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11 de septiembre de 2008

Rituales del poder

Por Sergio Hernández Hibrahím

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Cuando yo era chico (seis añitos no más) era obligado ir a misa, con el consiguiente aburrimiento. Y siempre me llamaba la atención la parafernalia que se exhibía a lo largo de todo el “acto”; así que, chiquito y todo, me interrogaba acerca de las extrañas conductas de la gente asistente: en pié, de rodillas, sentados, persignarse, amén, y tal. No lograba comprender cómo es que todo el mundo parecía tener claro el momento en que había de hacerse cada genuflexión, gesto o, simplemente, sentarse sin más. Miraba al “altar” y veía al cura deambular de un lado para otro, abrir los brazos, pasar las hojas de un libro grandote (siempre lo mismo) mientras musitaba latinazos, y la gente, con rostros contritos, hacía como que el asunto iba de veras, vamos, que la cosa parecía ir en serio. Los rituales, el “protocolo”, ese conjunto de normas impuestas por un uso constante [a veces en siglos y siglos]……era demasiado pequeño para comprender su origen y sus fines.

Mucho más tarde empecé a entender algo la cosa. Importantes tratadistas en psicología y psiquiatría han definido el TOC (trastorno obsesivo compulsivo): un conjunto de actos y pensamientos repetitivos, constantes, inevitables por obligados, dirigidos a erigir una muralla contra la angustia, en la conciencia [deformada] de que el “yo” nunca será destruido mientras se mantenga tal estrategia. Naturalmente, esto requiere el empleo de una ingente energía psicológica, incansable y agotadora.

Hace algún tiempo leí la obra “Juliano el apóstata”, creo que de “Gore Vidal”. Ahí se relata minuciosamente los complicados rituales derivados del protocolo en la corte de Constantino llamado “el grande”. Verdaderamente el poder político siempre ha utilizado con profusión esta reiteración constante de actos destinados a exteriorizar la grandeza de la persona destinataria, pero no sólo esto. Tal incansable repetición de palabras y actos debe tener importantes repercusiones en las propias personas que las realizan, es decir, que éstas no podrán evitar “interiorizar”, grabar a fuego, la magnificencia ante la que expresan su sumisión. Es algo parecido a lo que, supongo, ocurriría en el interior de las grandes catedrales góticas, en la Edad Media; hay que imaginar aquellos individuos, abrumados por la grandiosidad de las cúpulas, expresión de un poder sólido, inmarcesible, perpetuo, ante el que no cabe otra actitud que la sumisión.

Todavía hoy creo que se siguen usando el Gran Bretaña las pelucas y togas por los letrados y jueces de los tribunales. Naturalmente, éstos se sitúan en un estrado [elevado], expresión espacial de un poder cuasi omnímodo. Esto da una idea de “tradición” y “estabilidad” imposible de remover, además de exigir un respeto superior ante una “autoridad” incontestable.

¿Qué ocurriría si estos actos no se observaran? Al igual que en el TOC, detrás de las bambalinas se proyecta la sombra de la angustia. La tramoya de la constante repetición regresa hacia el emisor como un invisible bumerang, instalándose en su mente y convirtiéndose en un conjunto de “ideas” incrustadas en su ser: este es el aparato del único mundo posible, no existe alternativa al poder establecido.

Digámoslo con palabras del eminente psicólogo “Freud”: “El ceremonial neurótico consiste en pequeños manejos, adiciones, restricciones y arreglos puestos en práctica, siempre en la misma forma o con modificaciones regulares, en la ejecución de determinados actos de la vida cotidiana. Tales manejos nos producen la impresión de meras «formalidades» y nos parecen faltos de toda significación. Así aparecen también a los ojos del enfermo, el cual se muestra, sin embargo, incapaz de suspender su ejecución, pues toda infracción del ceremonial es castigada con una angustia intolerable que le obliga en el acto a rectificar y a desarrollarlo al pie de la letra”. “Sin embargo, precisamente esta diferencia decisiva entre el ceremonial neurótico y el ceremonial religioso desaparece en cuanto la técnica de investigación psicoanalítica nos facilita la comprensión de los actos obsesivos. Esta investigación desvanece por completo la apariencia de que los actos obsesivos son insensatos y absurdos y nos revela el fundamento de tal apariencia. Averiguamos que los actos obsesivos entrañan en sí y en todos sus detalles un sentido, se hallan al servicio de importantes intereses de la personalidad y dan expresión a vivencias cuyo efecto perdura en la misma y a pensamientos cargados de afectos”.

Algunas de las conclusiones de “Freud” son particularmente sugestivas: “De estas circunstancias hallaríamos también en los dominios de la vida religiosa lo que sigue: La génesis de la religión parece estar basada igualmente en la renuncia a determinados impulsos instintivos; mas no se trata, como en la neurosis, exclusivamente de componentes sexuales, sino de instintos egoístas, antisociales, aunque también éstos entrañen, por lo general, elementos sexuales”. “Por otra parte, el ceremonial representa la suma de las condiciones bajo las cuales resulta permitido algo distinto, aún no prohibido en absoluto, del mismo modo que la ceremonia nupcial de la Iglesia significa para el creyente el permiso del placer sexual, considerado, si no, como pecado”.

Sinceramente, estimo que estas interesantes especulaciones son trasladables, tal cual, al funcionamiento de cualquier institución política o social. En la película “El Gatopardo”, Fabrizio Corbera, principe de Salina, muestra una lucidez asombrosa cuando manifiesta: “Algo debe cambiar para que todo siga igual”. A esta finalidad sirven también los rituales sociales y políticos.

Los parámetros de estos rituales sociales y políticos (protocolos, usos arraigados y similares), están al servicio de la prohibición de cambios sociales profundos, conllevan una genuflexión ante el pasado, ante la “tradición”, y también la sumisión ante la “autoridad establecida”. Esto lo vemos en todas partes, en actos políticos, en las ceremonias oficiales, en los tribunales, en fin, en los actos “protocolarios” del poder.

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Comentarios enviados

Juan Francisco Santana Domíngu: Estimado compañero de blog: El mal ejercicio del poder y de la "autoridad establecida" han hecho que, a modo de tradición interesada, se adopten formas de sumisión, servilismo y silencio que sólo benefician a los que se afanan en hacer del ejercicio del poder una herencia vitalicia que acalle la verdad y la opinión diferenciada. Un saludo.

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