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04 de septiembre de 2008
Por Luis León Barreto
Copenhague es el punto final del periplo por el Báltico, el último de los seis puertos incluidos desde Helsinki. Esta es sin duda una de esas ciudades bien trazadas, eficientes, una de las capitales con mayor calidad de vida y por tanto con precios caros donde cualquier mediodía puede estallar una tormenta de verano con toda su trompetería. La Sirenita es su emblema, y como tal ha sufrido el vandalismo varias veces. Puerto de comerciantes o bahía de los mercaderes, eso es lo que significa su nombre. Un factor esencial en su desarrollo fue el comercio de pesca del arenque, que proporcionaba a los países del sur para ser consumido en la cuaresma. Hubo infinidad de peleas entre reyes y obispos por tener el control de la ciudad, la corona logró su objetivo de dominarla en 1416. Curiosamente, el almirante Nelson pretendió tomarla, sin éxito. Años después los ingleses la bombardearon para impedir la entrega de la flota a Napoleón. Hoy en día, tras la construcción del enorme puente de Oresund, Copenhague tiene un pie en Dinamarca y otro en Suecia. Es curioso que su célebre parque de atracciones, el Tívoli, fue construido en pleno centro, al lado del ayuntamiento, y no en las afueras. Tiene la primera calle peatonal de Europa, Stroget, con sus músicos, sus mimos, sus tiendas de rebajas, su animación.
Viajar en cruceros es una buena experiencia. Hay quienes defienden esta opción por comodidad, aquello de no tener que andar arrastrando maletas de un lugar para otro. Otros suelen quejarse porque las excursiones que te ofrecen son caras y de corta duración. También está la opción de subirse a las guaguas turísticas, el City Tour, sin duda más económicas. Y claro que cada cual se lo puede montar a su aire, ya que estas ciudades son buenas para ser vistas en paseos a pie. Hoy en día los barcos dedicados a estos menesteres tienen una gran estabilidad, son hoteles flotantes con mucha diversión a bordo. Casi todo el mundo viene en grupos, grupos de familiares, de amigos y conocidos que se sienten fortalecidos en el interior del grupo. El principal pero puede ser que el viajero vuelve a casa con varios kilos de más, tal es el ritmo y la frecuencia de las comidas, tan poco frecuentado el gimnasio de a bordo. Lo que sí parece claro es que los canarios nos hemos aficionado a los cruceros, y hoy en día es bastante frecuente encontrar a quienes los han disfrutado, sobre todo por el Mediterráneo: desde la Costa Azul a Túnez y Malta, con el eje central de Italia, Grecia y sus islas, Estambul como destino final. Nosotros vamos para allá y otros vienen para acá, pues también las islas han jugado históricamente un papel importante en este turismo, y lo siguen haciendo desde el tiempo de los pioneros británicos hasta ahora mismo. Los cruceros, ya digo, son tranquilos e instructivos. También pueden ser movidos o incitantes, según se lo monte cada cual. Y, a pesar de la crisis, la gente no está dispuesta a renunciar a un viaje, tan lejos como pueda.
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