Inicio > Blogs > Atlántico Insumiso > En la muerte del poeta Antonio García Ysábal

17 de agosto de 2008
Por Luis León Barreto
Llevaba años apartado de casi todo, y al final fue eso que denominamos una cruel y rápida enfermedad la que acabó ayer sábado en Madrid con la vida de Antonio García Ysábal, poeta canario aunque nacido en Barcelona en 1939, y padre de la escritora Verónica García. Sus largos periodos en Suráfrica y su interés por la poesía oral del vecino continente le confirieron un carácter diferencial dentro de las letras insulares. Diplomado en Literaturas Africanas por la Universidad de El Cabo, su obra incluye 40 títulos entre los propiamente poéticos y los ensayísticos. Comenzó a publicar en 1962, y fue animador de colecciones e impulsor de antologías. En los años 80 y en los 90 dio a conocer títulos notables como Laberinto insular, Salmos de la penumbra, Sarah o Kryptos. Desde que en 1965 aparecieron sus Leyendas africanas y su Poesía tradicional africana hasta el Cancionero general africano se alzó como un especialista ejemplar, quizá para remediar la falta de investigación sobre la variante africana de la identidad canaria, como él decía la pata perdida de nuestras raíces. Buscando raíces comunes, cuando transcribía canciones de un poeta anónimo de Sudán se preguntaba si a través de ellas no percibimos el rumor de las endechas aborígenes de Gran Canaria o El Hierro. En los últimos años andaba empeñado en un proyecto editorial denominado Cuadernos del medio siglo, donde recuperó textos de juventud sobre lo que él llamaba “el laberinto insular”.
“Creo en la esencia inmutable, en la atemporalidad de la poesía; rechazo las modas, lo que se considera actual y oportuno, que no altera mi reconocimiento a los ismos.” Así pensaba este poeta que vivió sus últimos años en Madrid, desde donde se proponía regresar al espacio mítico de la infancia y la adolescencia, aunque en su poema La salida preconizaba justamente lo contrario: “No debería volver la vista atrás, ni desandar / la insólita agonía desviviendo / mi largo cautiverio.” En sus primeras lecturas figuraban Bécquer, Cairasco de Figueroa y Lord Byron. En Mirador del cautivo, citando a Viana, se eleva como un testigo de la noche, la “brisa visible del océano.” Citaba a Juan Manuel Trujillo cuando afirmaba que Canarias se ignora, e ignora que se ignora, y se afirmaba en su papel de hombre alerta en su atalaya, con el oído en el agua y en la arena, indagando el misterio del ser insular, escarbando en el magma del subsuelo volcánico y dejándose atrapar por el hervidero del mar. En la colección La Caja Literaria, de Cajacanarias, saldrán próximamente nuevos textos que de alguna manera vendrán a ser el testamento literario de este autor que si bien estaba últimamente apartado de la vida pública fue una de las voces trascendentales de la generación del medio siglo. García Ysábal aportó una voz diferenciada, la visión de un poeta ensimismado y hondo, que no se dejaba guiar por tendencias del momento sino por las motivaciones más hondas de la indagación poética. “Alzo mi cuerpo y mi alma acuchillados / por el amor, el desamor, / la vida. / Pero antes, con la túnica antigua, nos vamos a lanzar / en el océano, a lavar tanta herrumbre, / en la arena dorada y el agua / transparente, / sin exculparnos nada, y que se seque al sol / como un jurel, junto a la orilla quieta”, decía para posicionarse sobre la melancolía y el paso del tiempo. La obra de García Ysábal ha sido estudiada por diversos especialistas, entre ellos por la catedrática Yolanda Arencibia.Carta abierta a un ex comunista o requiem por Augusto Hidalgo
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