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14 de marzo de 2006

Ese oscuro objeto de deseo

Por Francisco Morote Costa

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Escrito en Las Palmas de Gran Canaria, enero de 2003:

Desde que en las elecciones norteamericanas de noviembre de 2000 G. Bush (hijo) accedió a la presidencia, los Estados Unidos más que un gobierno nacional tienen un consejo de administración del complejo militar-industrial más poderoso del mundo al frente de sus destinos. Los fabricantes de armas y los industriales del petróleo - el mismo Bush y varios miembros de su equipo lo son -, pueden estar tranquilos. Ellos hacen buena, trasladándola a las industrias de armamento y petrolífera actuales, aquella antigua observación de que " lo que es bueno para la General Motors es bueno para los Estados Unidos". Hoy, por lo visto, lo que es bueno para la Lockheed-Martin, la General Dynamics, la Northrop-Grumman, la Boeing, la Raytheon Corporation y para la Exxon-Mobil, la Chevron-Texaco y Unocal, tiene que ser bueno también para los ciudadanos estadounidenses.

 

¿Qué pruebas hay de que lo que se afirma unas líneas más arriba sea cierto?

 

Dos hechos.

 

En primer lugar, la iniciativa, anterior al 11 de septiembre de 2001, de llevar adelante, contra viento y marea y a pesar de las reservas y recelos de numerosos gobiernos del mundo, la ejecución del proyecto de escudo antimisiles. Un negocio de decenas de miles de millones de dólares, sin ninguna justificación ética o político-militar, que saldrá de los bolsillos de los contribuyentes norteamericanos y que no sólo no aumentará la seguridad del mundo sino que tampoco, a la vista de los peligros reales que le acechan, la de los propios Estados Unidos. Un gasto público absolutamente colosal en un país con varias decenas de millones de pobres y sin un Estado de Bienestar digno de una potencia económica de esa categoría. Un gasto militar desproporcionado en un mundo con desigualdades y pobreza tan extremas que si todo el Sur pudiera se trasladaría en masa al Norte.

 

En segundo lugar, desde que Bush (hijo) llegó a la Casa Blanca reemprendió la política exterior dejada a medias por Bush (padre). Hoy la política exterior de los Estados Unidos se reduce a una sola palabra: petróleo. Y en ese término convergen amigablemente fabricantes de armas e industriales del petróleo. En pocos años llevamos, por ahora, una guerra del petróleo ya finalizada y otra guerra del petróleo a punto de empezar. La de Afganistán y la de Irak.

 

El atentado del 11 de septiembre de 2001 proporcionó el argumento, más mediático que jurídico, para el ataque a Afganistán. Eliminado el régimen talibán, con el que no acababan de realizarse negocios razonables, el nuevo ¿gobierno? de Afganistán ha firmado un acuerdo con Turkmenistán y Pakistán por el que el gas del Mar Caspio llegará, cruzando el territorio afgano por medio de un gaseoducto de la transnacional tejana Unocal, hasta la costa pakistaní del Indico.

 

En cuanto a la anunciada guerra contra Irak no hay un sólo argumento que justifique el ataque norteamericano. No se ha establecido ninguna conexión del régimen iraquí con Ben Laden. No se ha producido ninguna agresión, después de la Guerra del Golfo, del Irak bloqueado contra ninguno de sus vecinos. Y en cuanto a la fabricación de armas de destrucción masiva (¿ qué Estado no fabrica o dispone de armas de destrucción masiva en el mundo?), el gobierno de Irak – al que por supuesto no se defiende aquí -, no sólo ha aceptado la visita de los inspectores de las Naciones Unidas sino que, ante las reticencias norteamericanas, ha llegado a invitar a la administración Bush a enviar a agentes de la CIA para que les señalen a los despistados inspectores los lugares donde se fabrican u ocultan las temidas armas.

 

En fin, es hora ya de proclamar las auténticas motivaciones de la política exterior del actual gobierno norteamericano, impregnada de un fuerte olor a petróleo y de rezar para que la caprichosa naturaleza no haya puesto debajo de nuestros pies algún irresistible mar de petróleo.

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