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02 de julio de 2008
Por Juan Francisco Santana Dominguez
Después de varias semanas en las que poco he dormido, debido a que debía presentar en imprenta un trabajo de próxima publicación y también con el final de curso y los consiguientes exámenes, no he tenido tiempo material para compartir con ustedes este espacio de encuentro, tan grato para el que escribe. Les diré que, para cambiar esta rutina, ayer estuve en una tienda de antigüedades, de las pocas que tenemos y disfrutamos en nuestra Isla. No sólo me sirvió de relax y de volver a estar entre objetos que tienen mucho que decir, que han cumplido una función muy importante para personas que ya han tenido que partir y que de nuevo se ofrecen a otras para que sigan disfrutando de ellas. Una serie de esculturas chinas, del siglo XVII, podían ser admiradas por quién pudiera pasar por ese espacio lleno de arte y belleza, unos muebles que con sólo mirarlos te ponías a reflexionar sobre los momentos en que desempeñaron su función, de gran acabado, totalmente a mano, con unos trabajos de elaboración que se asemejaban a los resultados de grandes escultores, vaya mi homenaje a nuestro insigne escultor Juan Jaén, fallecido recientemente en Venezuela, y también me encontré, ¡qué gozada!, con magníficos libros del siglo XIX.
Se podrán suponer que algunas de aquellas piezas me invitaron a que disfrutara de su cercanía, acariciar sus lomos repujados, su escritura y sus modos de ver y pensar de otros espacios temporales, su olor característico…me vi en otra dimensión, en otro entorno y momento: la magia del túnel del tiempo, vestidos y situaciones diferentes. Anoche comencé a leer un ejemplar realmente curioso, muy bien conservado, y me uní al anterior lector y me sorprendí, al igual que él, ya con sus primeras páginas. Se titula Las civilizaciones desconocidas y su autor Oscar Comettant. Se publicó en el año 1869 y mi primera gran sorpresa es que el título me transportaba a civilizaciones y culturas que mi mente ubicaba en lugares muy diferentes al primer caso que se trataba. Así comienza el libro: “Apenas hay sino un solo país en el mundo a donde las leyes permitan al Ser Supremo manifestarse a los hombres por la voz de los profetas: los Estados Unidos son ese país…” La primera historia se desarrolla en ese lugar y el protagonista es José Smith, el fundador del mormonismo, perseguido por los contrarios a sus ideas y asesinado por su defensa de las mismas. Este hombre se dedicó a estudiar las diversas religiones para ver con cuál de ellas lograría su salvación ya que a todos los predicadores que escuchaba lanzaban el mensaje que sólo se salvarían con la práctica de la religión que cada uno defendía y con las demás no lograrían entrar en el paraíso. ¡Qué dilema! todo se solucionó cuando dos jóvenes, sonrientes y bellísimos ángeles le trajeron noticias de Dios y la posibilidad de fundar una nueva religión. En 1822 vio por primera vez, en su humilde cuarto, a un ser luminoso, muy brillante, lleno de bondad e inocencia que hacía que te olvidaras de todo temor. Se preguntarán por qué escribo sobre los mormones y su iglesia de los Santos de los últimos días y la respuesta es sencilla, simplemente, que encontré la respuesta a algo que desde hace mucho tiempo me venía preguntando, no porque me interese la religión y sí porque me interesa todo lo que esté relacionado con el comportamiento.
Siempre observaba como dos jóvenes, siempre rubios, siempre dos, se desplazaban por nuestras calles, predicaban con sus libros en las manos. El hecho de que se desplazaran siempre por parejas hizo que me preguntara la razón y anoche leyendo este libro, que también contiene otros temas que nada tienen que ver con la religión y sí mucho con antropología e historia, como son noticias de la mitad del siglo XIX sobre lugares tan interesantes como Haití, Vancouver, Islas Sandwich o Japón, por fin, creo que encontré la respuesta. Al personaje fundador de los mormones, José Smith, se le aparecieron la primera vez dos hermosos ángeles y así continúan poniendo en práctica aquellas bellas apariciones. Aquellos dos ángeles se siguen apareciendo a algunas personas deseosas de encontrar otros tipos de respuesta, totalmente diferente a las respuestas de la racionalidad, entendida ésta, como el intentar explicar todo lo que ocurre teniendo en cuenta las leyes de la naturaleza y la riqueza de la diversidad del ser humano.
calderin: Gracias Maestro es gratificante volver a tenerlo a Usted en activo,en este Blog,uno siempre disfruta con la lectura,pero puedo decir que se disfruta mas cuando a quien lees,lo conoces como ser humano,y ademas te honrra con su amistad y compartes con el afinidades,ideas y afectos,Gracias y no me tengas tanto tiempo sin tus escritos.Uno que te admira aunque te parezca una cursileria.
Juan Francisco Santana Domíngu: Simplemente, mi querido amigo Calderín, gracias por leer mis artículos, por tu bonita amistad, por los ánimos, por la posibilidad que nos brinda este medio, de conocernos cada día un poquito más. No es una cursilería, para mí es un ejercicio de sano orgullo. Un fortísimo abrazo.
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