres e hijos y cómo nos llena de amargura el afecto no expresado, la mano tendida que no encuentra respuesta, las palabras no pronunciadas; vi la calva blanca del médico atravesar el pasillo sombrío con los que portaban la máquina siniestra que proclamaba el triunfo final de la tisis; reconocí la oscura esquina en la ciudad vieja, en la medianoche de alcohol y vacío sin esperanza; me encontré en la habitación amarillenta del intento de seducción con el grito de la vieja detrás de la cortina; me acosó de nuevo la mirada lúbrica del sacerdote y sentí la misma turbación que une inocencia e incomprensión; me vi frente a la primera pulsión amorosa y recuperé una imagen instantánea y un nombre: Safiye; vi a muchos que proclaman verdad, fe o justicia, despeñarse por el abismo de un oscuro secreto; me detuve frente a un mar gris poblado de infinitos, por el que transitan la dicha y la tristeza, los viajes sin destino y los retornos; encontré un bosque de oficiantes de todas las creencias, caminando en muchedumbre, cubiertos con toda clase de atavíos, mitras y báculos dorados, capas y casullas purpúreas, solideos rojos o morados, túnicas de seda o algodón vulgar color azafrán, kimonos co0loristas y símbolos de todas las religiones, como pájaros incandescentes en el rito del amor, otros sólo portaban un sayal raído y la mirada ardiente rodeada por una barba áspera, eran un inmenso cardumen sin roce, sin escucha ni palabra, sin mirada; vi a efebos de voz amigdalina calentar las sábanas de un viejo, mientras el llanto de la ciudad se arrastraba al borde de la cama, como una monótona ola sin memoria; vi a un coro de adúlteros apedrear al tribunal de los sabios y castigar intolerancia con intolerancia; recibí la sonrisa enigmática de los compañeros muertos en la juventud, y los dejé atrás sin intentar romper su secreto; me asomé al borde de las islas en una mirada sin tiempo, pura y virginal, pero divisé también la inminencia del mal, la sangre corrupta que les hemos transfundido; descubrí el camino secreto que conduce al deseo, la angustia y la clave que sostiene muchos de mis actos; desvelé la sutil codicia que esconden muchos que lo dan todo…

Poco a poco, como una marea de fuego escondida, dentro de mí fue creciendo una desazón insoportable. Las imágenes subían mi curiosidad, pero también la ansiedad y mi cabeza se ladeaba como queriendo huir de lo que la esfera me transmitía y yo pedía de ella. La excitación me ahogaba y la avalancha de sensaciones se convirtió en un arma que apuntaba hacia mí. Fui entendiendo el lado terrible que habita la verdad y la fantasía, y que sólo un ser superior soporta la cercanía y el embate del conocimiento total. Aparté abruptamente el cuerpo y la mirada, arrastrado por un impulso salvaje, y tomé una piedra mediana del suelo de la cripta. No dejé de golpear furiosamente la esfera hasta que quedó en añicos, de los que se desprendía un vaho multicolor. Agotado y confuso me recosté, y nuevamente el sueño fue el camino para pasar del sueño a la vida.

Desperté arrinconado por el frío, encendido interiormente por un caos de sentimientos, y salí precipitadamente de la cueva con grandes zancadas y sin apenas mirar a mi alrededor. Afuera una suave luz de atardecer había sustituido a la hosca y lluviosa mañana, y la ciudad se presentía a lo lejos entre brumas inquietantes. Volví a iniciar la marcha con paso rápido, hasta que un picor punzante, que venía de mi puño derecho, rígido y cerrado, me hizo detener. Lo abrí lentamente y percibí el brillo ambarino de un pequeño fragmento puntiagudo, del que salía una luz ambigua y ondulante. Por unos segundos mi mente escrutó el cielo, y como obedeciendo una orden mecánica, extendí el brazo describiendo el mayor arco posible y con un impulso tenso y eficaz lancé al vacío la diminuta partícula, sin seguir con la vista su trayectoria. En un momento había comprendido que se me había concedido, por una vez, asomarme a un Aleph interior que funde vida, recuerdos, anhelos, ensoñaciones y augurios. Pero el próximo descenso sería ya la muerte, la gran liberadora.

Seguí andando y, a medida que mi alma se calmaba, empecé a ver la vida con otros colores, asomándome a pequeñas alegrías y esperanzas. Alcancé a divisar, en lo lejano, un mar fulgente ebrio de azul, y recordé el verso del poeta:

“Y el mar en la mañana, como una presunción del espíritu…”

Se lo que muchos estarán pensando, pero no diré isla, ni lugar ni camino. Asomarse a lo más profundo y sombrío de nuestro ser es una vivencia por encima de lo banal, a la que quiero sobrevivir reconduciendo mi vida con la savia nueva de todas las sensaciones que recibí. Pues, si lo bello no es nada más que el comienzo de lo terrible, el conocimiento es la frontera abismal que sitúa al ser humano en la más radical de las opciones, y ya no tendrá excusas para elegir.

Porque ¿de qué sirven el dolor, la nostalgia, la lucidez o la percepción del camino mal recorrido, sino para buscar la senda de la felicidad sencilla, en paz con la naturaleza y la humanidad? ¿No será también que lo terrible es el comienzo de lo bello y lo armonioso?

Y fui terminando mi camino pensando que, al final de todos los trayectos, siempre hay una elección, libre y gozosamente nuestra.

Comentarios enviados

Clara Isabel Hernandez Cabrera: Simplemente :Magistral. 
Yo no quisiera encontrarme en esa cueva. 
Felicidades y un abrazo. 
Clara Isabel

Maria Eugenia Alonso: Magnífico

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