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26 de agosto de 2008
Por Dunia Sánchez Padrón
El sol es abrasador, se entremezcla entre la duda y el misterio e incide con sus filigranas los cristales de las casas. En una de ellas se halla ella sentada, con su vestido negro y su rostro alba. Sus ojeras parecen desechar todo dolor incrustado en su pecho. Frente a ella hay una figura de mármol gris derruida.
Ella:
Mis pasos se pierden en una niebla incansable e informal que seduce la tristeza. Flores sin aroma y marchitas me besan, me acarician. El silencio es demoledor, es una travesía que me lleva lejos, muy lejos. Más allá de este mundo. La muerte con sus fosas de hiel toca a mi puerta y como agónica tempestad aniquila todos mis pasos. Ahora soy sueño eterno. Un sueño donde la lejanía y la tristeza se yerta como monte incendiado.
Figura:
¿Qué dices mujer? Tus sueños aun andan pisando firmes por esta tierra. Se que la herida impera en tu alma. Tu rostro de sal se descalza de manantiales y sin más decides apagarte.
Ella:
No muerte. Estoy sola. Estoy despedazada, aniquilada, eclipsada. Camino por un desierto donde todo quema y todo se endereza al son de la melancolía.
Figura:
No mujer. Anímate y camina. Ellos están contigo saciándose en un campo de nebulosas de donde brotarán de nuevo como almas del viento y la lluvia del amor, de ese dulce despertar para seguir andando por las veredas de la vida.
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