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24 de mayo de 2006
Por Ana Criado
El viernes 19 de mayo de 2006 se presentaba en las bodegas “El Lomo” de la villa de Tegueste, en Tenerife, el libro “Señorita Quince y otras quince historias” de Ernesto García Cejas, editado por Baile del Sol.
Ernesto García Cejas es el humanista más changa que conocerse pueda, el poeta universal más bajamarero, la enciclopedia andante que más se patea Las Cañadas del Teide, el artista más autodidacta, el traductor más lírico, el humorista más sobrio, y de su genio y poderío creativo puede esperarse cualquier cosa. Como que bucee en su imaginario en busca de relatos sueltos y los engaste como perlas barrocas en un libro.
Ignoro si la foto que aparece coronando el título habrá sido elección del propio autor, pero en todo caso es evocadora de lo que puede encontrar el lector que traspase el umbral de la portada. Es una foto austera como lo son las fachadas de las casas terreras, aunque en este caso quizá se trate de una casa de pueblo costero, una casa bajamarera para más señas. Pero por esa puerta entreabierta pintada de azul añil se puede acceder a universos próximos, domésticos, primarios, o por el contrario insondables, peregrinos y exóticos, como los mundos del propio autor. En esos mundos conviven volubles e hipocondríacos monstruos submarinos con alumnos de Enseñanza Secundaria, se mezclan los bebedizos de taumaturgos y nigromantes medievales con el whisky y el mezcal del cuadrilátero lagunero, cohabitan los pensadores basilonistas con los fotógrafos apasionados, coexisten lo esencial y lo platónico con las trampas estilísticas, se entrecruzan las digresiones eruditas y los latinajos con la carcajada contenida. Porque, como decía Gorki de Anton Chejov, Ernesto García es “capaz de revelar el humor trágico presente en el tenue mar de la banalidad.”
Pero ¿qué encontraremos tras esa misteriosa puerta de entrada a este libro? Pues nada más y nada menos que un ramillete de relatos que en realidad son una antología poética, que es un tratado de metafísica, que a su vez es un ensayo de antropología, que luego resulta ser un prontuario surrealista de chistes contados con cara de póker. Encontraremos historias en las que, aparentemente, no sucede nada remoto, nada que nos sea ajeno, por la economía de medios empleados por el autor, pero que conforman un cosmos personalísimo: no hay crímenes truculentos, aunque sí algún que otro asesino; no hay espías ni ladrones, aunque sí soplos y detenciones; no hay cuentos de terror, aunque sí milagros y aparecidos; no son relatos de ciencia ficción, aunque se tropiece uno con naves viajando por el hipertiempo y con fenómenos parapsicológicos; tampoco hay romances ni historias de amor explícitas, aunque sí pasiones secretas, separaciones desgarradoras y un happy-end anunciado.
¿Qué son pues, cómo son esos cuentos que nos brinda Ernesto García? ¿Son fábulas populares, como lo eran en su origen, en los tiempos de la tradición oral? Sí, alguno hay que enlaza con lo más atávico. Pero también encontraremos en este libro leyendas urbanas. ¿Son acaso parábolas o proverbios? Quizá. O quizá no lo sean, pues no quedan nunca inconclusos, nos brindan siempre el placer de una conclusión sorprendente o satisfactoria. ¿Qué son entonces? El escritor irlandés Frank O’Connor decía que el cuento es el género más apto para tratar de los seres solitarios, en particular de los situados al margen de la sociedad. Y esta definición del cuento podría aplicarse a la narrativa de Ernesto García Cejas, o al menos a varios de los relatos reunidos en este volumen.
Algunos de los cuentos de este libro son modelos de concisión, lo más contado con los mínimos recursos. Otros por el contrario son divagaciones surreales, juegos con el lector, imposturas que llevan de la risa al asombro, por la prolijidad de conocimientos enciclopédicos, los datos contradictorios, las trampas estilísticas y las rupturas formales: una especie de logorrea sabia que linda con la escritura automática. Hay estampas de La Laguna, la de antes (“vieja, sombría, áspera, húmeda, telúrica, fatal”) y la de ahora (en la que se liga, o no). Hay, como no podía ser de otra manera, cuentos protagonizados por profesores y alumnos, en los que puede suceder de todo: desde que una jovencita (la Señorita Quince del título) le pregunte a bocajarro a su preceptor, delante de sus condiscípulas, si está enamorado de ella (que sí lo está), hasta que los alumnos viajen en el hipertiempo a bordo de una nave intergaláctica, o que, en virtud de un inexplicado suceso, los estudiantes de un Instituto de Secundaria accedan sin esfuerzo al saber absoluto, para asombro e incredulidad de propios y extraños, y hasta de la Inspección educativa. Hay además diálogos socráticos sobre la subjetividad en la percepción de la sustancia y la perfección, sobre la fotografía como representación de esas realidades, o sobre el conocimiento y la belleza…… (femenina, por supuesto, pues el autor se confiesa abiertamente enamorado “de l’éternel féminin”)… En definitiva, hay emoción, hay risa, hay lírica y hay vida, pues los cuentos de Ernesto se sitúan “en el punto exquisito en donde acaba la poesía y empieza la realidad”, por decirlo con palabras de Henry James.
No podría concluir esta presentación sin referirme a la forma de contar de Ernesto García, al estilo que impregna sus relatos. La riqueza léxica, la exuberancia, la elegancia de las descripciones, el caudal de datos, el ritmo frenético, el fraseo ágil, a pesar de los periodos larguísimos y la complejidad de algunas oraciones, el cruzado mágico de subordinadas e incisas, las frases truncadas o elípticas, conducen al lector a través de un laberinto por el que no le importa perderse. Parece muy fácil escribir así, como quien habla, al hilo de las ocurrencias, hilvanando unas ideas con otras a medida que surgen. Sin embargo, es muy difícil. Quien lo haya intentado, sabe que no hay nada más elaborado y trabajoso que simular naturalidad y desenvoltura. Pero de Ernesto García el descomedimiento narrativo parece manar sin esfuerzo. Con su forma de contar, el autor interpela al lector, lo introduce en la historia, y lo hace testigo o partícipe de sus experiencias. Y, además, lo instruye. En los relatos de Ernesto García, las citas de San Juan de la Cruz alternan con los giros familiares o coloquiales, los latinismos se llevan bien con los canarismos… y los lajas a los que se les va la mano con la pistola tienen la misma carta de naturaleza que los ascetas budistas que han olvidado las ilusiones kármicas.
Tal vez sea porque lo que distingue a Ernesto García Cejas es una gran capacidad de penetración de la naturaleza humana. Glosando a Harold Bloom, de él se podría decir que es un autor “altamente shakespeariano, en el sentido de que se abstiene de formular juicios morales”. O tal vez sea porque, como sucedía con los héroes de Shakespeare, el autor y sus personajes son ermitaños que se han formado una opinión sobre los asuntos del mundo, o monjes de clausura capaces de predecir el curso de las pasiones. En todo caso, si con frecuencia leemos en busca de una mente más original que la nuestra, las historias de Ernesto no nos dejarán indiferentes.
Las muertes de los cayucos, una catástrofe humanitaria.
José Castellano Arencibia
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