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19 de mayo de 2008
Por Juan Francisco Santana Dominguez
Descansaba después de una larga jornada de trabajo y en la quietud, de repente, se escuchó un ruido ensordecedor. Pude contemplar como a mi alrededor todo se venía abajo y de repente la oscuridad. Me desesperé, lloré, grité, llamé a mis seres queridos, que se encontraban en la habitación contigua. No obtuve respuesta. Me pareció que las estancias colindantes ya no estaban en su lugar. Todo cambió. Pensé que era el final, que todo había acabado pero en el fondo de mi mente una idea, un deseo de supervivencia hizo que me aferrara a la vida para poder encontrarme de nuevo con mi familia.
No podía moverme por el temor de que las paredes que se encontraban sobre mí se me vinieran encima. Al comienzo sentí muchísimo miedo e intenté rezar, pensar en los momentos difíciles que había tenido que afrontar hasta ahora y la forma en que los había afrontado. Me vino a mi mente una imagen que en nada se parecía a lo que tenía a mi alrededor. Un lugar lleno de luz, lleno de árboles frutales, lleno de esperanza.
Todo el remanso de paz se convirtió en desolación y silencio, un laberinto sin salida, la falta de luz y de aire me hacían más indefenso. Escuchaba gritos, lamentos y luego silencio, mucho silencio. El tiempo se hacía interminable y no sentía las piernas. Con mucha dificultad podía tocar mi cintura oprimida, atascada bajo los escombros. Es imposible el movimiento, siento que la sed y el hambre comienzan a hacer mella en mí. ¿Dónde están mis hijos, mi esposa? ¿Qué les habrá sucedido? ¿Estarán a salvo? Posiblemente.
A mi alrededor todo se empieza a mover de nuevo. ¡Quizá sean personas que vienen a ayudarme! Se oyen ruidos, lejanos indicios de vida. Se acercan a ayudarme. El sonido cesa. Comienza a moverse lo que me aprieta. Llegan…
Luis León Barreto: secuencia estremecedora a la luz de los últimos desastres, el terremoto de China y otras desgracias
Agustín Mora: Angustiosa descripción, Juan Francisco, de lo que puede significar ser víctima de una catástrofe ¿natural? No puedo imaginar siquiera lo que debe ser sufrirlo realmente. No entiendo como los gobiernos, los estados, quien sea... no adoptan medidas preventivas ante estos fenómenos cada vez más frecuentes.
Por cierto en Canarias estamos en un más que cierto riesgo de que algo así pueda suceder. ¿Esperarán a que se desate la tragedia para tomar esas medidas preventivas?
Un fuerte abrazo.
Las muertes de los cayucos, una catástrofe humanitaria.
José Castellano Arencibia
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