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08 de agosto de 2008
Por Alexis Ravelo
Lo mío no es del deporte. Me muevo torpemente y me aburro como un vegetariano en una churrasquería cuando alguien me hace asistir a un evento deportivo. Pero, ahora mismo, en la televisión (que he apagado hace un rato) miles de personas participan en los fastos de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.
En los últimos días, varias reacciones me han llamado la atención: el COI ha tragado con las restricciones en materia de libertad informativa y de expresión impuestas por el gobierno chino, varios líderes mundiales han manifestado que no boicotearán los juegos porque ello supondría ofender al pueblo chino, e incluso he escuchado a varios deportistas de élite decir aquello de que “ellos no se meten en política” (afirmación que hubiera encantado, según la popular anécdota, a cierto fresco general procedente del norte que durante cuarenta años reinó en España). Pienso en otra ceremonia olímpica de inauguración de hace unos setenta años. Aquella también fue el no va más del espectáculo, movió a grandes masas de gente y fue plasmada en imágenes cinematográficas (creo que por primera vez en la historia de las olimpiadas modernas) por Leni Riefenstahl. Me refiero, por supuesto, a Berlín, y al año 1936. La ceremonia de hoy me ha recordado poderosamente a lo que he visto y sé de esa otra olimpiada, porque esos juegos suponían, como éstos, el escaparate falaz de un gobierno que no respetaba los derechos humanos. Y, como éstos, no fueron boicoteados para no infligir una supuesta ofensa al pueblo alemán. En aquella época, el régimen nazi despertaba (aunque ahora se tienda a olvidarlo) las simpatías de los sectores conservadores no ya de España o Italia, sino de países como Gran Bretaña o Estados Unidos. También allí se soslayó el corte totalitarista del gobierno del país en pro de un supuesto espíritu deportivo. Pero el caso es que la tolerancia tiene sus límites, por poco que guste a quienes se frotan las manos pensando en las relaciones comerciales con el gobierno chino. Y esos límites no son otros que las actitudes de los intolerantes.
En aquellas olimpiadas de Berlín, hubo dos hombres que ridiculizaron al régimen nazi. Dos atletas negros: John Woodruff y Jesse Owens. Hoy son héroes históricos. En aquel momento, no eran más que dos niggers naturales de un país donde las leyes de segregación racial estuvieron vigentes hasta los años cincuenta.
Ahora mismo todo el mundo está mirando al techo y silbando en torno a estas olimpiadas de Beijing (Pekín para los amigos) en uno de los países que más sentencias de muerte ejecuta al año y donde hay periodistas en prisión por disentir del gobierno (gracias a los chivatazos de Yahoo, por cierto, amigos cibernautas), para poner sólo dos ejemplos de violaciones de los derechos humanos. Que yo sepa, además de los activistas a favor del Tibet (expulsados y reprimidos por el gobierno chino, ninguneados por los demás gobiernos), la única persona que se ha enfrentado a cara abierta contra el régimen es una judoka alemana, oro en Atenas en la modalidad de 57 kg. Femenino, llamada Yvonne Boenisch, quien ha declarado que saldrá al tatami con un brazalete a favor del Tibet.
Creo que su comportamiento, como el de, por ejemplo, Woodruff, enorgullece a quienes pensamos que a la intolerancia hay que interponer siempre el rechazo, es un ejemplo para aquellos que pueden llegar a dejarse por lo que Susan Sontag llamaba la “fascinación del fascismo” y debería hacer que quienes ponen como excusa el respeto al pueblo chino cuando en realidad lo que no quieren es ofender a sus socios comerciales (potenciales o actuales) sintieran cómo sus rostros se llenan de vergüenza.
Yo, por mi parte, he apagado la tele. ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer?
Juan Francisco Santana Domíngu: Yo también he optado por apagar la televisión. Por arriba del deporte está el derecho a la vida, a la libertad de expresión, el respeto a la opinión diferenciada y me uno a ti en el aplauso a la atleta Yvonne Boenisch, que espero y deseo que no se silencie lo que un ser humano íntegro debe expresar: el rechazo a la opresión, a la no ingerencia, al miedo impuesto, a las condenas a muerte y un canto a la libertad. Es una oportunidad única para protestar contra todo tipo de restricciones contra la democracia. Sin olvidarnos de otros países que se empeñan en ser abanderados del interés especulatico y económico, obviando el respeto y el apoyo a millones de seres humanos que malviven en la pobreza más absoluta.
Maldini: Yo practicaría deporte a diario si me lo permitiera mi religión y, además, siempre que voy de camino a apuntarme en el gimnasio, no sé que mala suerte tengo que me topo de frente con una librería y ya estoy perdido.
Menos mal que Yahoo aqui permite que cualquiera pueda opinar. Por otro lado, que lástima que algunos no apaguen el iinternet antes da abrir sus bocazas.
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