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21 de septiembre de 2008

El eco vacío de nuestras propias ideas.

Por Daniel Bautista

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Cada vez más, aumenta mi recelo ante las personas que, por lo que fuera, me solicitan mi opinión sobre cualquier asunto. Es más: a menudo concluyo con frecuencia que quien me interroga al respecto no pasa de ser un hipócrita, un farsante, un mojigato o un meapilas, cuando no un sectario o un radical de tomo y lomo. Lo peor de todo es que creo que cada vez abundan más estos personajes en un mundo globalizado, en el que todo se suele estandarizar y uniformizar hasta el absurdo de que las opiniones dejan de serlo; esto es que se exigen que sean todas iguales y por lo tanto no ya opiniones sino verdades universales sin posibilidad de contradicción o réplica alguna. A veces, incluso, me pregunto si yo a ratos no seré también uno de estos individuos imperdonables.

Quienes como yo sufrimos el mal de Antonio Machado, al que le gustaba estar en paz con los hombres y en guerra con sus ideas, nos guardamos cada vez más de expresar nuestras ideas abiertamente y en público, y es más, hasta las ocultamos cuando otros exponen las suyas y éstas son contrarias a las nuestras. Únicamente nos remitimos a no posicionarnos, en vista del conflicto que suele conllevar hacerlo. Esa cobardía - que es de lo que se trata sin lugar a dudas - se antoja imposible cuando se nos interpela directamente sobre algo. Entonces, uno se siente tentado a imaginar la opinión que esgrime quien lo interroga, con objeto de enunciar una análoga o acorde con ésta, pues a menudo se trata de la única forma de no encender la cólera ajena y las consecuencias de ésta.

Si por el contrario se enuncia una opinión propia y ésta es discordante con la del interlocutor, recibes a cambio el varapalo de una mala mirada cuando no de una argumentación agresiva que no tiene tanto el propósito de convencerte como el de amedrentarte para reducirte. De hecho, ese discurso se ejerce más desde la coacción que desde la argumentación. Se te rechaza o se te denosta por albergar una postura diferente, y prácticamente se te castiga por ello.

Visto lo visto, cada vez estoy más convencido de que si nos interrogamos unos a otros sobre nuestros pareceres ya no es tanto para abrir nuestra perspectiva sino para blindar aún más nuestros posicionamientos. De hecho, desechamos a aquellos razonamientos que nos los cuestionan y evitamos abiertamente a quienes de antemano sabemos que piensan de forma diferente. Por ejemplo, los corrillos en mi trabajo se establecen entre quienes piensan igual y siempre de la misma manera. Unos se refuerzan a otros en posiciones cada vez más antagónicas, cada vez más irreconcilliables a fuerza de radicalizarlas, de asfixiarlas bajo un único punto de vista.

Esto ocurre también con frecuencia entre los políticos. Quienes en su origen fueron el paradigma de la dialéctica, ahora vienen a encarnar el ejemplo mas fragante de falta de miras, intolerancia y cerrazón mental. Me comentan varios amigos que son técnicos en administraciones públicas y que trabajan bajo su mando, que aquellos no buscan en su opinión profesional sino la confirmación de las tesis propias. Cuando los políticos deben consultarle algo a sus técnicos, deploran cualquier opinión que sea contraria a la suya. De hecho, los consideran auténticos enemigos si se les oponen con frecuencia, cayendo en el ridículo de no contemplar que al fin y al cabo la suya es la conclusión de un especialista y, por tanto, no se le puede exigir otra cosa que el hecho de que sea medianamente objetiva. En un país visceral donde carecemos de imparcialidad alguna en el terreno profesional, tendemos a interpretarlo todo como un desplante, y sospechamos que cualquier desacuerdo es fruto de antipatías o aversiones por negarnos a reconocer que nuestras opiniones a menudo son desacertadas, extravagantes o, al menos, discutibles o mejorables, cuando no auténticas locuras que también las hay.

