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14 de mayo de 2008

Viejas lecturas y fantasías

Por Juan Francisco Santana Dominguez

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            Me hablaron aquellos personajes, siendo yo niño, y me ofrecieron jugar con ellos y, de forma evidente, la curiosidad infantil se hizo una aventura, que aun hoy perdura en mi mente. Jugamos al escondite, ellas y ellos se ocultaban, detrás de las líneas, detrás de las otras letras y yo, sin apenas darme cuenta, me atrevía a cruzar de la realidad al mundo de unos seres, o no eran seres, que me brindaban la oportunidad de descubrir otras verdades, otras formas de pensar y actuar. Me metí entre palabras, entre las frases, entre las líneas del texto, me oculté tras ellas, me aventuré a leer otras líneas, que no estaban a la vista pero que eran más interesantes porque había que darles una interpretación. Se trataba de ver algo donde parecía no haber nada. Me encontraba desorientado pero no había forma de que abandonara aquel apasionante estado de libertad, de entretenimiento que me llevaba a vivenciar e interpretar, de otra manera, mi sencillo existir, mi forma de ver la realidad y la irrealidad. Se trataba de la búsqueda de lo que realmente era lo contrario a lo que estabas percibiendo, a lo que estabas leyendo, era entender las cosas de otra manera. Estaba confuso, me obligaban a pensar, a reflexionar, a sacar conclusiones, a poner en duda muchas cuestiones, a encontrar salida a los problemas del día a día.
            Me arrastraban, me incitaban a perderme entre tanto saber, entre tanto pensar, entre tantos y tantos libros, cuentos, juegos, aventuras y desventuras, formas diferentes de afrontar una realidad. Me decían que la solución era lo blanco y de repente, otros signos, me decían que la respuesta estaba en lo negro. Tuve que pararme y pensar que es lo que querían decirme y me costó muchísimo comprender que la respuesta no tenía que ser una sola, la que otros te incitaran a elegir y por el contrario la respuesta podía ser muy variada, según diferentes puntos de vista y no simplemente lo que estaba escrito. Estaba obligado a deducir la respuesta  que me ofreciera la salida del laberinto y, sorprendentemente, cada solución era viable y podía abandonar aquel estado, aquella realidad y, curioso, volvía a entrar en la página que no tenía numeración.  Entre la 26 y la 27 existía otra página, que no estaba a la vista, que me llevaba a una situación diferente, más creativa, a leer entre líneas, a saber encontrar las respuestas en otra dimensión, en otro estado mental que en nada se parecía a lo que estaba acostumbrado: lo fácil y guiado, la compañía, la mano que siempre me protegía. Lo que me decían aquellos personajes, en ocasiones, o las letras y signos juguetones era una versión y yo debía buscar la mía y decidí aprender que debía guiarme por todo lo que se me ofreciera y luego de todos los ofrecimientos yo debía crear la respuesta más satisfactoria.
            Aquellos cuentos, juegos, lecturas, entretenimientos me llevaron al mundo de la fantasía y del abandono. Acompañé a personajes de lo más diverso, en la India Mowli me presentó a Emilio Salgari,  me desesperé al ver que Houdini no podía romper sus cadenas. Experimenté nadar por el Amazonas, esquiar en Groenlandia o escalar el Tibet, siempre acompañado por personajes que querían compartir experiencias o seres que querían ayudarme y me fascinó el Yeti, el oso polar o la piraña. Surqué el bosque, de liana en liana, junto a Tamar, unas veces, y otras junto a Tarzán. Me perdí en el Medioevo junto al Capitán Trueno, Sigrid, Goliath y Crispín. ¡Qué aventuras aquellas! Recorrí castillos, poblados, grutas, países lejanos o cementerios de elefantes. Acompañé a respetuosos exploradores y, junto a ellos, aprendí de otras culturas y me fascinaron algunas tribus africanas y también las de Nueva Guinea, con sus originales tatuajes. Observé como el Jabato, Claudia, Taurus y Fideo siempre luchaban al lado de la justicia y la verdad.  Con todos esos personajes, y más, con sus defectos y virtudes,  descubrí la tolerancia, a creer que en la diversidad estaba la sabiduría, a respetar a los mayores, a saber escuchar y dialogar.
            Aquellos viajes a través de la mente indiscreta y apasionada me llevaron a gozar de otros mundos y otras realidades, hicieron que en muchas ocasiones me viera inmerso en medio de un conflicto y sentí la necesidad de practicar algunos deportes, tan necesarios, para poder correr, saltar, esquivar problemas y situaciones deseadas y no deseadas a las que me arrastraban aquellos amigos y amigas. En una ocasión LLegamos a un valle y la LL comenzó a saltar y saltar, parecía no controlar sus emociones, y de repente se rompió la página de aquel cuento de forma apaisada y caímos en una gruta, que se abría ante nuestros atónitos ojos. Intentamos agarrarnos a los restos de papel pero cedió ante el peso y nos vimos junto a objetos antiguos y polvorientos, monedas doradas y unos animales que jamás habíamos visto, con muchas dificultades supimos sortear aquella situación angustiosa. Me moví entre apaches, comanches, esquimales, santos, guerras, personajes entrañables y de todos y todas aprendí. Recuerdo jugar al escondite con la Z, saltar a la piola sobre la M, darme un baño con la Y o darle un apasionado beso a la B. Sueños, siempre sueños.   

Comentarios enviados

Luis León Barreto: hermoso recordatorio de aquellos tiempos en que leíamos al Capitán Trueno tan enamorado de la rubia Sigrid (¡era el consuelo en tiempos de máxima represión verlo ligotear con una nórdica!). Los tebeos, o comics, fueron una escapatoria en nuestra infancia. Sueños, siempre sueños.

Rosario Valcárcel: Querido Juanfra: Bella evocación. 
Y como dice Luis ¡cuántos sueños!... 
Cuantos sueños hemos moldeado, cuántos recuerdos se han incrustado en nuestro carácter, cuántas palabras llenaron nuestra infancia y madurez.  

Juan Francisco Santana Domíngu: Muchísimas gracias Rosario y Luis por vuestra amabilidad y aportaciones. Cuántos sueños recordados y que siguen surgiendo después de escribir este artículo que ha servido para que fueran surgiendo en mi mente y en mi fantasía anécdotas y hechos que descansaban y que han vuelto a despertar. Un fortísimo y sentido abrazo.

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