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21 de julio de 2008
Por Rosario Valcárcel
El pasado viernes, día 18 en el Salón Atlántida del Hotel Neptuno de Playa del Inglés, Irene Romero nos mostró su primera exposición de pintura, al mismo tiempo que su hermana Andrea al piano interpretaba piezas clásicas y nos envolvía en la música, en la emoción.
Día a día somos espectadores de una realidad plástica que nos rodea. Momentos, cosas que pasan, sombras en movimiento o en reposo, instantes que toman la forma de símbolos, de recuerdos, de sueños que no podemos retener. Escenarios que nos miran que nos hablan como las arenas manchadas de César Manrique o los paisajes de nuestro grancanario Oramas que tan sólo con veintitrés años logró vencer el paso del tiempo.
Hoy Irene Romero nos presenta una muestra muy variada, que brota de la naturaleza, que la encuentra dentro de sí y la explora mientras estudia la carrera de Bellas Artes en la Complutense de Madrid. Resulta una sucesión de flashes que atraviesan la sala, por eso la he llamado “Destellos”.
A pesar de ser muy joven, es curiosa, observadora y le gusta interrogar el entorno, el otro lado del horizonte, la existencia cotidiana, por eso mira por la ventana de su Universidad y desde allí contempla paisajes urbanos de Madrid, paisajes que flotan a lo lejos. Descubre caseríos como el de Albarracín en Teruel con su arquitectura pura y compone el cuadro con un acertado sentido del color.
Busca paisajes atractivos de una belleza afinada, serena o ardiente y se deja llevar por ese cielo rojo de Madrid que actúa como un carbón encendido, igual que el rugido de un volcán, el cráter que nos apellida.
Y se deja mecer por el desnudo, por la brisa de la isla. Nos regala las dulces formas de Vegueta, la luz de una farola, su musicalidad, el símbolo de su memoria.
La obra que hoy nos muestra Irene Romero creo que representa momentos vividos y momentos por vivir porque ella está en la etapa de buscarse a sí misma, de adentrarse por caminos diferentes, de desgranar sus emociones.
Reflexiona sus instantes en su tensión gestual, en sus acontecimientos alegres y tristes, nos muestra la “Tensión Azul” como “La calma”. Manos que cuentan una historia que poseen un toque existencial.
Y sale a la calle con los ojos abiertos para plasmar la vida cotidiana, su quietud, sus diálogos leves, como el titulado Puerto de la Luz que apresa una escena portuaria aparentemente sencilla, donde lo real son unos barcos anclados en nuestro Puerto, barcos que ella los ha sabido recrear con ese halo mágico de la calima, con ese mar de reflejos y brillos, con barcos que parecen de juguetes y que a mí me hizo recordar el poema que Tomás Morales le dedicó también al Puerto de la Luz:
Rinde un pequeño homenaje a la historia, al Retiro de Madrid, a sus paisajes interiores, a la sensibilidad que le despierta su familia que tanto quiere. Los recuerdos, así capta en blanco y negro, a carboncillo “El patio de mi abuela Inés” con imágenes muy representativas de la época.
Irene Romero Robredo se ha atrevido a mostrar sus primeras obras, sus juegos de agua trenzada, sus nubes que se alejan y que vuelven. El azul radiante, el verde de los montes altísimos y el paisaje en blanco y negro porque sabe que su obra es creíble, que sugiere, que tiene poesía.
Ahora se propone trasladarse a Groninguen, a Holanda, quizás para perfeccionar los sonidos, los olores los paisajes de la naturaleza, de allá o de acá.
Yo estoy segura que sabrá descubrir el secreto, la dimensión de su capacidad pictórica, esa capacidad de convicción de lirismo que ya posee. Muchas felicidades.
Juan Francisco Santana Domíngu: Hace tiempo que no teníamos el placer de leer algo tuyo y lo acogemos con alegría. Como siempre, muy comprometida con los demás y, en este caso, presentándonos a una nueva artista plástica, Irene Romero. Nos cuentas como se asoma a las ventanas de la Universidad, en Madrid, para captar el entorno y luego pintar y me recordó a una persona, un gran pintor que tú citas, Jorge Oramas, cuya obra se realizó, en gran medida, mirando a través de una ventana, debido a su enfermedad, y reflejando, de forma magistral, aquellas vistas en sus hermosas y delicadas vistas. Una de nuestras grandes pintoras, Pino Ojeda, también se trasladó al Norte y surgieron así muchas de sus grandes producciones. Gracias por mostrarnos a una de nuestras jóvenes valores y a Irene desearle todos los éxitos. Un fortísimo abrazo.
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