Uno nunca debería interrogar a otro acerca de su opinión si no está dispuesto admitir que la de aquél pueda ser diferentes y hasta totalmente contraria a la propia. No se me ocurre a mí, al menos, preguntarle a nadie si es homófobo, racista o machista, porque no estoy dispuesto a admitir que se me responda afirmativamente en ese sentido; no todas las opiniones son buenas ni respetables, eso es un absurdo, las hay que atentan contra las libertades de otros o contra su dignidad, y por ello dejan de ser materia enjuiciable, están exentos de ser pareceres posibles. Ahora bien, cuando de opiniones propiamente dichas se trata, uno se encuentra en la obligación de contemplar las ajenas si sobre ellas se interroga, y de respetar las decisiones del otro al respecto si tiene competencias en ellas (un técnico las tiene sobre aquello sobre lo que se le interroga). Es lícito argumentar en contra de ellas e intentar la hazaña del convencimiento, pero no de amedrentarlo o vilipendiarlo por no compartir nuestras ideas.

En un mundo donde todo los llevamos al terreno personal, a menudo nuestros argumentos se fundamentan más en la coacción, en el reduccionismo o en la generalización que en un razonamiento coherente. El escritor Javier Marías, por ejemplo, lleva años siendo atacado por no ceder ante el lenguaje políticamente correcto basado en el binomio o/a, en el "todos y todas" y en el "chic@s". Se le ha denostado y marginado por ello, se le ha tachado de machista y se ha recurrido a ridiculizarlo señalando el absurdo de que un hombre moderno, racional e inteligente pueda pensar así. Aunque Marías ha argumentado a menudo la enjundia de su opinión, sus detractores han sido incapaces de participar en la dialéctica, sino que se han limitado insultarlo, menoscabarlo y a engordar las filas de quienes lo deploran por ello. Es sin lugar a dudas de una táctica coercitiva. ¿Acaso no tendrá el autor tanto derecho a su opinión como quienes esgrimen la contraria? ¿Quizás más aún teniendo en cuenta que, como dicen aquéllos, se trata de un hombre moderno, racional, coherente y todo un académico de la lengua, por no decir un escritor como la copa de un pino?

Tengo un amigo que a menudo me achaca que no pienso como un latino a pesar de serlo. Sostiene que mi forma de ser se acerca más a la nórdica o a la inglesa. De hecho, alguna vez se han puesto en entredicho mis opiniones argumentando que soy español y que, como tal, debería pasar a engordar el manido estereotipo idiosincrásico de quienes se inscriben esa nacionalidad. Yo me pregunto si no tendré aún más derecho a albergar mi propia opinión en esos casos en ques para forjarla he tenido que superar los prejuicios con los que fui criado. Creo que los pareceres más sólidos, los más genuinos, son aquellos que atentan directamente contra los prejuicios con los fuimos adoctrinados, debido al esfuerzo que por ello implica superarlos. Presupongo más auténtica la religiosidad de un muchacho criado en la democracia que la de un cura añejo de la época franquista, y me entusiasma más el meritorio feminismo de un anciano de aquel entonces que el belicismo estereotipado de las activistas de boquilla y pocas luces que dan caza a Javier Marías. No obstante, jamás consentiría en presionar o chantajear al cura o a las activistas para cambiar sus ideas, su opinión les pertenece, y si bien uno puede intentar convencerlos de lo contrario, no resulta justo amenazarlos de muerte o amedrentarlos para ello, que es el modo en que estilan a hacerlo muchos meapilas, hipócritas y farsantes de hoy día - puede que a veces hasta yo mismo-, que aunque preguntan por la opinión ajena no están dispuestos a admitir como respuesta sino la propia, un eco vacío de sus propias ideas.

www.daniel-bautista.com

Comentarios enviados

Diana: Muy interesante para reflexionar. Muchas gracias por compartirlo.

Ricardo Pérez: Un discurso bárbaro. Por un lado reconozco que me siento incapaz de discutir con gentes de las cuales sospecho que no han elaborado propiamente sus ideas y por lo tanto las defienden como a un totem mágico por absurdas que sean. Tampoco me siento capaz de discutir con gentes cuyas ideas, las que defienden con garras y dientes, no coinciden con las que piensan, es decir, hay una defensa malintencionada de unas ideas a sabiendas de que son falsas o erróneas. Con esto ya tenemos a dos terceras partes de la humanidad excluida de toda posibilidad de discusión. 
Por último, hay que tener mucho cuidado para no confundir una refutación con un ataque. No todos tenemos la capacidad de discutir pausada y serenamente.

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