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05 de junio de 2008
Por Rosario Valcárcel
Iba tocando mi flauta
Desde hoy día 5 hasta el día 27 se presenta en el Real Club Victoria de Las Palmas de Gran Canaria una nueva exposición pictórica de Ángel Gustavo.
Al principio de Noviembre nuestro pintor nos sorprendió con una obra diferente a lo que nos tenía acostumbrados, presentó en el Hotel Neptuno en la Playa del Inglés motivos poco frecuentes en su pintura: Bodegones. En aquella ocasión lo titulé “La emoción del recuerdo” Y decía:
-que en esta etapa Ángel Gustavo supera la preocupación del mensaje, se hace más poeta, se carga de sentimientos. Él lo sabe muy bien cuando pinta esta temática bucólica-hogareña que eleva a arte. Cuando pinta calabazas, naranjas o cebollas que me hicieron recordar a Miguel Hernández y a su poema de la cebolla.
No es que Ángel Gustavo haya abandonado sus grandes formatos donde ha tocado las vanguardias del surrealismo, expresionismo, neoimpresionismo. Y sobre todo sus desnudos de mujer. No, el pintor deseaba conciliar las dos líneas por las que más se deja influir. La magia de la mujer y el canto pastoril. La poesía.
Por eso cuando pinta a sus mujeres juega con los símbolos y los mitos que acompañan a una dama, se deja seducir por su sensualidad, por el intimismo, por su belleza. Y nos la ofrece desnudas, espléndidas, libres o encadenadas. Igual que ángeles encerradas en burbujas, en pompas de jabón. Volátiles.
Tal vez las manipula con un halo de perversidad.
No sé, la realidad es que son creaciones basadas en un discurso, en hechos sociales, en una reflexión que tan bien lo explica su musa, Mariló.
En la segunda parte yo decía que al igual que Machado ya de adulto. Gustavo vuelve al patio de su niñez, a las huertas.
Ahora despierta la Naturaleza y nos envuelve en un césped de hojas blancas, te invita a cerrar los ojos, a oler su perfume, a caminar por su piel, por sus hierbas donde temblaban margaritas como decía Oscar Wilde en el retrato de Dorian Gray.
Y convierte su lienzo en una planta medicinal, una planta de poder que esconde el ungüento sagrado de los dioses en un dibujo perfecto.
Conjuga el arte y la técnica y demuestra su dominio del trazo, de lo cromático en sus bodegones, gozosos, espléndidos que plasma casi de una forma cinematográfica, con una paleta perfecta rica en sensaciones.
Aderezado de un encantamiento hace malabarismo. Voltea sus girasoles, naranjas, serpientes, copas, una mano tibia. Las mantiene en equilibrio y consigue atraparnos, creer que flotan, que están a punto de deslizarse, escaparse, pero no las deja caer.
Ha realizado exposiciones en España y Bélgica, Alemania y Argentina. Es un gran dibujante y como decía Baudelaire ha conseguido que en el color encontremos la armonía, la melodía y el contrapunto.
Las muertes de los cayucos, una catástrofe humanitaria.
José Castellano Arencibia
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