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25 de agosto de 2008

La broma

Por Sergio Hernández Hibrahím

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Este es el título de una pequeña novela, la primera del destacado autor checo Milan Kundera. Escrita en 1967, ya apuntaba su forma expresiva ágil y un brillante estilo, con esporádicas incursiones en la natural perversión que todos y todas llevamos dentro.

 El personaje central, Ludvik, militante de las juventudes del Partido Comunista en la universidad, tiene la ocurrencia de enviar una nota a una chica que deseaba ligar. Lo de menos es el contenido, una bobería, lo grave será el ¡viva Trotsky! con que la apostilla…… ¡Bah! Una broma inofensiva; sí, pero lentamente, con verdadera parsimonia, arranca un proceso dirigido a excretar del “partido” al cuerpo extraño llamado Ludvik, de modo que se ve expulsado de las juventudes, del partido y de la universidad misma.

 La novela ofrece al análisis muchos matices, pero a mí me interesa sobre todo uno: el proceso por el que un sistema político encartado en la tradición revolucionaria de izquierda, deviene en una dictadura policíaco-administrativa, que no concede el menor resquicio al disenso, no ya ideológico, sino incluso al que se limita a “matizar” una posición política.

La “tradición” del modelo stalinista se forjó sobre ciertas coordenadas, que llegaron a su culmen en el Gran Terror de 1937, persistiendo después. “Trotsky” fue la “bestia negra” de Stalin, hasta el punto de proclamar una condena a muerte que persiguió a aquél hasta su último refugio en Méjico. El modelo soviético fue trasplantado, tal cual, a los países denominados “democracias populares” (Hungría, Checoeslovaquia, Polonia, etc). El capitalismo de Estado se implantó sobre la base de un generalizado [y forzado] consenso entre las fuerzas vivas de los partidos comunistas del oriente europeo. Y esa obligada adhesión incluyó la condena sin paliativos de las presuntas posiciones políticas y de la figura misma, del lider ruso Leon Trotsky, virtual creador del Ejército Rojo.

Para la Lubianka (oficina de la policía política stalinista en Moscú) y sus respectivos “duplicados” en Europa oriental, hay cosas sobre las que es muy peligroso bromear. Y agradecido tuvo que quedar Ludvik, de que todo acabara en una simple condena al ostracismo, porque, por cuestiones similares…..¿Cuánta gente no se vio, veinte o treinta años antes, ante un pelotón de fusilamiento? Como diría cualquier viejo canario socarrón, “con las cosas de comer no se juega”.

 En 1970 el director Costa Gavras estrenó su film “La Confesión”, un magistral alegato contra el régimen policíaco-burocrático implantado en Checoeslovaquia a raíz del “golpe” de 1948, golpe hasta cierto punto innecesario, porque el Partido Comunista checoeslovaco tenía un gran prestigio y gozaba de gran aceptación y apoyo entre la clase obrera. Pero bueno, como Stalín decidió romper (1948) con la Liga Comunista yugoeslava [y sus ideas sobre la “autogestión”], emprendió, como tenía por costumbre, una auténtica caza de brujas por toda Europa, buscando “titistas” emboscados en todos los rincones y pasando la consigna al “partido hermano” checo y su dirigente máximo, Gottwald, quién no puso reparo alguno en calcar los criminales y desdichados métodos policíacos del stalinismo, lanzando a principios de la década de los cincuenta una durísima purga que destruyó [una vez más], a la flor y nata de la dirigencia, en este caso del partido checo.

 Ahí está todo: la angustia, el sufrimiento, la confusión de personas inocentes, las acusaciones infundadas, las torturas, los procesos amañados, las ejecuciones, que, curiosamente, afectó sobre todo a antiguos voluntarios checos que lucharon en España a brazo partido, a favor de la causa republicana; en fin, una auténtica paranoia, que años atrás barrió en la Unión Soviética a Bujarin, Zinoviev, Kámenev, Trotsky y tantos otros.

Es un hecho constatado y a las pruebas me remito, que las grandes esperanzas levantadas por la Revolución de Octubre llevaron pronto a una generalizada frustración histórica, con una clase obrera literalmente aplastada, a la vez que a la liquidación física de gran parte de los y las dirigentes que abanderaron una apuesta necesaria por el salto hacia una sociedad sin clases.

 Tal vez me estoy pasando, pero sostengo que, hasta que no ajustemos cuenta [teórica] con esa especie de “socialismo de Estado”, la gente de izquierda seguiremos soportando una dura herencia que seguirá lastrando toda vía de avance real al socialismo. En ese debate supongo que será preciso intentar distinguir entre los conceptos de “propiedad” y “posesión”, a la vez que es ineludible rescatar los valores de lo que alguna vez se llamó “democracia socialista”. Y esto es así porque parece claro que no basta con erradicar la propiedad privada sobre los medios de producción, sino que también es preciso interrogarse acerca de quién posee, de facto, estos medios. A la vista está que la clase obrera, que en la época clásica nada poseía, tampoco detentó ningún control real sobre la gestión y las vías de avance hacia una sociedad justa. Tal posesión estuvo en manos de los políticos “comunistas”, a través del control de los mecanismos del Estado. Véase, si no, el ejemplo ruso, hungaro o polaco, donde los actuales dirigentes, más o menos neoliberales (más bien más que menos), fueron en sus tiempos partícipes o hijos y nietos de los [y las] “camaradas del partido”.

 Lo que me trae a la memoria el ejemplo de la China Popular, la China de Mao. Hoy sigue existiendo la dictadura del Partido Comunista, ahora al servicio del la libertad del mercado (es un decir, con las consabidas represiones a la libertad de expresión, sindicación y demás florituras del capitalismo salvaje). Un partido que parece haberse despojado del contenido de las teorías socialistas, convirtiéndose en un cascarón vacío preñado hasta los topes de una ingente burocracia, cabe decir el poder desnudo, sin más.

Todavía recuerdo la famosa Revolución Cultural de los años sesenta, cuando se puso de moda la erradicación de la burocracia, aboliéndose en el partido todos los grados y distinciones honoríficas, quedándose cada cual como “simple camarada”. Pero, al poco tiempo, se empezó a imponer espontáneamente un sistema insólito de distinciones: si llevas un simple lápiz en el bolsillo de la pechera de la chaqueta eres un mero peón (camarada, eso sí) de base; si llevas un lápiz y un bolígrafo, estamos ante un [camarada] cuadro medio del partido; si llevas lápiz, bolígrafo y pluma estilográfica, ¡ah aaaamigo!, estás ante un [camarada] jefe de tal o cual área política o administrativa.

Dicho de otro modo: lanzas la burocracia a patadas por la puerta y vuelves a introducirla sutilmente por la ventana. Parece claro que es imposible combatir la "deformación" político-administrativa-policíaca empleando métodos de esa misma naturaleza, porque los resultados a la vista están.

Dicho sea con todo respeto para las víctimas, ¡esta sí es una pesada y horrible broma de la Historia!

El socialismo [y el comunismo] no es “el capitalismo vuelto del revés” (con sus terribles secuelas de dictaduras y policías a todo pasto) sino un salto cualitativo que debe reconocerse, en su talante y en sus métodos, como el principio del fin de la prehistoria, tal y como Marx dejó dicho.

Porque, para ese otro viaje, no hacen faltas alforjas.

Para que usted vea.

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